¿Eres una persona íntegra?

Publicado: 17 diciembre, 2010 en Ética y Moral

En la cultura actual se vive una clara transvaloración de las virtudes. La sociedad acentúa el consumo y el egocentrismo, así como vivir el momento en detrimento del compromiso necesario para dedicarse a proyectos de largo plazo que requieren de esfuerzo y disciplina. La causa del imperante individualismo es, principalmente, la falta de sentido último de la existencia. El hombre moderno es víctima de los sentidos, la consideración de que el mundo de lo perceptible es lo único existente. Así, hay una mayor preocupación por la imagen, el reconocimiento y el poder antes que el crecimiento de la vida interior, de la virtud y del compromiso intelectual y amoroso con la verdad.      

 

La transvaloración de las virtudes se refleja de buena manera en las noticias que reflejan los medios de comunicación. Una de las rarezas de nuestro tiempo es el concepto de integridad, que refiere a toda persona entera en la totalidad de su ser, que no actúa de manera diferente en las distintas circunstancias en las que pueda encontrarse inmiscuida, ya sean de carácter privado o público – conceptos muy en boga en el léxico laicista –. La integridad no admite ni un ápice de relativismo, sino una disposición moral recta, que es parte constituyente de la sabiduría.  

 

La antítesis de la integridad es la corrupción. Cuando no se admite una finalidad y un sentido último en la vida y cuando se rechaza todo fundamento moral la persona, aunque pueda considerar lo anteriormente mencionado, tiende a establecer sus propios criterios o códigos morales. Al mismo tiempo, la ausencia de una verdad última abre la vía de la mentira, uno de los rasgos propios de la actuación humana en el presente; para ello basta con analizar el discurso político: donde ayer decía ‘A’ hoy dice ‘B’. La verdad, ampliamente analizada en este blog, ya no es ningún valor digno de respetar. Ciertamente, todos queremos que se diga la verdad, pero no mostramos la misma necesidad por expresarla.

 

La verdad a medias no existe, como tampoco se puede ser licencioso con los principios. Una característica de la integridad es la transparencia. Una persona que no ama la verdad no es fiable, sino reprochable porque no se sabe nunca como actuará, ya que sus códigos morales son arbitrarios, caprichosos, relativos. Una persona íntegra sabe que hay valores absolutos por los que vale mantener una estricta y pulcra fidelidad, así como promoverlos como el modelo de vida más perfecto para gobernar y desarrollar la personalidad y capacidades del ser humano.   

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comentarios
  1. Gracias. Me ha recordado a las clases de mi bien querido Pablo Domínguez -qepd- (de quien se acaba de publicar póstumo un manual de Lógica Filosófica que, y no tengo miedo al vaticinio, cambiará el modo de entender esta disciplina). Por si alguien se pierde, Pablo Domínguez es el cura de ‘La última cima’. Pero no quiero desviar la atención del tema del artículo… En las últimas 24 horas, además de este artículo me he encontrado con tres cosas más acerca del tema que, Joan, tan sencilla pero rotundamente redactas:
    – Un vídeo: http://www.facebook.com/l.php?u=http://www.youtube.com/watch%3Fv%3DMy2ym2_pAkA&h=60fc4
    – Las otras dos son mías, pero no dejaré enlace para no autopublicitarme (además, una de ellas no se publicará hasta marzo).

    El tema de las virtudes es apasionante, hay toda una corriente moral -de Ética Filosófica y de Teología Moral- iniciada por la ‘Veritatis splendor’ y que han seguido explotando mis maestros en la Facultad: Pérez-Soba Díez del Corral, José Noriega, Livio Melina, Martin Rhonheimer y otros. Invito a ir a esas fuentes.

  2. Olvidé responder a la pregunta del título que, aunque sea estilística y retórica, me veo obligado a confrontar con las manos vacías: reconozco mi falta de integridad en tantas ocasiones. Ciertamente, la(s) virtud(es) (y los dones del Espíritu que las plenifican) son tarea diaria.

    Un saludo.

  3. Álvaro dice:

    La virtud parece no estar de moda y cuesta escuchar de los labios de alguien semejante piropo…”Es una persona íntegra”. ¡Pero qué belleza esconde ese virtuoso adjetivo! Quizás sea el odio a la belleza, -tan de moda en nuestra época- que provoca ese masoquisco aturdidor en la persona, exento de virtud y que enaltece el defecto como don supremo.

  4. Saludos Álvaro, muchas gracias por la información que ofreces, será un placer leerlas y ver el vídeo. Gracias por comentar.

  5. Saludos Álvaro, comparto cuanto dices. Ser un hombre virtuoso es una tarea diaria. Nadie es justo sino paractica la justicia, así con todas las virtudes cardinales y teologales. Gracias por comentar.

  6. Sin duda Álvaro, es una extrañeza pero una realidad encomiable poder decir de alguien que es una persona íntegra. Muchas gracias por tu acertado comentario.

  7. Angie dice:

    Figue: muy buen escrito. De hecho, me ha estado dando vueltas a la cabeza este tema. El problema es que intentamos solucionar el pecado del hombre a través de una mirada simplona y reduccionista: “el hombre es un ser económico”, “el hombre es un ser que encuentra la felicidad en la satisfacción de sus instintos básicos” o “la pobreza se erradica bajando la tasa de natalidad a través del condón” (supuesto falso, empíricamente comprobado). El hombre es mucho más que un ser económico, social, espiritual … lo es todo a la vez. Intentar salvar a la humanidad a través de una sola ciencia es imposible, porque es una respuesta coja a la necesidad de respuestas ÍNTEGRAS con las que se sacia el hombre. Es más, querer encontrar la fórmula de la felicidad a través de una teoría desde una ciencia particular es, en el mejor de los casos, soberbia.
    Una persona trascendente es finalmente, una persona íntegra: capaz mirar la vida aunando todos los grandes aportes de la ciencia para con la humanidad.

  8. Angie, muchas gracias por tu comentario. Lo suscribo plenamente, en especial tu último párrafo: “una persona trascendente es una persona íntegra”. Muchas gracias por comentar.

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