Una concreta aproximación a “La rebelión de las masas” de Ortega y Gasset

Publicado: 22 enero, 2011 en Ortega y Gasset, Pensamiento

La rebelión de las masas es el libro más importante de José Ortega y Gasset así como uno de los más interesantes en lengua castellana del siglo XX, aunque él lo denominara un casi-libro. Sin embargo poca o nula atención se le prestó el año pasado en la celebración de su septuagésimo aniversario. Hace tiempo que quería escribir sobre Ortega y Gasset y sobre esta brillante obra de gran actualidad y repleta de reveladores pasajes: “Es falso decir que en la vida ‘deciden las circunstancias’. Al contrario: las circunstancias son el dilema, siempre nuevo, ante el cual tenemos que decidirnos. Pero, el que decide es nuestro carácter […]. Todo esto también vale para la vida colectiva. También en ella, primero hay un horizonte de posibilidades, y luego, una resolución que elige y decide un modo efectivo de existencia colectiva. Esta resolución emana del carácter que la sociedad tenga, o lo que es lo mismo, del tipo de hombre dominante en ella. […] El poder público se halla en manos de un representante de masas. Estas son tan poderosas que han aniquilado toda posible oposición […]. Así ha sido siempre el Poder público cuando lo ejercieron directamente las masas: omnipotente y efímero. El hombre-masa es el hombre cuya vida carece de proyecto y va a la deriva”.

Una de las tesis más interesantes de Ortega es su conciencia de la existencia de una sociedad europea, al menos antes del estallido de la guerra civil española. Ortega postula por la creación de “los Estados Unidos de Europa” pues “no es un ‘ideal’, sino un hecho de muy vieja cotidianidad”. Además afirma que su creación “se impone necesariamente. La ocasión que lleve súbitamente a término el proceso puede ser cualquiera: por ejemplo, la coleta de un chino que asome por los Urales o bien una sacudida del gran magma islámico”. Sin duda, quién lee esta parte del libro puede estar leyendo perfectamente un rotativo de nuestros días o incluso de pasado mañana. Es interesante apreciar que la configuración de una sociedad europea para Ortega no es una construcción artificiosa, más bien lo es la idea de los distintos estados autónomos dentro de Europa: “la unidad de Europa no es una fantasía, sino que es la realidad misma, y la fantasía es precisamente lo otro: la creencia de que Francia, Alemania, Italia o España son realidades sustantivas e independientes”; para concluir que “Europa es, en efecto, enjambre: muchas abejas y un solo vuelo”, es decir, “los pueblos europeos son desde hace mucho tiempo una sociedad […]. Esta sociedad manifiesta todos los atributos de tal: hay costumbres europeas, usos europeos, opinión pública europea, derecho europeo, poder público europeo”.   

Algunas mentes, que no nombraré, consideran que Ortega no es más que un ladrón de ideas, pero quién no lo es. A esto me vienen unas palabras de Wittgenstein: “No aduzco fuentes: para mí es indiferente que lo que he pensado yo haya sido antes pensando por otro” (Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus). Más allá de este aspecto circunstancial La rebelión de las masas es un faro que revela la realidad presente sin tintes ideológicos: “ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de hemiplejía moral”. De ahí su vigencia a pesar del paso del tiempo, sobre todo cuando habla del tipo de hombres existentes. Para Ortega hay dos clases de personas: “las que se exigen mucho y acumulan sobre sí mismas dificultades y deberes y las que no se exigen nada de especial, sino que para ellas vivir es ser en cada instante lo que ya son, sin esfuerzo de perfección sobre sí mismas, boyas que van a la deriva”. En estas personas, denominadas hombre-masa, los criterios que rigen la toma de decisiones están basados en el mero capricho y desligados por completo del sentido y del devenir de la vida. A la vez, “el hombre masa se siente perfecto […], y la creencia en su perfección no está consustancialmente unida a él”, y añade: “Como esos insectos que no hay manera de extraer fuera del orificio en que habitan, no hay modo de desalojar al tonto de su tontería, llevarle de paseo un rato más allá de su ceguera y obligarle a que contraste su torpe visión habitual con otros modos de ver más sutiles. El tonto es vitalicio y sin poros”.

El hombre-masa, que no pertenece a ninguna clase social concreta, es un “señorito satisfecho” que no conoce el valor de aquello de lo que goza, ni el esfuerzo ni el talento para hacer posible aquello de lo que cree tener derecho sin más. El hombre-masa de Ortega es vigente hoy en día, una época, la nuestra, donde la mediocridad se reivindica y en la que los individuos se conforman con su ristra de opiniones considerándolas intelectualmente completas. Estos personajes se autoafirman sublimes, doctos, perfectos, aunque lo sublime, docto y perfecto no se encuentre en su propia naturaleza. La vanidad que exhiben es tan superlativa que no dudan un ápice de su privación por lo que no hacen ningún arranque para escapar de la impericia. Al inepto, por mucho que se intente, jamás se logrará que acepte revisar su tosca visión de la realidad con otra intelectualmente más elevada.

La mediocridad, señala Ortega, no es sinónimo de estupidez siempre que en ella se encuentre el anhelo por aspirar a una inteligencia superior. Lo es, en cambio, cuando se muestra esférica y definitiva; cuando su parca razón se encierra en sí misma y propaga el derecho a entronizar la vulgar opinión en el reino de la certeza. Esta jugada de la ignorancia no es ningún derecho, es un defecto, una aberración contra la humanidad misma. Jamás el bobo solemne ha creído tener una idea bien armada sobre la realidad, en nuestro tiempo sí: pensemos en Bibiana Aído y la afirmación de que el embrión humano no es más que un ser vivo. Considerar que estos tipejos tienen una idea sobre lo qué es o debe ser es dejar una pistola en manos de un chimpancé. Es un peligro dejar a estas personas que teoricen y decidan en temas tan trascendentes para el ser humano como la vida en su origen y término o en la educación. Quien no tiene conciencia de su límite intelectual y moral no debería ejercer la noble actividad de la política. Del mismo modo que se exige un examen a quien decide conducir un vehículo en la vía pública más se debería exigir a quien pretenda dirigir las riendas de un grupo humano.     

La opinión es un jaque mate a la verdad, sin discusión. Las ideas son vacuas y carentes de contenido si no aman y se adecuan a la verdad y no se ajustan a una instancia que las regula. “No hay cultura donde no hay acatamiento de ciertas últimas posiciones intelectuales a que referirse en la disputa”. Donde no hay cultura hay barbarie. El pensamiento que hay detrás del socialismo y de quienes alzan el puño al aire en el siglo XXI, por ejemplo – aunque podría mostrar otros, como el positivismo y el materialismo – es el propio de aquellos sujetos que no quieren dar razones ni quieren tener razón, sino que se limitan a forzar e imponer sus anodinas opiniones. Esto es una auténtica sinrazón, la misma que conduce a la señora Pajín a obviar el principio del Estado de derecho que es la presunción de inocencia de toda persona con su anteproyecto de Ley de Igualdad de Trato. Quien otorga valor de certeza a la opinión o idea es un individuo que odia el diálogo, por la sencilla razón de que desprecia la existencia de una instancia suprema que existe fuera de él. Por eso están tan de moda los debates gallinero donde los contertulios gritan a los otros sobre cualquier tema. Como vemos la violencia se apodera de la palabra: bienvenidos a la barbarie. 

En la primera parte de La rebelión de las masas el octavo punto lleva por título Por qué las masas intervienen en todo y por qué sólo intervienen violentamente. En él Ortega se pregunta por qué la masa indiferenciada muestra su dominio de modo destructivo. Podemos apuntar distintas razones: la glorificación de la mediocridad, la entronización intelectual de la estupidez o la inexistencia de normas a las que apelar. Sin embargo todo se resume en algo que muy bien apunta Ortega, el hombre-masa difuminado en el grupo “no quiere dar razones ni quiere tener razón, sino que, sencillamente, se muestra resuelto a imponer sus opiniones”. Esta idea se encuentra manifestada perfectamente en la película Trainspotting, donde una de las ideas de fondo es que no hay razón, no hay razones para hacer las cosas, estas se hacen y punto, como si fueran una necesidad surgida del estómago.

Si existe una razón, una verdad inteligible, entonces hay que aceptar una instancia superior fuera de cada uno de nosotros. Pero si no hay razón no hay que acatar ningún diálogo con quien piensa diferente o ve mejor las cosas, no hay que acatar una norma objetiva y, consecuentemente, no hay necesidad de convivencia, sino que se impone sin razón alguna el deseo propio y la conveniencia de manera directa e instintiva: la violencia es la Carta Magna de la sinrazón y de la ausencia de una verdad última que todo lo ordena, y cuando eso ocurre estamos en el ocaso de la civilización y ante el nacimiento de la barbarie. No son pocas las personas que afrontan su existencia como un mero sobrevivir, como un extraño o misterioso suceder de cosas que se siguen sin relación ni sentido alguno. Ahora hago esto, luego eso otro, hoy esto, mañana aquello. Cada día transcurre como una película con su principio y su final, bien distinto al anterior y al siguiente. Y resultas de ello es una vida repleta de vivencias inconexas donde uno mismo no parece saber qué hace ni adónde va. Todo el mundo sabe y comprende que para realizarse en la vida cuentan y mucho las circunstancias, pero pocos saben y reconocen que cuenta mucho más la fe en Dios. Las circunstancias están ahí, pero no determinan, lo que sí determina es el dar un sentido a la existencia, comprender su realidad teleológica y el cómo librar las circunstancias.

La mayor circunstancia que debe salvar el hombre no es otra que la propia vida. Ante esto surgen infinidad de posturas relativistas que niegan toda finalidad y sentido a la existencia. No son pocos quienes hacen suya la expresión “yo soy yo y mi circunstancia”, tomándola desde la visión popular sin llegar a comprenderla. Ortega no nos exhorta a contentarnos con la mezquindad de una existencia nihilista, sino a afrontar la costosa batalla de que la vida tiene un fin y que en su resolución se pone en juego nuestra existencia: “yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo”. Sí, es dura la batalla de salvar la vida, pero en esta contienda no estamos solos, sino que contamos con la irreemplazable ayuda de Dios.   

No hay razón para negar la realidad del progreso. Pero es preciso corregir la noción que cree seguro este progreso. Más congruente con los hechos es pensar que no hay ningún progreso seguro, ninguna evolución, sin la amenaza de involución y retroceso” (Ortega y Gasset, La rebelión de las masas).

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comentarios
  1. […] This post was mentioned on Twitter by Fran Pedraza, Joan Figuerola. Joan Figuerola said: Una concreta aproximación a “La rebelión de las masas” de Ortega y Gasset http://bit.ly/hiwFFP […]

  2. “La rebelión de las masas” es un libro imprescindible y que, a pesar del paso del tiempo, no ha perdido la vigencia de sus planteamientos.
    Hoy en dia en España la mediocridad campa a sus anchas, lo imprega todo: tenemos una clase política más que mediocre, nefasta, y una sociedad civil aborregada, hastiada y desencantada que ha abdicado como “fuerza vigilante” para resignarse en su condición de cordero pagano.

  3. xdsl2000 dice:

    Se vé que con esto está de acuerdo todo el mundo, con razón.

    Saludos a todos.

  4. Saludos Natalia, muchas gracias por comentar.

  5. Saludos Xdsl2000. Gracias por comentar.

  6. El Pareja dice:

    Leí este libro porque en una prueba de admisión a un máster me preguntaron quién era el autor de “España Invertebrada” y no lo sabía. Me quedé sin el máster pero me lancé a leer “La rebelión de las masas” a efectos de poder apreciar quién era ese Ortega tan importante. Y todavía me cuesta creer lo que vi. Tal fue mi sorpresa que terminé escribiendo una crítica más bien dura.

    Como resumen, se puede decir que los rasgos más notables del libro son:
    1. El ataque a la ciencia y la tecnología (no hay nada peor que un científico o un profesional)
    2. El antiamericanismo (el que crea que Estados Unidos puede ser vanguardia es tonto)
    3. Existencia de una sociedad europea
    4. Reafirmación de que España es parte de Europa y de que Rusia no lo es.
    5. Antipacifismo (la guerra es una genial técnica de vida y para la vida)
    6. Exhumación de la decimonónica dicotomía civilización-barbarie
    7. Desprecio por todo ser humano que no pertenezca a la elite de la cual Ortega se siente parte
    8. Propaganda autoritaria y reaccionaria, en general, y por el bando nacional en la Guerra Civil Española, en particular

    Para una persona de derechas, el libro puede resultar complaciente. Para el resto de los lectores, recomiendo buscar otros rumbos. El problema no es tanto los temas que trata ni desde qué posición política los trata sino las incontanbles contradicciones en que cae
    Ortega (en algunos casos de un renglón al siguiente) y la increíble desconexión entre su cosmovisión y la realidad que le tocó vivir. Se atribuye a este libro un valor profético: nada más lejos de la realidad. Por el contrario, está plagado de profecías incumplidas,
    algunas de grueso calibre como cuando augura (en 1930) que la violencia en Europa comienza a remitir. Tampoco el libro aporta nada nuevo. Lo que podría considerarse su punto medular (las masas) es una copia casi textual de Nietzsche, poniendo como fenómeno novedoso algo que llevaba al menos 50 años de existencia.
    Dicen algunos que Ortega fue el intelectual en lengua española más importante del siglo XX. Es triste pensar que puedan tener razón.

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