El hombre zozobra en la muchedumbre

Publicado: 12 enero, 2011 en Pensamiento

La vida política, en su sentido primordial, comprende también lo moral, lo intelectual, lo cultural, lo religioso, lo económico y lo estético. La vida política, que abarca todo el obrar del ser, del sujeto humano me refiero, se encuentra dominada por el espíritu medio, vulgar y trivial de la muchedumbre. La persona puede ser intelectual, pero la turbamulta no parece dotada de ingenio. En el sujeto destaca lo cualitativo, en la caterva lo cuantitativo: la multitud es el ser humano en cuanto no se distingue de otros. La masa es uniforme y homogénea; lo contrario rige en la minoría, donde cada uno adquiere conciencia de sí mismo.

El hombre mediocre busca diluirse en la muchedumbre, donde los ideales y los deseos se unifican, se tornan semejantes. Legión es contraria a singularidad. Quien no es singular no es ‘él mismo’, no se conoce a ‘él mismo’, no se valora a ‘él mismo’, obra al margen de la razón, de la moral, actúa según la multitud. El sujeto, el hombre concreto, aquella sustancia individual de naturaleza racional, posee o puede poseer todas las cualidades propias de la persona: la inteligencia y la virtud de amar y conocer primordialmente. El tropel, desprovisto de toda excelencia, no logra dar cumplimiento de la exigencia de la vida política y de sus respectivas dimensiones, ya citadas. El hombre de la horda, exento de toda interpelación, se limita a vivir cual boya a la deriva, sin buscar la perfección, conformándose con parasitar en la colmena.

Sin embargo, el hombre de la horda en un afán de rebelión ilustrada, asume hoy las funciones que antaño correspondían al más hábil y docto. España es el perfecto ejemplo del dominio político de la muchedumbre. Nuestra democracia, nuestro Estado de derecho, vive subordinada al deseo de la turba, que impone sin propósito ni finalidad sus mediocres aspiraciones. Las leyes de la masa no buscan la perfección, sino la igualdad, entendida ésta más bien como uniformidad. Ser diferente, hoy, es una indecencia; de ahí que ser cristiano, por ejemplo, es ser extremadamente romántico. La muchedumbre destruye lo único, la verdad; quien no es igual a todo el mundo, quien no piensa como todo el mundo es ‘desterrado’ de la vida política, aun cuando sea el último bastión de lo intelectual, de lo moral…

Esta es la victoria grotesca de nuestro siglo, de nuestra España, que ha logrado convertir cada sustancia individual de naturaleza racional en una cuantitativa muchedumbre de almas uniformadas cuyo espíritu – y mente – descansa controlada por el Estado. El hombre muchedumbre con su medianía intelectual y su virtud menguante es el prototipo a imitar. El siglo XX-XXI es el del dominio extenso del conocimiento; sin embargo, el hombre de tal centuria ha dejado de tener conciencia de la realidad, de sí mismo y de sus trascendentes potencialidades, para emprender el camino de la muchedumbre, de la zozobra.        

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