¿Abiertos a cualquier cosa?

Publicado: 20 abril, 2011 en Pensamiento

Que la actriz Evan Rachel Wood, cuya existencia desconocía hasta hace unos instantes, se declare bisexual debe ser algo de suma trascendencia a tenor de las páginas que hablan de ello. Desde luego no voy a detenerme – entrometerme – en la excelencia alcanzada, al parecer, por esta joven sino más bien en la frase siguiente esputada por ella misma y no exenta de cierta enjundia: “Estoy abierta a cualquier cosa. Conocer a un tipo majo, a una tipa maja…”.

Con la excepcionalidad de que enla Españadel señor Zapatero muchos, casi cinco millones de personas, se ven en la obligación de aceptar ‘cualquier trabajo’ la expresión ‘abierto a cualquier cosa’ alcanza la plenitud del relativismo, en el que la verdad resulta indiferente y no se distingue del error o se somete a algo diferente de ella misma. Todo es indiferente, lo verdadero y lo falso, el conocimiento y la ignorancia, el bien y el mal, lo moral y lo inmoral… en definitiva la salvación y la condenación. Todo está permitido porque nada goza de valor absoluto sino que todo está sometido al peso del relativismo, de la tiranía o soberanía del yo.   

El relativismo es tal que podemos pensar cualquier cosa, hacer cualquier cosa. Es la subjetividad la que distingue lo correcto de lo erróneo, la cultura de la barbarie. ‘Conocer a un tipo o a una tipa’ es consecuencia de este relativismo por el cual la persona se capacita para ‘abrirse a cualquier cosa’. Es indiferente alcanzar lo absoluto, el objeto es establecer relaciones y limitarse a lo fenoménico. Así algunos conciben el ideal de ‘buena persona’ sin tener claro que hace bueno o malo a la persona porque lo único que importa o lo que prevalece en último término es la apetencia por encima de la virtud, medida que permite alcanzar no sólo la excelencia sino también, y lo más importante, el proyecto existencial.

Si la persona dispone el deseo por encima de la virtud es porque nadie le ha enseñado a enamorarse de la verdad, del bien y de la belleza. Ciertamente, conocemos que existen realidades buenas y malas pero porque nos gustan o nos desagradan, porque nos dan placer o dolor y no porque sean buenas o malas en sí mismas. Ser una persona virtuosa es un ideal que ya no forma parte del hombre contemporáneo. Quizá tampoco hemos sido capaces de hacer atractiva la virtud y es evidente que el deseo se alcanza a corto plazo mientras que la virtud requiere práctica continua y esfuerzo y no son tantos los que están dispuestos a vivir conforme a los criterios y valores que emanan de la virtud.  

Si logramos enseñar a amar la verdad y el bien permitiremos que las nuevas generaciones deseen alcanzarlos como ideales de vida que conducen irremediablemente a la felicidad. Hemos de enseñar algo que parece obvio pero que se está perdiendo y no es otra cuestión que ejercitar la propia libertad-y-responsabilidad de elegir-y-realizar los medios necesarios para alcanzar el fin de todo hombre, que no es otro que alcanzar la felicidad. Una felicidad que no puede escoger sino que está intrínsecamente determinado a ella, a alcanzarla o a condenarse viviendo al margen de ella.  

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