Quien desafía a Dios no es ateo sino blasfemo

Publicado: 31 diciembre, 2010 en Pensamiento

Hay personas que se alzan contra su condición de ser participado y contra la creación misma. A estos sujetos Albert Camus les denominaba rebeldes metafísicos y es así porque se revelan contra su ontología, contra los fines del hombre y de la creación del mundo, es decir, contra la condición que les corresponde. Así, como bien dice Camus, el rebelde metafísico no es ateo sino blasfemo, ya que por su constitución ontológica no puede situarse ni una posición de equilibrio ni negar la realidad ontológica ante la que se revela, sino que la afirma desde el mismo instante en que ejecuta su acto de rebeldía. Lo único que puede hacer es equiparar al creador con el hombre mismo y sumirlo en su misma condición afirmándose que toda existencia superior es contradictoria.En este sentido quienes rechazan la existencia de una realidad ontológica superior lo hacen más por desafío que por negación. El rebelde metafísico más que negar a Dios reclama un trato de igual para acabar queriendo su posición mediante el ejercicio de la voluntad de poder e instaurar el imperio de los hombres y, así, poder controlar su propio destino olvidándose de su condición. Como Epicuro, el rebelde metafísico quiere aislarse en los muros de su ser consumiendo todo el gozo en él porque la muerte no es nada. Así se piensa que uno puede escapar del destino y de la esperanza no tangible que le arroja de su ciudadela y le dispone en el camino que conduce a la salvación.

El blasfemo desafía radicalmente a Dios – no lo niega en cuanto que su rebeldía lo afirma – para evitar la tensión entre el sí y el no (Nietzsche). De este modo construye un Dios a su manera, que no redime ni castiga, sino que es absolutamente ciego y sordo respecto al destino de los hombres. En este sentido el materialismo moderno hunde sus raíces en Lucrecio, quien niega todo principio de explicación que no sea evidente y  que antes de afirmar una ley superior – los átomos no se asocian solos – admite un movimiento fortuito (Hawking). Así, el blasfemo, en lugar de entregarse al destino que le corresponde por su condición se entrega a ese azar que no le interpela y que le permite el gozo en este mundo, un mundo que considera accidental.

El rebelde metafísico más que ateo es Caín. Quien blasfema contra Dios instaura el imperio de los hombres a costa del crimen si es necesario, y evidencias históricas no faltan. Por otro lado la blasfemia de este sujeto sólo puede darse si existe un Dios personal y creador del que dependen todas las cosas: la blasfemia en este sentido es inseparable del cristianismo, sin embargo permanece anclada o movilizada contra el Dios revelado en el Antiguo Testamento, pues la rebeldía que muestra ante el Dios del Antiguo Testamento se torna en mero rechazo contra el mismo Dios en el Nuevo Testamento que envía a su propio Hijo, Jesucristo, para calmar las dudas que llevaron a esos hombres a la rebeldía. Cristo resuelve las inquietudes del hombre con su resurrección previamente asumiendo la misma condición del hombre, padeciendo sus mismas vicisitudes, incluso el dolor y el sufrimiento. El lama sabactani de Cristo, pronunciado por cada uno de nosotros en nuestra coyuntura existencial se subsana con la resurrección y con la esperanza de la vida eterna.

La blasfemia del hombre moderno es la anunciada por Feuerbach y Nietzsche , la que se detiene en el Antiguo Testamento y la moral de ese Dios celoso obviando que Él mismo mandó a su Hijo para nuestra salvación. No olvidemos la atracción del filósofo del martillo por la figura de Jesucristo a quien conduce hacia su propio terreno para poder maldecir a Dios el dolor al que le somete. Cristo, para el rebelde metafísico, no trasciende la cruz; no es más que un mortal, un ‘buen hombre’ o un loco, porque así la blasfemia aún tiene el sentido por la que nació: suplantar a Dios y situar al hombre en su lugar. Y esto es así porque si el hombre se rebela contra Cristo como se rebela contra el Dios manifestado hasta el Antiguo Testamento la blasfemia debe afirmar que desafía al Dios que ha vencido a la muerte y ha donado al hombre la salvación y la vida eterna y, en consecuencia, carece de sentido permanecer sitiado en los muros del propio ser y en el gozo de una vida que en realidad trasciende los límites del espacio y del tiempo.    

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comentarios
  1. jesús dice:

    Macho, cada vez estás peor. A ver si gana Rajoy de una vez y te calmas un poco.
    Saludos, y feliz año.

  2. Saludos Jesús, también te deseo un feliz año.

  3. Meinster dice:

    Perdona el retraso en entrar en este tema.

    Comprendo que para un creyente el que una persona no crea le parezca una imposibilidad, que ha de creer pero que se rebela contra Dios por alguna razón.
    Lo comprendo porque a veces me pasa lo mismo, pero al revés, no entiendo que personas cultas puedan creer en seres fantásticos y lo achaco a que para explicar lo que no comprenden y para evitar la certeza de la muerte y con ella el fin de su existencia como personas busquen a un ser que les haga posible la vida eterna y la explicación de aquello que no entienden.

    Desde luego que ambos nos equivocamos, vosotros teneis una gran convicción en aquello que creeis y nosotros sencillamente no creemos.

    Una forma en la que espero que te sea fácil comprender que realmente no creemos.
    Te propongo una pregunta con tres respuestas:

    ¿Tu crees en los dioses hindues?
    1-Si totalmente.
    2-No, pero te consideras agnóstico sobre ese tema, puede que existan, no puedes negar algo sin pruebas de que no existe.
    3-Categoricamente no, te consideras ateo sobre ese tema, ¿como van a existir esos dioses?, abría pruebas de ello y hasta que no se presenten pruebas convincentes de su existencia no creeras en ellos.

    Me interesa conocer tu respuesta, tal vez así puedas comprender que los ateos no creemos en Dios como tampoco en Vishnú. Aunque estemos equivocados.

  4. […] descansa en presentar distintos pasajes del Antiguo Testamento para fortalecer dicha acusación – parece ser que para éste la revelación no alcanza al Nuevo Testamento –. Los cuatro jinetes del ateísmo, es decir, los señores Dawkins, Hitchens, Dennet y Harris son […]

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