La persona como unidad sustancial (II)

Publicado: 11 febrero, 2011 en Antropología

Urge la necesidad de recuperar la noción de persona como unidad sustancial a partir de su plano ontológico de apertura a la realidad, a toda la realidad, incluida por ello la de Dios. Juan Pablo II denominaba a la persona soporte óntico en cuanto que es una sustancia individual, subsistente en sí misma, que posee su acto de ser – recibido de Dios – de una manera tan intensa que es incomunicable. Además, la racionalidad hace ostensible lo exclusivo del ser del hombre distinguiéndose de manera radical de lo estrictamente animal. Es por el entendimiento que el hombre es apertura a toda la realidad, de manera natural al bien y a la verdad (Aquino, Suma Teológica) donde halla la realización de su libertad, y hacia sí mismo mediante la autoconciencia y la reflexión.

Por esta naturaleza ontológica de la persona, abierta a la realidad, al bien y a la verdad, y en última instancia a Dios, posee una dignidad especial por encima de cualquier otro ser. Motivo por el cual al hombre se le debe tratar como un fin en sí mismo (Kant). En este sentido su dignidad no procede del consenso o de la convergencia entre los hombres, sino que emana de su estatuto ontológico, que es absolutamente real: el hombre es imagen y semejanza de Dios. La dignidad absoluta e incondicional de la persona deriva exclusivamente de su fundamento y sólo es posible y se comprende por él (Dios). Sí, la persona es un absoluto relativo, pero en tanto que depende antológicamente de un absoluto radical (Dios).

Si no se acepta que es una instancia superior al hombre mismo que le confiere su dignidad el concepto de persona queda vacío y se reduce a un océano de insignificantes interpretaciones y su dignidad al arbitrio de las voluntades. Por tanto la dignidad de la persona se sustenta en su acto de ser, que es imagen y semejanza de Dios. Una dignidad que tiene una dimensión ontológica – el ser dado por Dios – y una dimensión moral – que depende de la perfección del propio hombre a partir del uso de su libertad –. La primera es propia de la persona en tanto que persona; sin embargo la segunda puede perderse si se hace un mal uso de la libertad (Millán-Puelles, Léxico Filosófico).  

En consecuencia la persona es una realidad ontológica ya fundada, posee el ser de manera incondicional a través de Dios, pero que se realiza mediante el obrar, por su inteligencia y su libertad, en vistas a la consecución de su telos: el bien y la verdad de Dios, que constituye su perfección. En este sentido el hombre tiene un carácter teleológico, pues no sólo se le comprende como un ser sino que se le debe atender también como lo que puede ser – lo que debe ser – mediante el ejercicio de las manifestaciones de su ser personal, en especial la libertad. Y eso que puede ser, como ya hemos dicho, es la consecución de la verdad y del bien a los que tiende de manera natural.

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comentarios
  1. No es lo mismo es ser del universo que el ser personal.

    Aunque es correcto decir que la persona es sustancia, según mi punto de vista, es mejor decir que la persona es “además”.

    No es lo mismo la metafísica que la antropología.

    La unidad es siempre prematura.

    Atentamente

    Joseph Kabamba

  2. Saludos. Cierto Joseph, es más apropiado, mejor dicho necesario, señalar el “además”. Muchas gracias por comentar.

  3. mer dice:

    Hola:
    La verdad y la libertad interior se mezclan para formar al ser humano en su espiritualidad que es una potentísima luz interior que te despierta a la verdad, a la única verdad, la que te asegura la felicidad y el amor.
    La reacción reconfortante, indescriptible, vigorosa y exultante que innunda la plenitud interior es la espiritualidad que es el producto de la verdadera autoliberación y siempre elige como obligados compañeros de viaje el amor incondicional, la comprensión, la generosidad y el perdón. Sin Dios esto no se puede alcanzar.
    Tener fe cristiana es creer, pero sobre todo practicar el mensaje de amor sin barreras entre los hombres, sin distinciones de razas, naciones o credos, que nos dejó Jesús de Nazaret, y hacer de la generosidad, de la entrega a causas nobles y de la actitud de servicio nuestro proyecto de vida para ser verdaderamente felices, con la dicha que procede del interior y vivir la plenitud de una existencia con contenido, rica y sembrada de actos de bondad, pues como dijo Quintiliano, si tienes fe, hallarás que el camino de la virtud y de la felicidad es muy corto.
    Que Dios os bendiga.

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