La muerte (I)

Publicado: 4 febrero, 2011 en Antropología, Pensamiento

Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte contemplando como se pasa la vida, como se viene la muerte”. Así empieza Coplas por la muerte de su padre de Jorge Manrique. Pocas realidades son tan absolutamente ciertas en la existencia del hombre como la muerte, por lo que es una de las cuestiones centrales de la antropología. A lo largo de la historia del pensamiento el hombre se aproxima de distintos modos a este fin. Tomás de Aquino señala que es una privación de la vida, a la vez que una separación del alma respecto del cuerpo (Suma Teológica). El hombre experimenta el deseo de inmortalidad, pero al mismo tiempo cobra conciencia de su finitud, primero como algo ajeno y luego, con la finitud de los seres más queridos, como algo muy propio. La muerte, aunque natural, es vivenciada como el mayor mal que puede padecer un ser humano en cuanto representa la pérdida de la vida.

Cómo interpretar la muerte es una cuestión muy personal. En el cristianismo, la muerte es un mal por causa del pecado original, pero adquiere un valor positivo si la persona se incorpora a Cristo en su acto redentor (Catecismo de la Iglesia Católica). En este sentido, es un mayor mal si cabe la muerte espiritual que afecta a aquella persona que no reconoce en Cristo a su salvador. Hoy, muchas personas viven como si la muerte no fuera con ellas, como si fuera una realidad ajena sin mayor importancia que aparece en los medios de comunicación. Uno mismo, fumador empedernido que encuentra en La Montaña Mágica de Thomas Mann la excusa para despertar con un cigarrillo en la comisura de los labios, advierte por los anuncios de las cajetillas que el tabaco mata; sin embargo hago caso omiso. Sin embargo, nunca dejo de pensar en mi muerte, porque siempre pienso en mi vida y en su realización. Porque pienso en la muerte hago mío aquel Carpe diem quam minimum credula postero de Horacio.       

La muerte es tan cierta, tan humana, que exige ser atendida con el más escrupuloso realismo. Porque somos hombres sabemos que vamos a morir y como lo sabemos hemos de prepararnos para ello. Memento mori. En el medioevo se hizo célebre El arte de bien morir que era una especie de confesión preparación para el instante mismo de la muerte de uno mismo. En este sentido la muerte puede verse con toda su plenitud y como guía de la vida; una muerte que se anuncia desde el momento mismo del nacimiento de la persona con la aparición del dolor, del sufrimiento y de la enfermedad. No obstante, la visión de la vida y de la muerte depende en último instante de la cosmovisión de cada uno. Al respecto, C.S. Lewis señalaba que “El dolor es el altavoz de Dios en un mundo de sordos”. Este es un apunte importante que posibilita dar un sentido a la muerte, el ver al hombre como un ser creado por Dios. Los cristianos sabemos que la vida es un don mediante el cual podemos redimirnos durante nuestra existencia con la pasión y la muerte siempre en el horizonte. En este sentido recuerdo que Dostoievski durante una conferencia señaló que lo único con sentido que podíamos hacer era arrodillarnos ante el Crucifijo.

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