28 de febrero festividad de Santo Tomás de Aquino

Publicado: 28 enero, 2011 en Pensamiento

El calendario litúrgico nos recuerda que hoy celebramos la festividad de Santo Tomás de Aquino (1224), doctor de la Iglesia y ave Fénix de la filosofía y de la teología que supo unir en simbiosis la razón y la fe, llevando a la primera hasta las más altas cimas con el objetivo de desvelar el sentido del hombre y así alcanzar la plenitud mediante de la salvación en Cristo. Desde luego, la leyenda contemporánea ha oscurecido la trascendencia del pensamiento escolástico del medioevo, sin embargo, inmersos hoy en una cultura altamente relativizada y de vuelo raso, es ardua tarea hallar un pensador de semejante dimensión intelectual y espiritual.  

Ocho siglos después el pensamiento del Aquinate no es sólo una vigente y magnifica herramienta para orientarnos en la comprensión del sentido del hombre y del mundo, sino que es muy necesaria para salir de los límites del positivismo que nos arrastran hacia la consideración de que sólo es verdadera la realidad empírica. El pensamiento de Tomás de Aquino es absolutamente confiado con las posibilidades de la razón humana de alcanzar la Verdad; abre un auténtico marco para trascender los límites materialistas y naturalistas, que pretenden erigirse en la auténtica cosmovisión, y abrirnos, y penetrar en la lógica de Dios.

No tengas miedo” (Hch 18, 9) nos dice el pensamiento del Aquinate: “la verdad os hará libres” (Jn 8, 32). Il buon fra Tommaso – así le llamaban sus alumnos de la Universidad de París – nos invita constantemente a redescubrir las infinitas capacidades de la razón sin hacer ascos a la fe, porque en ella se eleva y perfecciona el ser del hombre para comprender su devenir. Sin duda, Santo Tomás está ‘tocado por la gracia’ de su prodigiosa inteligencia y por algo aún más valioso o imprescindible, el sentido común: digan lo que nos digan el hombre puede conocer, puede alcanzar la verdad, eso sí, sin pretender nunca lo que está más elevado, es decir, tener a Dios como se tiene ante la presencia un plato o un lápiz.

Cuántos filósofos, cuántos grandes filósofos, en su extraordinario saber han minimizado o despreciado el necesario e intrínseco amor a la verdad. El Aquinate es todo lo contrario. Amor a la verdad porque ella es la más soberana instancia a la que debe acudir el hombre. Su obra es un magistral revés al escepticismo: “Hay, desde luego, personas que pretenden que es imposible conocer la verdad, pero es porque reconocer que la verdad existe les llevaría a sentirse obligados moralmente” (Louis de Wohl, La luz apacible, Ed. Palabra, 8ª edición, 1992). Dios es la causa primera y el origen del mundo, nos dice el Aquinate, y por su naturaleza todo efecto retorna hacia su causa (Suma Teológica), es decir, todas las cosas se inclinan y aspiran a la propia perfección según su naturaleza ontológica, y la tendencia del hombre es Dios en quien alcanza su definitiva plenitud: “ordo promotionis in bonum secundum quem ab imperfecto ad perfectum proceditur” (Suma Teológica). La existencia del hombre no es un absurdo ni un viaje a ninguna parte, todo lo contrario su sentido y su perfección radican en la asimilación a Dios y para comprenderlo es suficiente que el hombre, mediante su inteligencia y voluntad, acceda a obrar según su naturaleza.

El hombre, nos dice en la Suma Teológica, tiene un fin intrínseco a su misma naturaleza, que no es otro que alcanzar la Causa Prima (Dios), que es objeto de su conocimiento y de su amor (como también nos recuerda Juan Pablo II en Fides et ratio): “Dios está en todas las cosas por su esencia, su poder y su presencia, como la causa está en sus efectos que participan de su bondad […] Dios está presente como objeto conocido en el conociente y objeto de amor en el amante”. El hombre no está sujeto, como nos dice Nietzsche (Humano, demasiado humano), a procesos cósmicos: “En la Encarnación se acaba la totalidad de la obra de la creación, en cuanto al hombre que ha sido creado en último lugar, vuelve por un cierto círculo, a su principio, habiendo sido unido al Principio mismo de los seres por la Encarnación”.

Sin duda la razón puede alcanzar comprensión cierta del mundo, pero es mediante la revelación que comprendemos el porqué de la creación, que tiene su fuente y origen en Dios. Cristo, con su encarnación, pasión y muerte, revela al hombre quién es el hombre dando cumplimiento a la aspiración del ser humano de unirse a Dios mediante la filiación en la visión beatífica. El hombre, aún sujeto a la historia, entra así en un nuevo ‘tiempo’, en la edad mesiánica, que es la plenitud de los tiempos (De Veritate).

 Web sobre Santo Tomás de Aquino.     

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