Eutanasia: Todo lo que lloramos, lo que nos asusta, son tributos de la vida

Publicado: 1 febrero, 2011 en Eutanasia

¿El Estado debe apoyar el suicidio asistido y la eutanasia? ¿El Estado puede obligar a los médicos a matar si una persona solicita asistencia médica para morir? Desde la Ilustración corre la idea de que nadie salvo uno mismo puede decidir sobre la propia vida o muerte; el imperio de la autonomía de la voluntad que lleva a promulgar que uno muere cuando quiere. Parece ser, entonces, que ante las puertas del dolor y del sufrimiento la vida humana deja de tener sentido, si para determinadas personas alguna vez lo tuvo. Pero, ¿realmente se puede experimentar el cansancio de vivir?

Antes de nada es necesario precisar qué se entiende por ‘cansancio de vivir’. ¿Este ‘vivir’ hace referencia a la totalidad de la vida o a unas determinadas circunstancias? Sí, el hecho concreto del cansancio viene marcado por el dolor, de lo contrario la persona no solicitaría morir. Sin embargo el sufrimiento no es la causa, más bien es la excusa, pues quienes solicitan el suicidio asistido son, mayoritariamente, personas que nunca han hallado un sentido a la existencia. Es decir, es el sinsentido que se infiere subjetivamente a la existencia la causa que no lleva a encontrar un motivo objetivo para seguir en vida.

Para entender la eutanasia, a quienes la defienden o la rechazan, es necesario entender qué es la vida y qué es el hombre. ¿El hombre es una pasión inútil (Sartre, El ser y la nada), pura biología o más bien una realidad radical (Ortega y Gasset, Obras completas vol. VII)? El hombre escapa a la biología, esto lo experimentamos pues la vida humana es lo que hay de intrínseco y extrínseco en el hombre, es él y la realidad: el mundo, los demás, Dios… todas estas sustancias las vivenciamos. El hombre no es sólo biología, es más, es el supuesto individual de naturaleza racional (Boecio, Liber de persona et duabus naturis, contra Eutychen et nestorium), un ser biográfico (Paul Ricoeur, Tiempo y narración), es personalidad y proyecto.    

El sentido del hombre es la construcción de ‘su vida’. Es un proyecto con unidad interna que exige y engloba toda su existencia, cuyo fin es llegar a buen puerto: la felicidad o plenitud de Aristóteles (Ética a Nicomáquea). La vida es un ‘hacer’ – en esto coincide Nietzsche – de la que nadie puede evadirse ni ausentarse. ¿Los reveses que aparecen en nuestro camino? Séneca nos responde que “vivire militare est” (vivir es milicia). A muchos recomiendo la carta que dirige a su buen amigo Lucilio: “¿No comprendes que lo único malo es, precisamente, eso: tu indignación y tus quejas? Si me preguntas a mí, pienso que ninguna desgracia natural debería hacernos llorar. El día en que haya algo que yo no pueda soportar, ese día no podría soportarme a mí mismo […]. Todo lo que lloramos, lo que nos asusta, son tributos de la vida. De todas estas cosas, amigo Lucilio, no esperes inmunidades ni las pidas […]. Los que andan activos de un sitio para otro, y van arriba y abajo por lo trabajoso y por lo arduo, y hacen frente a las misiones más peligrosas, esos son los varones esforzados, los héroes del campamento. Y esos otros a quienes una vergonzosa inacción les hace vivir blandamente son unas gallinas mojadas cuya seguridad es una deshonra” (Lucio Anneo Séneca, Epístolas morales a Lucilio, Libro XVI, Epístola XCVI).  

Es humano venirse abajo, pero también lo es alzarse, ponderar los hechos atendiendo a la vida por lo que es, un proyecto personal del que hay que gozar y cuyo fin es la propia perfección y desarrollo: la felicidad. Blaise Pascal dice que muerte y no otra realidad es toda la vida de aquella persona que, por serlo, es siempre muriente. Con la muerte, dice, el cuerpo muere a su vida mortal, pero, al mismo tiempo, con la muerte se da la coronación de la beatitud del alma y del cuerpo. Sin embargo, hay gallinas mojadas a favor de la legislación del suicidio asistido, de la muerte de gracia para los hastiados. Tristemente, la hegemonía de la autonomía de la voluntad da paso a la obscena y sacrílega legitimación del Estado para inmiscuirse en la vida privada, desde la capacidad de ejercer la función de educador hasta la de autoerigirse en matarife de nuestras vidas. Pocos reparan, pero la libertad del hombre está en su vida privada, en esa libertad trascendental que es el rasgo más específico de la persona y de la cual emana su dignidad, que nadie puede coaccionar, ni el propio hombre. Sin embargo, si el nacer ya se ajusta a la ley (aborto) pocas razones hay para no ajustar también la muerte, aunque sea, como dice Epicuro a Idomeneo, a costa de la libertad.            

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s