Beauvoir y Stein. Dos modelos de mujer

Publicado: 10 mayo, 2011 en Mujer

Simone de Beauvoir es un referente dentro de una determinada concepción de la mujer en el que prima, por encima de todo, la llamada libertad de o libre albedrío. Una libertad muy hobbesiana por otro lado: “un hombre libre es quien, en las cosas que por su fuerza o ingenio puede hacer, no se ve estorbado en realizar su voluntad” (Leviatán). En Beauvoir prima el yo sobre el ser; la acción sobre la ontología y la antropología. En El segundo sexo nos presenta una idea de la mujer más preocupada por batallar contra todo aquello que atenta contra su libertad que por forjar una identidad o modelo. En esa batalla por finiquitar supuestos estereotipos aniquila la propia personalidad y naturaleza de la mujer; destrucción que se ejemplifica en su rechazo a la maternidad y a los hijos por suponer un lastre absoluto a su libertad de – cuestión ya tratada aquí: 1, 2, 3 y 4 –, cuando ser madre y trabajadora es tan compatible como ser padre y trabajador.    

Simone de Beauvoir introduce la equivocada idea de que ser mujer, “aceptar vivir como ser secundario, ser relativo, habría sido rebajarme como criatura humana: todo mi pasado se rebelaba contra esa degradación” (S. de Beauvoir, La fuerza de la edad), hasta el extremo de afirmar que la igualdad con el hombre pasa por aniquilar el modo de ser mujer para adoptar el modo de ser del hombre, es decir, masculinizar a la mujer y aniquilar las diferencias y por ende la complementariedad entre el hombre y la mujer. Pero la mujer no se libera imitando al varón, sino que al dejar de ser ella misma se destruye.

Edith Stein, doctora en filosofía y una de las figuras más destacadas del pensamiento de comienzos del siglo XX, afirma su feminidad con una fuerte personalidad acicalada por una capacidad intelectual fuera de toda duda. Stein siempre estuvo orgullosa de ser mujer, de ser judía y de ser católica tras su conversión. A diferencia de Beauvoir no cree en la disolución de los modos de ser del hombre y de la mujer sino en la complementariedad y en la ayuda que ambos pueden ofrecerse; tampoco cree que el hecho de que la mujer trabaje implique forzosamente el rechazo a la feminidad – y a la maternidad – sino todo lo contrario, considera que es una oportunidad para cooperar junto con el hombre ofreciendo al mundo la riqueza de la feminidad. Además, a diferencia de Beauvoir considera en segundo plano que el hombre y la mujer trabajen para mantenerse económicamente, pues considera primordial para el bien de la sociedad y su progreso la colaboración conjunta del hombre y de la mujer.   

La mayor aportación del feminismo será siempre el reconocimiento de la dignidad de la mujer y el reconocimiento, al mismo tiempo, de las diferencias innatas entre el hombre y la mujer; unas diferencias que no son ninguna construcción sociocultural y que están llamadas a complementarse generándose un espacio común donde participan la feminidad y la masculinidad. Es indudable que la libertad del hombre y de la mujer no pasa en ningún caso por la renuncia o por el rechazo de su modo de ser, masculino el de él y femenino el de ella. La ideología de izquierda históricamente presenta la maternidad como uno de los principales obstáculos de la mujer y su libertad de. Pero la maternidad no es ningún antivalor sino una realidad específica de la mujer, por lo que pretender exaltar la libertad de la mujer igualándola al hombre anulando sus diferencias con él si supone una actitud totalitaria de carácter sociocultural. ¿Cómo se puede ser madre – y padre – y desarrollar al mismo tiempo una actividad profesional? La sociedad, el estado y el mundo laboral deben respetar y promover, al menos por su propio interés, la maternidad. Lo contrario es deshumanizar al ser humano y a la mujer negándole uno de los valores fundamentales de su feminidad: la maternidad. Por tanto, lo más correcto es ofrecer las estructuras sociales que apoyen a la mujer como madre para que pueda desarrollar sin trabas su profesión – también el varón –. El hombre y la mujer deben gozar de una misma igualdad social pero respetándose los distintos modos de ser, el masculino y el femenino.

La política familiar en España es prácticamente inexistente hasta el extremo de minusvalorar la maternidad al concebirla como un impedimento en el pleno desarrollo profesional de la mujer, sólo así se entiende que el mismo Instituto de la Mujer no pague la baja por maternidad. Pero la maternidad no es ni una condena ni un muro para la mujer, todo lo contrario, es un derecho, un verdadero derecho – no como el aborto – pues es un valor y una singular identidad de la mujer: “el feminismo debe volver a pensar la maternidad” (Ivonne Knibiehler, en Le Monde, 9 de febrero de 2007). En este mismo sentido se manifiesta Elise Claeson en un artículo publicado el 24 de agosto de 2006: “Oídnos, queremos ser madres”.  

El feminismo no pasa por Beauvoir sino por Stein; el hombre no puede ser modelo para la mujer, sino que ésta debe introducir su feminidad en el mundo. Para Stein, el ser hombre o el ser mujer son dos modos, los únicos, del ser humano, que es obra de la creación de Dios. El ser humano, dice Stein, está constituido de alma y cuerpo y el hombre y la mujer se distinguen no sólo por el cuerpo sino también por el alma, lo que les hace distintos pero complementarios al mismo tiempo, pues no se puede entender el uno sin el otro (E. Stein, La mujer). Stein señala cuidadosamente la diferencia entre el hombre y la mujer pero remarca con fuerza la igual dignidad fundamentándola especialmente mediante la teología y la Santísima Trinidad: “Si a los seres humanos no les dispuso en el mundo como especie única, sino doble, también su existencia debe pertenecerle, junto a uno común, un sentido diferente. Ambos son formados a imagen de Dios. Y, así como cada criatura en su finitud sólo puede reflejar un aspecto de la divina esencia, y en la pluralidad de criaturas aparece la unidad infinita y la simplicidad de Dios en una multitud de manifestaciones diferenciadas, así también el género masculino y el femenino podrían entenderse como siendo de distinto modo imagen de la divina protoimagen” (E. Stein, La mujer).      

Hombre y mujer son diferentes pero se requieren y se complementan pues no hay hombre sin mujer ni mujer sin hombre; es decir, el único modo en que existen los seres humanos es sexuadamente, con un modo de ser femenino y en un modo de ser masculino.     

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comentarios
  1. Laia Gómez dice:

    Muy buena entrada Joan, enhorabuena.

    Respecto a la cuestión de la maternidad te dejo un interesante enlace del blog de la doctora Moratalla donde se explica que “la fuerte inclinación de la madre a cuidar y proteger a su hijo tiene una explicación biológica. Con el embarazo, el cerebro de la mujer cambia, en su estructura y funciones, para responder a los pedidos básicos que recibe del feto”.

    http://blogs.lainformacion.com/cronicas-de-la-ciencia/2011/05/04/el-vinculo-de-apego-en-la-mujer-embarazada/

  2. Saludos Laia. Muchas gracias por este interesante aporte y por comentar.

  3. lakar dice:

    Beauvoir en ningún caso pretende igualar mujer a hombre. Por el contrario, problematiza la categoría mujer, en su diferencia, analizando los sustratos políticos y culturales que la nutren, y que invisten de natural lo que no es otra cosa que una serie de comportamientos y disposiciones sostenidos y repetidos. El “no se nace mujer, llega una a serlo” (o se llega a serlo) expone perfectamente la variabilidad histórica de mujer y visibiliza los procesos de internalización, de incorporación de disposiciones arquiridada mediante la socialización en un contexto determinado.

    Puede ser que Beauvoir estime que la maternidad actualmente se asocie con alguna forma de opresión, y esto es es porque se ha naturalizado, se ha pretendido hacer pasar como evidencia biológica y antropológica una serie de procesos culturales y políticos. Que se tenga ovarios, utero, tetas y lo demás, no es indicador suficiente para hacer que las chicas dispongan su vida una maternidad agobiante. Como lo es en occidente, y en las sociedades modernas contemporaneas. Hoy se toma como algo completamente natural que el parto es doloroso, que los dolores del parto son por naturaleza algo que las mujeres debemos padecer. Más como han señalado Casilda, Mela-Barbera, entre otros, a demas de muchas y muchas mujeres, el parto es una experiencia orgiastica y placentera, que por vivir de una manera inadecuada se ha vuelto dolorosa.

    Mucho de lo que hay de natural, tanto en quienes tienen pene y quienes tienen vagina, quienes su alma es femenina y su alma masculina, no está separado de una serie de proceso socio-politicos y culturales, que en conjunto con la naturaleza constituyen los cuerpos que importan.

    Bienvenida sea la maternidad, bienvenido el fruto de nuestros vientres, pero a gusto nuestro, no a disposicion de algunos que se creen que las cosas son así y así para siempre y en todo lugar.

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