Ser y progreso

Publicado: 11 junio, 2011 en Modos de vida, Pensamiento

La sociedad europea siempre encuentra su ideal enraizándose en la cultura grecorromana y en la tradición judeocristiana. Es más, Europa no se entiende de ningún otro modo que por la cultura grecorromana y la tradición judeocristiana. No obstante, en nuestra entrañable centuria el ansia que lo mueve y lo plasma todo es un ideal ajeno y confuso: el progreso. Éste es hijo de una sociedad a priori segura de sí misma pero que, como todas las generaciones anteriores desde el origen de la historia de la humanidad, no logra ni logrará resolver los auténticos “¿por qué?” que plantea la vida y que suponen la principal cuestión a abordar por el ser humano.

El máximo valuarte del nefasto ‘progreso’ es la beatería científica. La ciencia, sin duda alguna, debe ocuparse, y es necesario e imprescindible, de los asuntos que pertenecen y entran en su método. Pero, de esas cuestiones de las que no tiene en mano los instrumentos para aproximarse, no debería anunciar la imposibilidad de toda inteligibilidad, en cuanto que otras disciplinas del saber si pueden en su medida. Sin embargo la beatería de la que hablamos es de tal envergadura que todo el entusiasmo en el progreso pasa por el éxito de la ciencia. Sin embargo es demasiado atrevimiento y demasiada la responsabilidad que se dispone sobre los hombros de la ciencia vincular su triunfo al devenir del hombre; más cuando se comprueba su efecto en el vuelo rapaz de multitud de sujetos mal plumados cuyo fin no es el deseado.

Se olvida, y esta es la gravedad del asunto, que si bien el hombre es libre no puede en ningún caso obviar su ser ni evadirse de él y de su ontológica naturaleza. El hombre se siente profunda e intrínsecamente emplazado a elegir lo mejor, y esto en vistas ‘a lo que tiene que ser’. El hombre es libre, pero no puede elegir no ser feliz, que es el bien mayor. La libertad humana no nos dispensa de la necesidad de ser, al contrario, nos responsabiliza de seguir nuestra trayectoria que pasa por adoptar una muy particularísima forma de vida. Es evidente que uno puede negarse a ser lo que es, aunque en esa elección se pierde al elegir la nada, lo que no es, puesto que el hombre sólo puede ser si verdaderamente es el que tiene que ser, su auténtico ser. Y esto muy señores míos no pasa por el progreso sino por enraizarse en esa cultura grecorromana y esa tradición judeocristiana que ha permitido durante siglos y siglos que muchos de nosotros lleguemos al final de esa dichosa trayectoria.

La necesidad de ser es el auténtico imperativo, la razón de la cadena de los ‘¿por qué?’ que conduce inexorablemente a la causa, a la primera. Neguémonos, como ahora, a ser y todo se convierte en una terrible y dantesca mascarada, una fútil representación de una vida malograda gracias al citado progreso.   

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