La persona como unidad sustancial (I)

Publicado: 10 febrero, 2011 en Antropología

El mundo como Voluntad y Representación obra cumbre del pensamiento de Schopenhauer sirve para comprender el relativismo de determinado discurso contemporáneo por el cual el sentimiento y no la razón es el fundamento último de la realidad y del ser humano. Así se comprende que el sentido se reemplace por el control y el fin último por la ideología o la voluntad de poder o por qué determinados sistemas educativos hacen prevalecer el igualitarismo por encima del conocimiento. La voluntad, nos dice Schopenhauer, es la esencia de todas las cosas y su único fundamento. Hoy, todo está sujeto a interpretación o consenso y a ello depende la legitimación de los actos humanos y el mismo ser del hombre.   

No obstante, todos los hombres desean por naturaleza saber (Aristóteles, Metafísica) porque el sentido último es una interpelación constante en el hombre, que por su propia naturaleza ontológica está abierto a toda la realidad y al conocimiento de la verdad en la que haya su perfección y culmen. Si el hombre pierde de vista el sentido último el pensamiento se diluye en una ciénaga de entelequias absurdas. Por eso la filosofía del siglo XXI tiene el reto de recuperar al hombre para el hombre de esa maraña que constituyen el materialismo, el relativismo y el nihilismo. Es preciso abandonar esas antropologías biologicistas por una filosofía de lo trascendental, en primer lugar para salvaguardar la dignidad y la libertad del ser humano. Está claro que existe un acuerdo consensuado por el cual surge la necesidad de respetar ciertos derechos de la persona, sin embargo no se sabe o se desconoce la fundamentación de los mismos, pues no resulta evidente que para determinado discurso la humanidad misma sea una dignidad y que el hombre no puede ser tratado como un medio. De ahí la importancia de una filosofía trascendental que sume a la metafísica clásica de Aristóteles y Aquino una perspectiva cristológica porque la dignidad de la persona es real y no se funda en realidades contingentes como la cultura, sino en una realidad absoluta (Millán-Puelles, Sobre el hombre y la sociedad).

El hombre es una sustancia individual de naturaleza racional (Boecio, Liber de persona et duabus naturis, Contra Eutychen et Nestorium), un “subsistente racional” (Tomás de Aquino, Suma contra gentiles, libro IV). Con el término sustancia individual se señala la individualidad y la incomunicabilidad del ser, es decir lo que está-en-sí y no inherente en otro; y con naturaleza racional que tiene capacidad de autoconciencia y de libertad. Con esta aportación del cristianismo, la dignidad de persona se extiende a todos los hombres ya que il buon fra Tommaso distingue la esencia de la existencia, es decir, lo que se comporta como acto de lo que se comporta como potencia. A lo que se comporta como acto, que es el acto de ser, se le puede llamar persona – distinguiendo la persona de su naturaleza, pues esa es la realidad subsistente que hay en esta –. De este modo persona es algo que se es: la persona posee su propio ser comunicado por Dios, ya que el acto de ser personal es un acto de ser derivado, es decir la persona no es fundamento del ser – ya que no se comunica el ser a sí misma – sino que es Dios quien le comunica el ser.

Sin embargo en el racionalismo la persona ya no se interpreta como una unidad sustancial, sino que se establece un dualismo entre el alma – res cogitans – y el cuerpo – res extensa –. Así, el fundamento de la persona ya no es el acto de ser personal, sino una facultad de esta, el pensamiento (Descartes, Discurso del método). Y como ya hemos dicho, con Schopenhauer, lo esencial en el hombre tampoco es el ser, sino el obrar. Por tanto, el predominio de la inteligencia respecto de la voluntad en Aquino se invierte a favor de ésta como acontece en Ockham. Si Aristóteles y Aquino señalan que el hombre tiende al bien y a la verdad de la que derivan y en las que se perfeccionan, y que por tanto en el hombre hay un objeto moral y otro intelectual o propio de la razón que se suman en la búsqueda de la realización de todas las potencialidades constitutivas de la naturaleza misma del hombre y que convergen en la realidad ontológica que constituye el fundamento del bien y de la verdad, en Schopenhauer así como en los filósofos de la sospecha la voluntad se concibe como una realidad fundante autónoma del bien y de la verdad: el hombre ya no es un ser fundado en Dios, sino que el funda la verdad y el bien.

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