La crucifixión

Publicado: 19 abril, 2011 en Religión

La pasión de Cristo no deja indiferente al corazón del hombre pues le sitúa ante las preguntas fundamentales que desde siempre motivan a quienes buscan conocer la verdad: ¿Quién soy? ¿Qué debo hacer en esta vida? ¿Hacia dónde voy? Cristo revela al hombre quién es el hombre. Con Él la gloria de Dios asume forma humana, con todas las características a excepción del pecado, con el fin de que nosotros, viadores, participemos de su vida divina. Dostoievski, exquisito lector de la Escritura y de una profunda espiritualidad, debió descubrir el sentido de todo en la contemplación del rostro de Cristo como el príncipe Mischkin (El idiota), que se estremece ante la imagen de Jesucristo crucificado. Se sabe que el propio autor ruso padeció un ataque de epilepsia ante la visión del Cristo de Hans Holbein. No es de extrañar que esto sucediera pues sólo por Cristo, hombre verdadero, el hombre puede ser verdadero hijo de Dios.

La contemplación del rostro de Cristo es el verdadero y único espejo del sentido de la vida del ser humano. Toda razón y todo corazón contrito ante la presencia del rostro de Cristo experimentan la mayor conmoción pues Cristo nos sitúa, en la hora de la cruz, ante el Padre. Somos nosotros mismos en el solitario diálogo de nuestra alma quienes nos hallamos en la misma agonía del Huerto de los Olivos y en el mismo grito del Gólgota. “Padre, en tus manos pongo mi espíritu” (Lc 23, 46). Esta es nuestra verdadera vida porque Cristo es el verdadero modelo de hombre, ¡el resucitado!, que está con nosotros hasta el fin de los tiempos. Este es el signo de esperanza para los hombres de todos los tiempos: la promesa de Dios permanece inquebrantable. Quien cree en Dios también cree, consecuentemente, en la vida eterna de Dios.

Sabemos que los tres mayores tormentos que recogía la justicia romana eran la muerte por crucifixión, la muerte en la hoguera y la muerte por decapitación – ésta última se conmutaba por la condena a las bestias –. La más terrible de todas, la muerte en la cruz, la padecían, entre otros, los desertores, los subversivos y quienes daban falso testamento. Por su extrema crueldad las clases pudientes quedaban exoneradas de esta forma de muerte, reservándose casi en exclusividad para los esclavos – de ahí el nombre de servile supplicium – y extranjeros. Al respecto, Marco Tulio Cicerón, en la defensa por alta traición del senador Rabirio, señala que la muerte en cruz es “indigna cive romano atque homine libero” (indigna de un ciudadano romano y de un hombre libre, en Pro Rabirio). Esta percepción cruenta de la cruz era extensible entre los hombres cultos como Tito Maccio Plauto, Tito Livio o Publio Valerio Máximo que pocas veces se referirán a ella por cuestiones de finura estética – aunque en Séneca encontramos alguna que otra descripción de escenas – y si lo hacen es para remarcar que era un suplicio tan cruel que sólo podían recibir tal muerte los esclavos.  

En la antigüedad la crucifixión representaba un añadido a la pena capital. Para los judíos no sólo era la peor de las muertes sino que era una deshonra en cuanto que suponía que uno moría maldecido por Dios (Dt 21, 22-23). La ley de los judíos seguía un procedimiento en la crucifixión. Se comenzaba con la flagelación del reo, desnudo y atado a un poste, procurando que no recibiera más de cuarentena golpes. Esta atención, dispuesta por el grupo de los fariseos, no era por motivos humanitarios sino para evitar su muerte. Así se hizo con Jesucristo, quien después de tal tortura fue llevado hacia el enclave preparado para su tormento, el Gólgota o locus calvariae. Durante el tránsito, guiado por cuatro soldados y un centurión, carga Él mismo con el madero – la parte horizontal de la cruz llamada patibulum – y con una tabla colgada por el cuello en la que se lee ‘Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum’, que es la causa de la condena.  Una vez en el Calvario le clavan en el patibulum y lo alzan sobre el stipes – el madero vertical –, flanqueado por los dos ladrones, y le suministran vinagre en una esponja sujeta en el extremo de una larga caña que alza uno de los soldados, lo que hace suponer que la cruz de Cristo no era al uso – por lo general la cruz era de la altura de un hombre, entre otras delicias porque algunos de los reos recibían una condena doble, muerte por crucifixión y por bestias – sino una más alta reservada para aquellos a quienes se pretendía humillar exponiéndolo a la mirada del mayor número de espectadores. La muerte por crucifixión no sólo era cruenta y humillante, sino también lenta, hasta el extremo de alcanzar varios días. No obstante, sabemos que la agonía en la cruz del Señor no traspasó las tres horas y que, al contrario de lo establecido, no se dejó su cuerpo clavado en el madero con la finalidad de que los carroñeros consumieran su carne. Quien era condenado a la crucifixión estaban privados de sepultura, sin embargo se entregó el cuerpo de Cristo a José de Arimatea (Lc 23, 50-56).  

Si entendemos qué supone la crucifixión para las gentes en el tiempo de Jesús, una muerte reservada a esclavos y delincuentes, en definitiva a seres despreciables y sin dignidad, comprendemos las palabras del Apóstol Pablo: “Nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles” (1 Cor 1, 23). Para un judío pensar que el crucificado es el Mesías era difícil de asimilar por varias razones: la primera, que ya hemos señalado, es la maldición de Dios sobre el crucificado; la segunda, es la prohibición de morir por otros – en el caso de Cristo por toda la humanidad – (Dt 24, 16; Jr 31, 30; Ez 18, 20). Estas dos observaciones suponen un verdadero obstáculo que sólo se superan mediante la resurrección, que descubre que el drama de la pasión, muerte y crucifixión del Señor es un gesto de amor de Dios para liberar a la humanidad de la muerte eterna. Es la voluntad de Dios que Cristo, su Hijo, venza al reino dela Muerte mediante su crucifixión para la redención de la humanidad.  La fe cristiana queda marcada así por la cruz y la resurrección. La cruz nos enseña el verdadero drama del pecado, su horror y crueldad, y que nadie se salva si no pasa por ella (Jn 15, 13).

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comentarios
  1. Iván Gutiérrez dice:

    Un hombre que muere en la cruz no es un escándalo solo para los judíos o para los gentiles, si no que es un escándalo para todo el mundo, aún para los cristianos. Nos resistimos a creer que vamos a morir, por eso mismo nos escandaliza la cruz y por eso mismo se han inventado el mito de la resurrección. Es así de simple, no queremos aceptar que dejaremos de existir y por eso inventamos la idea de eternidad.

    El asunto es el mismo que comentaba en Resurreción (i), Ninguno de nosotros ha visto la resurrección de Cristo, y sin embargo nos atrevemos a creer en testimonios poco fiables de gente que murió hace 2000 años. Si nos atrevesemos a creer en lo que dicen los testimonios de gente que vivió hace miles de años, también deberíamos creer en la iluminación de Buda o en la ascensión de Mahoma al cielo, o incluso en una serpiente que habla desde un árbol a un hombre llamado Adán (que por cierto se nos dice que vivía en Mesopotamia, Gen 1y 2) ¿Hay alguien que pueda creer en la ascensión de Mahoma, la ilimunación de Buda o en la historia literal del Génesis? El criterio para creer en esas cosas es el mismo: testimonios poco fiables.

    Resumiendo estos dos párrafos: 1. No podemos creer en la resurrección, por la sencilla razón de que no lo hemos visto resucitar. 2. Muchos quieren negar que van a morir como el resto de los animales, por eso anhelan una “vida eterna”, pero quien ha visto la eternidad? El mismo Pablo nos recuerda: “Ojo no ha visto, ni oído ha oído, ni se han concebido en el corazón del hombre las cosas que Dios ha preparado para los que lo aman”. 1 Cor 2, 1-16

    Respecto a la muerte en la cruz, que bien pudo ocurrir, ¿por que estamos obligados a darle algún tipo de significado? ¿Solo por el hecho de que el sufriente dijo que iba a morir por los pecados de la humanidad? ¿Que sentido tiene eso? ¿Vamos a mirar las cosas de la misma manera cuando alguien dice que muere por su “patria”, por “la revolución socialista”, por la “democracia”? Si eso es así entonces debemos darle un significado a cada muerte de aquel que afirma morir por un ideal, sin embargo las cosas no son así: Nadie muere por un ideal, por que los ideales son ilusiones al igual que la vida eterna, la muerte simplemente es el final de la vida y no tiene otro significado.

  2. Saludos Iván.

    No voy a entrar al trapo con estos argumentos tan simples. Insisto tampoco he visto a Marx escribir un sólo libro y no por ello difundo que tenía un ‘negro’.

    Una pregunta, ¿tú, Iván, eres un testimonio fiable? Ciertamente la muerte no tiene otro significado que ser el fin de la vida, pero entender esto no supone esfuerzo intelectual alguno. La cuestión es que Cristo vence al reino de la Muerte, pero insisto, quizá tú, Iván, seas mayor testimonio que Cristo sobre lo que espera al hombre después de la muerte. No lo sé, lo único que sé es que tienes a Dios entre ceja y ceja y eso es bueno porque al margen de lo que puedas pensar o creer, sólo Él puede dar sentido a tu existencia.

    Gracias por comentar.

  3. Resulta curioso, estimado Iván, que niegue cualquier credibilidad a testigo alguno de la Resurreción, pero mente a San Pablo, sobre todo cuando se limita a decir que nadie ha visto lo que Dios tiene preparado para los suyos.
    Curiosa contradicción, porque, primero, acepta el testimonio de San Pablo (que todos sabemos el motivo, según él, de su converrsión); segundo, acepta un testimonio, no negativo, sino simplemente asertivo (no puede afirmar la dimensión de lo que no ha visto nadie); tercero, que dicho testimonio encierra, en si mismo un acto de fe (a pesar de reconocer que nadie lo ha visto, sin embargo acepta la existencia de una vida eterna y gloriosa).
    Una vez escribí un artículo, “a propósito de un 13 de mayo”, en el que intentaba analizar, desde la óptica de un crítico a las supuestas apariciones marianas, hasta qué punto tenían más fiabilidad ciertas apariciones (estoy, por supuesto, hablando de las reconocidas por la Iglesia Católica) que cualquier interpretación contraria o, incluso, supuestamente racional.
    Y así, establecía lo que para mí eran dos argumentos difíciiles de contradecir:
    1.- Que mientras que a cualquier niño (incluso adulto), cuando se le somete a un mero interrogatorio, por no hablar de levantarle la mano, inmediatamente canta lo que no está en los escritos, sin embargo, por ejemplo, a 3 niños del Portugal profundo, pese a las amenazas de muerte, pese a los malos tratos recibidos, pese a su “encarcelamiento”, contra viento y marea, incluso contra el criterio de su propia famiilia, sin embargo mantienen incólumes lo que dicen que han visto y oído.
    2.- La transmisión de valores tan poco admitidos en la sociead actual (y menos para unos infantes) como puede ser la penitencia y el sacrificio, por no mentar que en algunas de las apariciones reconocidas, repito, por la Iglesia, se hace anuncio de un Dogma, que posteriormente es afirmado como tal.

    Sinceramente: ¿seríamos cualquiera de nosotros capaces de mantener a capa y espada, sobre todo en la época del Portugal de los años duros del laicismo, allá por los años 16-17, una afirmación tan poco políticamente correcta sin cambiar tan siquiera una coma de lo afirmado o, por el contrario, que sería lo más lógico, nos bajaríamos los pantalones diciendo todo lo contrario a lo que habíamos afirmado?

    Mahoma, Buda o cualquier individuo que usted coloque encima de la mesa, ni siquiera es digno de ser mentado ante el Santo de los santos del Altísimo.
    Hasta ahora yo no he visto u oído a ninguno de esos afirmar, no ya que no hagamos el mal a nuestros semejantes, sino, que no es lo mismo, que hagamos el bien, incluso a los indigentes intelecutales que nos persiguen.

    Por su hechos los conoceréis.
    Amén.

  4. Por otro lado: ¿qué sentido tiene el dolor y el sacrificio?.
    Por ser irracional, tal vez por ello, justifica por sí mismo el hecho de que nadie lo mente como un valor en sí mismo; pero lo cierto es que la vida es dolor y no aceptarlo comom tal es vivir alienado de la realidad, por lo tanto: ¿está más alienado el que asume el dolor o aquél que huye de él?
    ¿qué sentido tiene el dolor?: no lo sé, pero algo debe tener, porque de lo contrario seríamos los más míseros de los míseros de la Creación.
    Hasta los animales son más dóciles a la voluntad del Altísimo, lo cual no dice nada bueno de nosotros….

    Con permiso del jefe:
    “A propósito de un 13 de Mayo”
    No, no se asusten ustedes, que no voy a hacer proselitismo, ni a favor ni en contra, de las supuestas Apariciones Marianas que, a lo largo de los últimos siglos, y más comúnmente en los últimos decenios, dicen, se han producido a lo largo y ancho de este misterioso e insufrible mundo.
    Ni es intención del que suscribe y menos aún objeto de este “blog”, convencer a nadie sobre la veracidad o no de tales eventos, ni siquiera de aquéllos que ya han sido reconocidos por la Iglesia Católica.
    Pero sí me gustaría precisar hasta que punto todos, lo queramos o no, nos sentimos atraídos por tales hechos y, sobre todo, por sus supuestos mensajes.
    Dicen sus detractores que es irracional creer en algo que, científicamente, no puede demostrarse, aunque algunos de los fenómenos que rodean a tales hechos sean de tal entidad que, al menos, superen las leyes naturales y, por lo tanto, la pura física.
    No siendo dogma de Fe, a católico alguno se le puede exigir aceptar la veracidad de tales hechos aunque sean de índole extraordinario o inexplicable, pero ello no es óbice a que tanto creyentes como no creyentes sientan curiosidad, sana o insana, de saber y conocer cuál es el alcance de aquéllos y su potencial autenticidad.
    Si bien constan datos sobre Apariciones Marianas desde el principio de la Cristiandad, incluso en vida de la Santísima Virgen al Apóstol Santiago (año 40 d.C.), sin olvidar Guadalupe (1531, México), lo cierto es que en los últimos decenios aquéllas han cobrado actualidad, no sólo por su cuantía, sino, incluso, por la relevancia de sus supuestos mensajes, tanto desde el punto de vista teológico, como escatológico.
    Desde La Salette (1846, Francia), pasando por Lourdes (1858, Francia), hasta llegar a Fátima (1917, Portugal), todas ellas reconocidas por la Iglesia Católica, sin olvidar innumerables y supuestas revelaciones privadas, para concluir en las recientes, y no menos polémicas, de Garabandal (1961, España), de Medjugorje (1981, Bosnia) y Kibeho (1981, Ruanda), esta última recientemente reconocida por la Iglesia Católica, lo cierto es que nadie, creyente o no, permanece indiferente ante tales acontecimientos.
    Aunque ya les anticipo que yo sí acepto dichos fenómenos, en la medida en que éstos se ajusten al Evangelio y, en todo caso, hayan sido confirmados por la Iglesia, lo cierto es que el motivo último de este artículo, más que servir de instrumento de apoyo a dichos fenómenos, es desenmascarar a los hipócritas que pululan, ya a favor, ya en contra, alrededor de aquéllos.
    Existen varios comunes denominadores que a la postre fijan una pauta segura de tales acontecimientos; a saber:
    1.- Los “videntes” suelen ser niños o muy jóvenes y, en la mayoría de los casos, analfabetos o poco instruidos.
    2.- Los mensajes tienen un profundo poso teológico, que comulga plenamente con el magisterio de la Iglesia Católica y, en algún que otro caso, ha provocado el adelanto de la proclamación de un dogma que, aunque no de derecho, si de hecho era comúnmente aceptado por la mayoría de los fieles y los Santos Padres.
    3.- Se producen en circunstancias históricas y/geográficas que, bien fortalecen la realización práctica y segura de una evangelización (caso de El Pilar y Guadalupe), bien sirven de revulsivo para la Fe de los Cristianos frente a la opresión y persecución.
    4.- Reafirman dogmas que “intencionadamente” se han pretendido olvidar o, al menos, desvirtuar, y no sólo desde fuera de la Iglesia.
    5.- Nos recuerdan insistentemente el inmenso valor del sacrificio y la oración.
    6.- Como prueba de veracidad, amén de acontecimientos más o menos extraordinarios que los acompañan, suelen informar sobre acontecimientos que luego, con el devenir del tiempo, se suceden inexorablemente.
    Tales circunstancias, lejos de enterrar tales fenómenos, por el contrario, han aventado la polémica.
    Para los “inteligentes”, para los “intelectuales”, para los “sabios”, para aquéllos que siempre se han guiado por los halagos humanos, les ha resultado ciertamente difícil entender cómo es posible que el Cielo pudiere preferir a alguien tan humilde, tan insignificante, para transmitir un mensaje transcendental.
    ¿Qué sentido práctico, qué sentido racional, lógico, se podría esconder ante semejante decisión?
    Y he aquí, precisamente, la primera contrariedad.
    Carece de lógica “humana” que pretendiendo, como parece deducirse de la intención, transmitir mensajes transcendentales y/o de profundidad teológica, se elija como mensajero a alguien que carece de la más mínima instrucción, cuando no madurez.
    Se trata de un auténtico signo de contradicción, pero que, en sí mismo, excluye la lógica del fraude.
    O dicho de otra manera: Si alguien pretende transmitir un mensaje importante, si alguien pretende otorgar un apariencia más o menos seria a un evento, la “lógica humana” le compelería a designar como mensajero a alguien que tuviere un mínimo de credibilidad pública, a alguien mínimamente reconocido socialmente como “persona seria”, “intelectual” o “sabio”, pues resulta evidente que nadie o casi nadie osaría contradecir (o, al menos, se lo pensaría dos veces antes de hacerlo) a un científico o personaje de fama irrefutable, bajo riesgo de quedar en ridículo.
    Sólo, pues, desde la óptica de la sencillez, de la humildad, a la luz, en cualquier caso, de los Evangelios (no olvidemos la predilección del Señor por los humildes y los infantes), puede entenderse que los receptores de los mensajes sean, precisamente, los más humildes entre los humildes, los más despreciados de la sociedad, aquéllos a los que, precisamente, la sociedad opulenta y burguesa olvida, aunque “de palabra”, de vez en cuando, se digne a mentar.
    Pero lo más significativo, si cabe, es que seres tan “insignificantes”, tan “indefensos”, sean, precisamente, los que al final den ejemplo de entereza, sobriedad y obediencia.
    Esto, precisamente, es lo que les rompe los esquemas, porque si a cualquier niño basta con amenazarle con un “cachete” para que se doblegue ante cualquier orden, sin embargo aquéllos, lejos de inclinarse, mantienen incólume el mensaje y su deber.
    ¿Cómo entonces puede entenderse que unos “mocosos” puedan confirmar, cuando no afirmar, dogmas de enorme profundidad teológica y que, en modo alguno, entran dentro de la dialéctica racional, provocando, ya “ab initio”, el fracaso de cualquier disquisición, más o menos, tendenciosa?
    Ni es lógico, ni deviene eficaz desde la óptica humana.
    Desde la afirmación del dogma de la Inmaculada Concepción, hasta la confirmación de un dogma ya olvidado por muchos cristianos, incluso por parte del clero, como es la realidad de Satanás y del Infierno, resulta incompresible aceptar “racionalmente” que unos “imberbes” pudieren propagar a los cuatro vientos lo que casi nadie se atrevía a afirmar ni siquiera en secreto.
    Pero si hay algo que, sinceramente, a mi me ha removido el interior, lo que, en cierto modo, me ha llevado a aceptar lo que la Iglesia anticipadamente ya ha aceptado para algunos casos, es la proclamación de un valor tan poco popular, tan escasamente aceptable para este mundo, y menos en la época en la que vivimos, cual es el valor del sacrificio como expresión suprema del amor.
    Esto que para mi y, supongo, para todos no deja de ser una doctrina dura e “irracional” , deviene en cierta cuando alguien, contra viento y marea, contra todos y todo, te hace entender, aunque sea implícitamente, que el amor, el auténtico amor, sólo es amor cuando has sufrido, incluso fenecido, por la vida de otros.

    Francisco Pena

  5. Saludos Francisco. No se moleste mucho en dar explicaciones a quien no quiere aceptarlas.

  6. Oriol Prats dice:

    Hola.

    Los descreídos piden a Dios que se les muestre, pero, aunque lo hiciera, no supondría nada. Jesucristo se encarnó, vivió entre nosotros, incluso hizo milagros para aquellos más botos y cerrojos y murió por la redención de toda la humanidad. Aún así, algunos no aceptaron su divinidad. En esto consiste la fe, en ser tocados por Dios, por ese Cristo que pasa montado en un manso pollino, que suplica y reza a solas en Getsemaní y que perece en la cruz. Dios sólo nos pide que seamos sus testigos, sin embargo los hombres somos necios, fatuos hasta el extremo de exigir el ADN de la divinidad a Aquel, el único, que tiene palabras de vida eterna. Desde luego el cristianismo no exige inteligencia sino racionalidad. Cordura es precisamente lo que falta a muchos de aquellos que pretenden objetivar a Dios hasta el extremo de analizarlo en el microscopio. Sin embargo no alcanzan ni aspiran a comprender todo lo que escapa a su campo de acción.

    Sólo Cristo libera al hombre rescatándonos de las entrañas de la muerte. Aún así no faltan boquimuelles que se dejan arrastrar por la absolutización de lo relativo, la mayor muestra de totalitarismo existente. La única revolución posible es situar a Cristo, quien es camino, verdad y vida, como centro y medida de la existencia humana, encaminada a la esperanza escatológica de la resurrección. Prescindir de Dios, expulsarlo del ámbito público, no es matar a Dios sino que supone matar al propio hombre. Si no buscamos a Dios, si no acudimos a su llamada, nos apartamos de la verdad del hombre y destrozamos el sentido de su existencia, dejándolo en manos de las ideologías que, fundamentalistas por naturaleza, convierten el Estatismo en la única realidad verdadera y trascendente, como los mil años que prometía el nazismo.

    Dicen, aquellos batuecos que piden que Dios se muestre para creer en Él, que la religión es la fuente del mal. Pero Cristo no se encuentra entre los torturadores sino que es la víctima, el blanco de las burlas en el patíbulo. El mal es la voz del diablo, la incredulidad el fardo de nuestra arrogancia.

  7. Meinster dice:

    Es de suponer que el señor Francisco Pena también creé en todos los que aseguran ser testigos de las apariciones de otros dioses (hay muchos casos de distintos dioses aparecidos en la India y muchos más en la antigüedad de dioses en los que no creen que se aparecian a hombres), creerá a Mahoma, ya que lo que decía no era la norma por aquel entonces y por supuesto creerá en aquellos que dicen haber sido abducidoss por un ovni.

    En las apariciones marianas la virgen suele decir vaguedades como, el mundo está muy mal, debeís quereros más, rezad más y construirme un santuario aquí. Podía decir algo más interesante, la verdad.

    Le recomiendo leer el libro “El mundo y sus demonios” de Carl Sagan, que aporta una visión racional a ese tipo de apariciones (ojo, no trata de mentirosa a la gente), tanto marianas, de ovnis, duendes, las tenidas por religiosos y místicos y demás.

    Por ejemplo y ya que el señor Pena habla de los niños Sagan refiere lo siguiente:

    “Stephen Ceci, de la Universidad de Cornell, Loftus y sus colegas han
    encontrado, sin sorpresa, que los preescolares son excepcionalmente
    vulnerables a la sugestión. Un niño que, cuando se le pregunta por primera
    vez, niega que una trampa de ratones le hubiera pillado la mano, más tarde
    recuerda el acontecimiento con vividos detalles que ha ido generando.
    Cuando se le habla más directamente de «cosas que te pasaron cuando eras
    pequeño», con el tiempo llega a consentir con bastante facilidad los recuerdos
    implantados. Los profesionales que miran las cintas de vídeo de los niños
    sólo pueden aventurar qué recuerdos son falsos y cuáles verdaderos.”

  8. Saludos Meisnter.

    ¿Visión racional de Carl Sagan? Todos sabemos que es un ateo confeso y que, como Richard Dawkins, no hablaría del cristianismo con demasiada objetividad por su odio – también confeso hacia el cristianismo y hacia Dios -.

    Al respecto te recomiendo empezar por la siguiente lectura:

    https://opusprima.wordpress.com/2010/08/06/cerebro-y-dios-i/

    https://opusprima.wordpress.com/2010/08/09/cerebro-y-dios-ii/

    https://opusprima.wordpress.com/2010/08/14/cerebro-y-dios-iii/

    https://opusprima.wordpress.com/2010/08/20/cerebro-y-dios-iv/

    https://opusprima.wordpress.com/2010/08/24/cerebro-y-dios-v/

  9. Sigfrid dice:

    El cristiano cree en la resurrección de Jesucristo porque hay hombres y mujeres que, después de verlo morir en una cruz, lo vieron y tocaron vivo. Esta fe tiene sentido. Si se averigua que los testigos son fiables, es de lo más razonable del mundo. Cabe decir que es hasta científico: hay un cierto conocimiento experimental al comienzo del discurso que culmina en la fe cristiana. Es una fe con raíz histórica, empírica y racional.

  10. Meinster dice:

    ¿Por qué en la Biblia se menciona tampoco lo que dijo e hizo Jesús después de resucitado? estuvo un tiempo con los apostoles antes de ascender a los cielos (por cierto, ¿dónde es los cielos?)
    Lo que hiciera y dijera despues de resucitado ha de ser más (o al menos tan) importante como lo de antes, ¿por qué se pasa tan de puntillas?
    Los testigos son fiables, supongo que igual de fiables que Mahoma que charló con él, que Joseph Smith al que también se le apareció Jesús.
    Pero testigos fiables tienes de todo tipo, los abducidos por ovnis, los que ven fantasmas, los que han visto a Elvis después de muerto, así tienes casos y casos hasta aburrirte.

    Por cierto que si no vale la opinión de Sagan por ser ateo, ¿las críticas a la religión solo las puede hacer el Papa?
    Pero Sagan en su libro se apoya en el trabajo de otros científicos y psicólogos que de forma empírica (esta de verdad, no la de que alguien dijo que otro le contó que…) han realizado trabajos sobre el tema. Así que su libro está escrito desde una óptica racional.

    Por cierto, es cansina la inquina que teneís en que los ateos odiamos a Dios, podríamos odiarlo si creyesemos en él, pero al no creer en él no podemos odiarlo. ¿Acaso tú odias a seres de ficción? ¿Odias a Drácula? ¿Odias a los hombres lobo? Pues eso mismo.

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