La experiencia religiosa en la filosofía contemporánea (I)

Publicado: 12 abril, 2011 en Bergson, Filosofía, Kierkegaard, Religión, Scheler

Aunque cause asombro en la persona no versada la filosofía contemporánea se acerca a la cuestión de la existencia de Dios con honestidad, aunque siempre caben notorias excepciones (Bertrand Russell). La fenomenología (Husserl, Scheler), por ejemplo, estudia y descubre que el acto religioso está fundado por Dios, es decir, el objeto del acto religioso es, al mismo tiempo, causa de la existencia de dicho acto. Por otro lado “la esfera de un ser absoluto pertenece a la esencia del hombre tan constitutivamente como la conciencia de sí mismo y la conciencia del mundo […], la conciencia del mundo, la conciencia de sí y la conciencia de Dios forman una indestructible unidad estructural” (Max Scheler, El puesto del hombre en el cosmos).

Para Scheler existen distintas formas de amor con carácter gradual ascendente. Así, en el peldaño inferior se halla el amor biológico, en el intermedio el psicológico, y en el superior el espiritual que se traduce, este último, en una visión superior el ‘otro’ y en la apertura a Dios mediante el acto o experiencia religiosa. Rudolf Otto comparte esta originalidad de la experiencia religiosa que nace de la intención de Dios para entrar en relación con el hombre y que, al mismo tiempo, el conocimiento de Dios es tan racional al hombre como el conocimiento de sí mismo y del mundo (R. Otto, Lo santo). Por su parte, Enric Bergson, autor de La evolución creadora, realiza un profundo estudio de los místicos católicos hasta considerar, en el sí de su doctrina del ‘impulso vital’, que estas experiencias son la fuente del verdadero conocimiento de Dios y, en consecuencia, un argumento a favor de la existencia de Dios.  

Desde otra perspectiva, existencialista, Kierkegaard, movido por predicar la verdadera fe cristiana, interpreta la existencia del hombre como una respuesta personal a la llamada de Dios. En este sentido la auténtica existencia es ser uno mismo en todos los actos y desarrollar la tarea de ser hombre y mujer en toda su integridad en plena conciencia: ser cada vez más individuo. Para Kierkegaard el hombre alcanza su máxima subjetividad en su relación con la infinita subjetividad de Dios, pues el hombre y la mujer son esencialmente ser ante Dios. La persona humana se encuentra a sí misma como realidad al ser contemplada por la divinidad, que es la realidad más determinante. Desde esta perspectiva, Gabriel Marcel (Le Mystère de L’Être) observa la vida desde una significación religiosa en la que el hombre descubre que su existencia y devenir están ligados a su relación y vínculo con Dios cuando responde a su interpelación.

Respecto a la fe escribe Marcel: “tener fe es en principio reconocerse o sentirse interpelado, pero también, y complementariamente, es responder a esta interpelación. Pero hay innumerables seres que se consideran sinceramente como creyentes, no pueden con toda honradez pretender haber vivido esta experiencia fundamental. Adherirse a la fe o a la religión cristiana no implica de ninguna manera, en la inmensa mayoría de los casos, que hayamos sido alcanzados directa o personalmente por una llamada tan clara y tan urgente, como la de San Pablo en Damasco, ante la cual nos hubiésemos sentido directamente interpelados. A parte de que esas experiencias pueden ser engaños, pues, pueden reducirse a un fenómeno puramente afectivo que se habría traducido ilegítimamente en el lenguaje de la Fe. Me parece que la doble fórmula, aparentemente contradictoria, “Señor, yo creo en Ti, ven en ayuda de mi incredulidad”, está lo más cerca posible de la situación común del creyente”. Así, la fe, compatible con la racionalidad en cuanto aceptada por el pensamiento del mismo modo que el ser del hombre y del mundo – como hemos visto en Scheler –, exige al mismo tiempo mayor revelación en la oración. La fe es racional, se sustenta sobre elementos de experiencia como el diálogo directo con Dios o la seguridad de la resurrección de Cristo, pero al mismo tiempo, el hombre no puede poseer el objeto de la experiencia ni abarcarlo por completo.  

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