Todos somos Sistach

Publicado: 22 abril, 2011 en Ética y Moral

La permisividad es, de hecho, contraria a la excelencia moral, hasta el extremo de que encuentra, por cualquier motivo y circunstancia, la justificación de los actos. Actitud contraria a la necesidad del hombre de alcanzar el bien último, el bien en mayúsculas, para la consecución de la felicidad o plenitud. El bien siempre debe ser exaltado, buscado, amado, de lo contrario nos abrimos al mal, al diablo en sí mismo. Porque my señores míos, por ‘pequeñito’ que consideremos el mal no deja de ser una verdadera ausencia del bien, hecho que no tiene justificación y, menos, en aquellos que conocemos a Dios, a quien hemos de glorificar. Los hombres tenemos la estúpida tendencia a extraviarnos en vanos razonamientos que no conducen más que a la oscuridad del alma cuando nuestra meta, por naturaleza, es la santidad (Rm 1, 21-22; Ef 5, 3-4). De nuevo, la necesidad del bien, de buscarlo y amarlo nos permitirá evitar la impureza pecadora que reside en nosotros. No es esta reflexión una monserga, es simple honestidad pues la moralidad de los actos no los mide la coyuntura.  

Amemos a la Familia.Amemosa Dios Padre y a María Madre, a nuestros padres y a nuestras madres. En una sociedad donde lo absoluto y trascendente se reduce a escombro cuando no queda afectado por la transvaloración son los que acusan a la Iglesiade despreciar la sexualidad quienes anulan el sexo en beneficio del género, convirtiendo a la persona en un sujeto asexuado, indefinido, en el progenitor A y el progenitor B. Necesitamos recuperar nuestra condición de hombre o de mujer, pues la sexualidad es un modo de ser de toda la persona. Así, creados a imagen y semejanza de Dios (Gn 1, 2), creados hombre y mujer, el amor mutuo que se donan es imagen del amor absoluto del que nos profesa Dios a los hombres (Gn 1, 28; Mt 19, 6).

El amor de Dios, el amor de los hombres, está abierto a la vida. El Concilio Vaticano II recoge esta realidad considerando el aborto un atentado contra la vida y un crimen horrible. Sin embargo es una cuestión trivializada en la que hallamos un sin fin de justificaciones y no sólo entre adolescentes sino también entre purpurados de báculo quebrado, cuya responsabilidad es fortalecer la mentalidad cristiana y no el relativismo moral. En este sentido la Iglesia tiene que hacer una profunda reflexión de lo contrario carece de sentido la castidad si se aprueba o consiente el aborto, aunque sea en determinadas circunstancias en las que no peligra realmente la vida de la madre – leer entradas sobre sexualidad en Opus Prima –.

El Papa expresa acertadamente que la ley del hombre no puede hacerse a espaldas de la ley de Dios, que ninguna ley “puede trastocar la norma escrita por el Creador en el corazón del hombre, sin que la sociedad quede golpeada dramáticamente” (Benedicto XVI, discurso antela ComisiónTeológicaInternacional. 5 de octubre de 2007). No podemos seguir siendo tan hipócritas: ni el fin justifica los medios ni la moralidad de los actos los mide la circunstancia. Si no reconocemos un absoluto la autonomía moral – de cada uno – jamás permitirá alcanzar el reconocimiento de la dignidad ontológica y trascendental de la persona. Ya basta – y lo digo por mí mismo – de mantener la fe con prácticas de piedad pero viviendo al mismo tiempo una vida nada coherente con tales prácticas y creencias.   

“Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos” (Mt 19, 17).    

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