El hombre necesita conocer a Dios para ser enteramente feliz

Publicado: 16 febrero, 2011 en Pensamiento

En El idiota el príncipe Mischkin afirma que “la belleza salvará al mundo”. Dostoievski identifica la Belleza en mayúsculas con Dios, en concreto en la contemplación de Cristo crucificado, que interpreta como el gesto del amor inconmensurable del Creador por su criatura, capaz de sacrificar a su Hijo. En una carta a su hermano Mijail, firmada el 16 de agosto de 1839, Fiodor dice que “el hombre es un misterio. Un misterio que es necesario esclarecer”. En su incesante búsqueda por el sentido de la existencia descubre en la presencia del Crucificado que Él es el verdadero sentido de la vida del hombre, que nos sitúa, en la hora de la cruz, ante los brazos del Padre (Lc 23, 46).

Cristo es el camino, la verdad y la vida (Jn 14, 6). El misterio del hombre, el misterio que es el hombre mismo se revela con la crucifixión y resurrección de Cristo. El Señor, que es el verdadero modelo de hombre, ¡el resucitado!, está con nosotros hasta el cumplimiento de los tiempos como signo de esperanza, pues quien cree en Dios también cree en la resurrección y en la vida eterna en la gloria de Dios. “La belleza salvará al mundo”, a ese hombre – nosotros – que determinadas ideologías y corrientes de pensamiento débil relativizan hasta convertir en una idea o concepto carente de valor y significado. Pero el ser humano, que es apertura a la verdad y al bien, que es una perpetua lucha interior entre el bien y el mal, entre lo que es y lo que debe ser por su ontológica y trascendente naturaleza se salva en Cristo, en quien encuentra sentido y plenitud.   

Pienso en Sartre, en Nietzsche, en Cioran. La vida no es un absurdo ni una nausea que mejor sería evitar sino una realidad gustosa de ser vivida y comprendida. La comprensión del hombre exige no desentenderse de la existencia en ningún caso ni bajo ningún pretexto, pues hoy el sufrimiento y la enfermedad son motivos de renuncia. Para ello es fundamental no negarse en buscar las respuestas a las preguntas más radicales sobre la existencia y, inevitablemente, no renunciar a conocer a Dios. El hombre no debe renunciar a nada, sino a ejercer toda la capacidad de su razón para comprender la propia naturaleza humana. Sólo cuando el hombre descubre qué es el hombre se encuentra en disposición de alcanzar una plena comprensión de Jesucristo y de su mensaje salvífico. Y esta es una exigencia del ser humano, porque en su naturaleza misma está el anhelo de infinito: “Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto, hasta que no repose en ti” (San Agustín, Confesiones). El hombre no ha nacido para el aburrimiento existencial ni para ser un conjunto de intrahistorias inconexas que zozobran en el océano de la nada. El estatismo nihilista y escéptico no es una compresión lúcida de la realidad, más bien es la destrucción de la propia naturaleza del hombre.

El ser humano ha nacido para conocer la verdad, para encontrar en ella la libertad y el cumplimiento de sus más trascendentes aspiraciones. Ser humano, como bien dice Dostoievski, es responder a las exigencias de su naturaleza, a esas cuestiones que revolotean en el ser, ese ser que necesita completarse para ser feliz según su propia ontología (Jn 13, 17).  

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comentarios
  1. […] del hombre sólo se da en Cristo es obvio, sin embargo a los cristianos nos falta muchas veces ‘creerlo de verdad’, pues pudiera y puede parecer que no nos lo tomamos muy en serio cuando se trata de la única […]

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