Reflexión sobre el alma (II)

Publicado: 31 marzo, 2011 en Filosofía

En el renacimiento la influencia de Aristóteles lleva a muchos a la consideración de que a través de la filosofía, es decir, por la sola razón, el hombre no puede alcanzar prueba alguna sobre la inmortalidad del alma y que esta inmortalidad sólo puede confesarse mediante la fe. Desde luego, el error consiste en no percibir u obviar la extraordinaria originalidad de il buon fra Tommaso que confiere al alma el carácter de sustancia con un acto de ser propio – como ya indicamos en la primera entrada –.

Sin embargo, este supuesto de que la razón del hombre no puede alcanzar prueba alguna sobre la inmortalidad y que, consecuentemente, debe aceptarse que es mortal o inmortal por la sola fe influirá en el Concilio V de Letrán (1512) que condenó y reprobó “a todos los que afirman que el alma intelectiva es mortal o única en todos los hombres, y a los que estas cosas pongan en duda” (D1140), ya que la inmortalidad del alma es de suma trascendencia en el cristianismo y la razón no puede demostrar la no inmortalidad del alma. El Concilio en ningún momento afirmó que la razón no pueda descubrir pruebas de la inmortalidad del alma, sino que además el propio Sumo Pontífice, el Papa León X – Sucesor del Papa Julio II, quién convocó dicho concilio – consideró que puesto que lo verdadero no puede contradecir a lo verdadero debe ser posible, por tanto, toda demostración de la inmortalidad del alma que los hombres conocemos mediante la fe.

La Iglesia, desde siempre, tiene una ilimitada estima del valor de la razón humana como herramienta para demostrar con certeza la existencia de Dios y de los fundamentos del cristianismo. Al mismo tiempo, por la limitación de la razón, exhorta a defender las verdades de la fe y, en consecuencia, que las almas son creadas inmediatamente por Dios (Pío XII, Carta Encíclica Humani Generis). El Magisterio señala que el alma es irreductible es irreductible a la materia y directamente creada por Dios. Por tanto, es un deber de la razón demostrar la inmortalidad del alma como fundamento indispensable para sostener la dignidad de la persona humana y su carácter trascendente, del cual tenemos sobrados indicios pues en el ser humano se dan operaciones espirituales, como el entendimiento, que son irreductibles a la materia.

Mediante el intelecto percibimos las manifestaciones sensibles de las cosas. Al mismo tiempo, trascendemos tal conocimiento en cuanto que el hombre percibe, por su inteligencia, la realidad en cuanto tal. Este conocimiento trasciende lo sensible y contingente, es decir, es un conocimiento abstracto o espiritual. A partir de la captación de lo real en cuanto llegamos a formar los conceptos abstractos de ser, verdad, bien, belleza, etcétera, que nada tienen de material. ¿Qué principio en el ser humano permite la formación de estos conceptos que no están sujetos ni a la extensión ni a la mensurabilidad de la materia? La presencia del lenguaje simbólico, presente exclusivamente en el hombre, denota otro rasgo de su carácter espiritual. Éste se forma a partir de que el hombre conoce las cosas en su realidad y busca un nombre, un símbolo que la represente. Otro rasgo espiritual en el hombre es la experiencia de la libertad, que le convierte en el único ser participado capaz de autodeterminarse, es decir, el ser humano presenta una configuración biológica y psicológica, pero no está determinado absolutamente por estas coyunturas como acontece con los animales. El hombre, tampoco muestra una determinación extrínseca respecto de la realidad – instintos -, sino que puede marcarse un fin y unos medios para alcanzarlo.

Podemos seguir con ejemplos, pero considero que es preciso centrarse en uno último: la moral y religión. El ser humano es el único ser creado que posee conciencia, es decir, que sabe que debe actuar de un modo – en cuanto que puede ser lo que quiera según lo que debe ser –: de acuerdo con el bien moral – del que ya hemos hablado en este blog –. Este acto de conocer el bien y, en definitiva, la verdad es un acto de carácter espiritual. En este conocer el bien y la verdad el hombre se percata de que las realidades contingentes si bien le llenan no lo hacen de manera plena o absoluta, porque aquello que llama felicidad presenta una necesidad que no se agota en lo material: Dios. Desde luego el deseo de inmortalidad en el hombre no es una demostración de la inmortalidad del alma, pero si un signo. No obstante, si demostramos que este deseo surge de un alma espiritual fundamos el deseo en la ontología del alma. Si en este deseo apreciamos un signo del alma espiritual, apoyados en la ontología del alma, alcanzamos a Dios como creador de ésta y, en consecuencia, llegamos a la inmortalidad del alma. Es decir, el deseo de inmortalidad es prueba de inmortalidad si deducimos la existencia de un alma inmortal en el hombre. 

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