La religión es un impulso del alma espiritual y no del miedo existencial (II)

Publicado: 4 abril, 2011 en Filosofía, Religión

La comprensión del principio de causalidad, por el cual alcanzamos o relacionamos la existencia de Dios a partir del carácter contingente y participado de los seres, es fruto de un conocimiento metafísico, aunque precientífico y, quizá, intuitivo, que obtiene por connaturalidad los argumentos de metafísica científica, la teodicea. El profesor José Morales, de la Universidad de Navarra, señala al respecto que la teología católica ha marginado desde el siglo XVI la cuestión de la experiencia de Dios y de la gracia por el comprensible temor a incurrir en la visión protestante de la certeza subjetiva (Joaquín Ferrer, Filosofía de la religión). Sin embargo, la experiencia religiosa es un conocimiento inmediato de la realidad trascendente, obtenido por medio de una relación vivida con ella, en este sentido la experiencia tiene un carácter dialógico: el hombre responde a una intervención divina previa, es decir, Dios se muestra y el hombre responde, busca entrar en contacto.  

No existe una experiencia religiosa pura, si bien siempre implica elementos de carácter moral, metafísico y místico insertados en una tradición y en ciertas instituciones. Por otro lado, se hallan rasgos comunes de la experiencia de Dios en todas las religiones: el carácter experiencial de lo vivido, en la que el término de esa experiencia es una realidad superior al hombre; la visión se manifiesta un momento para volver a desaparecer, y la sensación de paz. En las religiones proféticas – judaísmo, cristianismo e islamismo – la experiencia se refiere a un Dios personal que interviene en la historia del hombre.

 

La experiencia religiosa posee una estructura bipolar en la que hay un sujeto creyente y una realidad creída (Francisco Conesa, Sobre la religión verdadera). Así, por una parte interviene la persona que vive la experiencia misma de modo integral, repercutiendo en todo su ser. La persona se siente concernida y autoimplicada, pues comprende que en su relación con Dios le va la vida misma, es decir, el ser o no-ser (Leonardo Polo, Presente y futuro del hombre). Por otra parte está el objeto término, que es la realidad trascendente, sagrada y misteriosa. Dios es una realidad que ningún esfuerzo humano es capaz de describir. Dios es una realidad que sólo puede ser conocida a partir de una iniciativa suya de manifestarse y que, cuando se manifiesta, se deja reconocer de modo inconfundible (Francisco Conesa, Filosofía de la religión).

En la experiencia religiosa hay una relación directa con la divinidad que se expresa a través de manifestaciones cualitativamente distintas de las experiencias ordinarias. Por otro lado, en dicha experiencia no se da la posesión del objeto religioso, ni de modo intelectual – pues la persona lo subordinaría a sí mismo y, consecuentemente, destruiría su carácter absoluto – ni con el deseo, pues un Dios a la medida del hombre no sería más que un Dios muy humano; sino que el hombre es consciente de que la relación con Dios le exige trascenderse, es decir, percibe que el centro de gravedad no es él sino Dios, que toca e interpela a la persona en lo más profundo del ser.  

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