La importancia de una vida virtuosa para los cristianos

Publicado: 19 diciembre, 2010 en Ética y Moral, Religión

Para el Estagirita la virtud es una disposición inconmovible de las facultades operativas, tanto intelectuales – virtudes dianoéticas – como apetitivas – virtudes éticas – (Éica a Nicómaco). Siguiendo a Sócrates, identifica la virtud con el saber sobre el bien, de cuya posesión el ser humano adquiere su felicidad en cuanto orienta hacia él su modo de obrar. En este sentido el hombre es feliz en la medida en que desarrolla todas sus posibilidades naturales, es decir, que vive de acuerdo con las exigencias de la razón. En la Biblia también encontramos referencias a las virtudes como cualidades morales de la persona. En el Antiguo Testamento se observa cierta influencia griega, pues se mencionan las virtudes clasificadas por Platón – sabiduría, justicia, templanza y fortaleza –: “¿Amas la justicia? Las virtudes son sus empeños, pues ella enseña la templanza y la prudencia, la justicia y la fortaleza: lo más provechoso para el hombre en la vida” (Sb 8, 7). No obstante se hallan otras virtudes propias del cristianismo, como la humildad, el perdón o la penitencia a causa del estado viador del ser humano, que es un ser caído por el pecado a quien Dios le ha enseñado a perdonar. En el Nuevo Testamento ya no encontramos referencias a las virtudes, sino que Cristo mismo es presentado como el modelo de virtud y de perfección humana porque, siendo verdadero Dios, es verdadero hombre. En este sentido Cristo enseña al hombre quién es el hombre: la gran cuestión de la humanidad – quiénes somos y adónde vamos –.

 Con Cristo, las virtudes, es decir, las virtudes cardinales bajo el gobierno de las virtudes teologales – fe, esperanza y caridad – adquieren una finalidad que no es otra que la identificación moral y ontológica con Jesucristo. De este modo ser virtuoso es ser otro Cristo bajo la guía del Paráclito. En San Agustín la virtud de la que emanan todas las demás es la caridad, de ahí que llame a la virtud el “orden del amor” (De Civitate Dei) y entienda las virtudes cardinales como distintas funciones del amor (De moribus Ecclesiae Catholicae et de moribus manichaeorum, I, c. 15). En cuanto al Aquinate, éste realiza una amplio estudio de la virtud en la Summa Theologiae donde partiendo de la Escritura aglutina el pensamiento moral y ético del Estagirita y de la tradición de los Padres de la Iglesia, como San Gregorio Magno. Para Aquino las virtudes, también subordinadas a la caridad, son el fundamento de la vida moral en vistas a la felicidad. Al mismo tiempo, las virtudes son puertas hacia el conocimiento y hacia la verdadera libertad del ser humano; es decir, hacia su perfección como perfecta imitación de Cristo. La virtud, por tanto, es el cimiento sobre el que se erige la moral y el camino recto para alcanzar la anhelada felicidad

 La introducción del relativismo en la moral aparece con Ockham, quien no entiende la virtud como modo de perfección ni como camino que, según la razón y la voluntad, permite conocer y amar el bien. De este modo el epicentro de la moral no es ni la virtud ni la felicidad, sino la ley y la obligación de cumplirla – muestra una visión legalista de la moral –. Así, la virtud ya no es la búsqueda de la perfección, más bien se entiende como la realización de un mínimo moral para evitar el pecado (ética de mínimos). Sin embargo esta situación es más marginal en el protestantismo, donde el hombre ya se encuentra determinado por su pecado – situación que no puede modificar –, por lo que la virtud se concibe como una especie de vanagloria del hombre al restar omnipotencia a la gracia de Dios. Sin embargo, en los místicos españoles, en especial San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús, la virtud conduce a la vida contemplativa, que es el estadio más alto que puede acceder el hombre (Ética a Nicómaco).

 En el pensamiento moderno ejerce una amplia influencia el nominalismo. La virtud, como hemos dicho, deja de ser una perfección interna de la razón y de la voluntad para convertirse en una mera práctica para cumplir con mayor acierto la ley moral para asegurar la vida en sociedad (Thomas Hobbes) pero sin interferir en la ‘libertad’ de cada persona y su propia cosmovisión. Así, la moral y las virtudes ya no es el camino hacia la felicidad si no que simplemente son disposiciones para asegurar la paz y la armonía social. Por su parte, Kant – no me extenderé porque ya hemos hablado en Opus Prima, ver entradas – elabora un sistema moral fundamentado en la ratio. En este sistema la voluntad se subordina a lo que esa juzga como deber moral – imperativo categórico –, y las virtudes se tornan como simples aptitudes para evitar las pasiones.  

 Para un cristiano, sin embargo, las virtudes y los dones del Espíritu Santo ocupan un lugar central en su vida. Vivir las virtudes es el único modo de alcanzar la santidad y, en consecuencia, ser otro Cristo (Constitución Dogmática Lumen Gentium, c. V). Por otro lado, debe recordar que la virtud teologal de la caridad es el cuerpo de todas las virtudes, mediante la cual amamos a Dios y al hombre a causa de Él. Las virtudes no son simples disposiciones para poder vivir en paz en sociedad, sino medios para alcanzar, mediante la inteligencia y la voluntad, la perfección del hombre que Cristo ejemplificó en su vida, demostrándonos quién es el hombre y cuál es su fin: la felicidad salvífica.     

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