La virtud en la cúspide de los ‘valores’

Publicado: 17 julio, 2011 en Ética y Moral

Todo sujeto humano posee su punto de vista acerca de la existencia. Existencia, que en el mayor de los casos, es el mero vivir la vida, opuesto radicalmente al sentido trascendente. Este punto de vista es el origen o causa de los fenómenos socioculturales y de la existencia de los diversos modos de vida. El hombre que afronta la existencia como el mero vivir la vida, concibiendo la existencia cual acontecimiento azaroso, tiende, consciente o inconsciente de ello, a fundamentar la existencia y a dotarla de sentido – aunque un sentido endeble e irreal – elevando un acto, posiblemente contraproducente, a la categoría de principio. Existen personas que viven para el dinero, así como otras en busca del renombre; incluso las hay que viven para el saber – convertido en pseudo saber – o para la religión – a la que desvirtúan –. Sin embargo, ninguna de ellas vive para la vida misma, para su desarrollo ontológico – del ser propio –. No obstante, existen personas cuya conciencia les despierta de este letargo mediante la sensación que produce el remordimiento moral. Y es que sin duda, el hombre sólo alcanza la plenitud existencial cuando no subordina su devenir a la realidad contingente a la que confiere un valor absoluto que realmente no posee en sí.

Si analizamos la esencia de aquello que se vende como ‘valor’ – valor ético – desde la esfera política, cultural y económica apreciamos de inmediato que se trata de un supuesto valor al que se brinda una serie de propiedades superiores de las que no goza por naturaleza, sino que han sido dispuestos en él por el hombre. Este supuesto valor es un falso valor – un pseudo valor – o una muestra relativizada del auténtico valor: la virtud, que es el único y verdadero valor superior por el cual el hombre guía y desarrolla su existencia; por la cual escoge los medios justos y necesarios para ir desarrollándose en vistas a alcanzar el fin al que se dirige, que no es otro que alcanzar el máximo desarrollo de su naturaleza: la plenitud del ser de la persona humana.

 

La virtud es el máximo valor ético-moral del ser humano. El obrar sigue al ser, de este modo el obrar del hombre para alcanzar su plenitud debe ir acorde a la naturaleza misma de su ser. De este modo para ser verdadero ser humano la virtud debe ser en el rango de los valores éticos el de mayor rango en cuanto a la disposición del obrar. Si en el rango de valores se dispone por delante de la virtud el placer por un coche deportivo, un vestido o una cena copiosa con los amigos y no estos a la virtud el hombre cae en el error. La vida realmente vivida en plenitud, consagrada a su verdadero fin, es la ordenación de los actos y del ser, en este caso del ser de la persona humana, a la consecución del desarrollo del ser; desarrollo que culmina en el Ser – epicentro de todas las perfecciones –, por ese virtuoso afán por el bien, la vedad y la belleza, que son los verdaderos absolutos trascendentes. Porque la vida no es huida, como para el relativista, el escéptico o el budista – por poner tres claros ejemplos – sino todo lo contrario, una máxima plenitud que se desarrolla según lo dicho y culmina en el Ser, ya revelado al hombre y que nos anuncia la liberación de la aniquilación mediante la salvación eterna.  

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comentarios
  1. […] hablar de Dios, aunque pueda molestar. Hace unos días hablaba del uso equívoco del término Ética. Algo similar acontece con el concepto de humanismo, que de cotidiano recoge y asume los valores […]

  2. […] on Jóvenes franceses evangelizará…Lo que realmente imp… on La virtud en la cúspide de los…Balaam, ¿quo vadis? … on El coste de la JMJ de Madrid 2…Joan Figuerola on La crisis […]

  3. […] La relatividad con la que se concibe el bien y el mal y la facilidad con la que se habla sobre valores nos aproximan a una sociedad decadente, nada […]

  4. […] avanzar dando palos de ciego, sino que el obrar del hombre, para alcanzar su plenitud, debe ir acorde a la naturaleza misma de su ser. Es decir, el obrar del ser humano es conforme a un plan pensado cuyo pensamiento se enraíza […]

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