Universitarios en el Metro

Publicado: 31 marzo, 2011 en Pensamiento

Imagínense por un momento sentados en un vagón de Metro con todos los asientos ocupados por personas que o bien leen libros de Russell, Wittgenstein o Aquino, o bien debaten sobre cuestiones filosóficas, científicas y literarias. Imagínense por un instante que alguien en lugar de usurparle al despistado turista su cartera o cámara fotográfica le regalara una edición especial de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de La rebelión de las masas o de La colmena para que, una vez en su país, éste hablara de las buenas costumbres de los españoles. Imagínense que esta situación transcurre un viernes por la noche y que los jóvenes, de cualquier tribu urbana, se concentraran para pasar la noche en una biblioteca o para visitar cualquier museo de la ciudad. Ciertamente esta sería una situación esperpéntica, pero desde luego no tanto como la que podemos apreciar en cualquier momento cuando, por un motivo u otro, nos encontramos en un vagón de Metro.

En la tarde de ayer realicé un trayecto en Metro de media hora en la que salvo honrosas excepciones aprecié una realidad bien distinta a esa que les he hecho imaginar. Desde luego no se puede pedir talento a quien no lo posee, pero el indomable afán por descifrar el enigma de la existencia y la reflexión que se esfuerza por penetrar en lo más hondo no viajaba abordo junto a aquellas personas que pude observar. Escuché a un grupo de jóvenes, con unas carpetas que les identificaban como universitarios, hablar del poco interés que experimentaban por la filosofía. Esa conversación subordinó a las otras que se mantenían, quizás más interesantes, por el dolor que me produjo oír eso en boca de unos chavales que, probablemente, algún día se convertirán en “licenciados en” o incluso en “doctores en”.

Sólo eran tres varones barbilampiños, de esos que acaban de alcanzar la mayoría de edad, pero en ellos se representaba el sentir de una considerable mayoría de muchachos universitarios cuya actividad intelectual se edifica sobre el error. ¡Qué aflicción! No les interesaba la filosofía, probablemente el saber más general, importante y difícil. Sólo una atrevida y desvergonzada pseudosabiduría podría afirmar con rotunda felicidad esa sentencia, textual, que pronunció uno de ellos y que los demás aprobaron: “la filosofía no sirve para nada, no me interesa lo más mínimo”. La culpa no es sólo de ellos, también contribuyen a esta desgracia esas mentes toscas y superficiales que construyen y dirigen el sistema de educación en España. No sé que ocurre, qué espíritu intelectual ingieren las nuevas generaciones para causarles este daño incalculable y casi incurable. Seguro que muchos de ustedes se han percatado de que algunos jóvenes universitarios, no pocos, andan en la carestía en cuanto a ideas, que allí donde deberían exponer pensamientos no ofrecen más que frases sueltas y deshilvanadas; tan hueras como la visión que tienen de la vida, donde los pensamientos más elevados son reemplazados por simples sentimientos malandrines. ¡La filosofía no interesa! Sólo un sujeto castrado de espíritu, incapacitado para pensar y repleto de una soberbia ridícula puede afirmar semejante sentencia y quedarse tan fresco, cuando la filosofía se encuentra insertada en el mismo ser en cuanto uno se atreve a adentrarse en el interesante viaje de conocerse a sí mismo.

La filosofía es importante, casi indispensable, para aquel que aspira a un óptimo gobierno de sí, pues ayuda a ejercer el uso correcto de la razón y escapar del error en el que caen muchas personas que se dejan arrastrar por un sin fin de doctrinas ‘pseudo’ todo – pseudointelectuales, pseudofilosóficas, pseudocientíficas – que no son más que una mezcolanza de pensamientos desordenados, cuando no absurdos, teorías en las que las grandes cuestiones aparecen ensambladas en una ristra de contenidos delirantes que terminan por paralizar a la mente e incapacitan a la persona para tener pensamientos de verdad. ¿Qué podemos hacer ante tal retroceso cuando no se deja de vender que estamos en la época que ha realizado un mayor progreso? ¿Qué podemos hacer ante una sociedad acrítica, donde la incultura es preocupante cuando no galopante y, lo peor, que avanza a ciegas sin objetivo a la vez que, sin desvergüenza, pronuncia la inexistencia de verdades absolutas?

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comentarios
  1. Meinster dice:

    Cuanta razón tienes, te doy toda la razón en este comentario.
    El comienzo es de una gran hermosura, pena que no sea real…
    En el metro de París, la gente apenas habla entre ella, y si lo hace suele ser muy bajo, así que no me entero de sus conversaciones (la mayoría escucha música, lo que también suelo hacer yo, otro motivo por el que no escucho lo que dicen). Lo curioso es que si oigo voces altas, aunque no distinga el acento, pongo atención, porque casi fijo que son españoles 😉
    Pero aquí hay un porcentaje, que no está nada mal, de gente que lee en el metro.
    También hay que tener en cuenta que no es un buen sitio para leer y que lo mejor es estar sentado, sino no sueles sacar el libro.
    A mí me costaba antes leer en el metro, ahora que me he acostumbrado, muchas veces deseo que tarde más en llegar a destino.

    En cuanto a la filosofía, siempre abogué porque los políticos fuesen mucho más filósofos que estudiantes de derecho (como suelen ser en realidad), creo que nos iría mucho mejor.
    Y tu comentario me recuerda por desgracia a unos estudiantes de filosofía, que me decían que lo único que aprendieron en la carrera es, que la filosofía no sirver para nada.

  2. Saludos Meinster. También he considerado muchas veces más importante para un buen político la filosofía. Gracias por comentar.

  3. Daniel N dice:

    Todo lo que son humanidades parece que haya perdido puntos en una sociedad en la que se busca inmediatez y un resultado material para todo, y en la que los discursos/mensajes se han reducido a formatos breves que recuerdan publicidad de televisión.

    Y para colmo se consideran en un escalón inferior todo lo que es ciencia, por la (falsa) creencia de que las ciencias son más dificiles y para gente más inteligente, también por ser más fácilmente cuantificables, y por ser más fácil obtener un resultado económico.

    Por lo que se refiere a los políticos prefiero que sean gestores de base, pero en mi opinión deberían tener nociones sólidas en humanidades, história, filosofía incluso en bellas artes (no por su función estética, más por la reflexión que hace de la vida, los lenguajes no verbales y por las mecánicas de los procesos creativos).

    Hay ejemplos de empresas que fusionan distintas disciplinas de un modo exitoso con la intención de satisfacer una necesidad de los clientes/sociedad, nuestros políticos deberían tomarlas de ejemplo y recordar que han sido elegidos para servirnos no para mandarnos.

  4. Saludos Daniel. Muchas gracias por comentar.

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