La muerte (III)

Publicado: 4 febrero, 2011 en Antropología, Pensamiento

Ante la falta de sentido de la vida el valor del sacrificio es estéril y la única salida satisfactoria parece ser la eutanasia. En Un psicólogo en el Lager Viktor Frankl menciona que quienes tienen mayor posibilidad de sobrevivir son aquellas personas cuya vida está dotada de un sentido. Sin embargo, el sentido no es una cuestión trivial, ni una ensoñación (Feuerbach), sino una realidad que se encuentra. El hombre, por su naturaleza ontológica es un ser abierto a toda la realidad, es decir, puede conocer la verdad y el bien para alcanzar su plenitud. Así, el sentido existe, sólo falta despertar la conciencia, redescubrir qué y quién es el hombre para poder vencer las circunstancias y reverdecer la dignidad única de cada hombre que posee en su propia constitución ontológica y que no pierde en ningún momento ni en ningún estado de su vida.     

La eutanasia no es ninguna muerte piadosa; más bien una derrota de la humanidad y de la tecnología vacía de contenido que sólo ofrece como solución la muerte. Es triste comprobar la sinrazón de la humanidad: en Barcelona se propuso modificar los coches fúnebres para no herir la sensibilidad de los transeúntes, sin embargo observamos autobuses que piden firmas para poder matar a una persona, que reclaman el consentimiento de verdugos. La única muerte digna para el hombre es aquella que cuenta con todas las ayudas médicas y con todo el amor humano (ortotanasia), pero no lo es que a alguien le provoquen su propia muerte.   

La eutanasia sólo tiene debate, irracional e innatural, en una sociedad que despoja a la vida y a la muerte de su carácter trascendental. La vida no es una realidad abstracta, un rompecabezas sin piezas, sino que posee una introducción, un nudo y un desenlace. A esto, los cristianos añadimos que la muerte no es el paso a la nada, sino a la vida eterna con Dios a través de la resurrección. Esta convicción añade al sentido de la vida la esperanza para abrazar la gracia de Dios. La muerte no es un problema biológico como ya hemos indicado, sino que es una cuestión que afecta a la totalidad de la vida y al hombre mismo en todas sus dimensiones. Por eso, ante el ‘último instante’ es necesario, por naturaleza, tener presente el sentido, el por qué vivimos y el por qué morimos y así, como Cristo, poder decir: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46).    

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