La ley del aborto y su ilegitimidad

Publicado: 13 diciembre, 2010 en Aborto

Ninguna sociedad que se precie de civilizada puede aceptar la práctica del aborto, la eutanasia, o la muerte de cualquier ser humano. Una sociedad que no exalta ni promueve la vida se halla instalada en la podredumbre moral y en el canibalismo. Los artículos 3 y 6 de la Declaración Universal de Derechos Humanos afirman respectivamente que “todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona” y que “todo ser humano tiene derecho, en todas partes, al reconocimiento de su personalidad jurídica”. En este sentido, cualquier otra ley de cualquier estado democrático que reconozca y acepte la muerte y/o asesinato resulta, aunque legal, ilegítima en cuanto que contradice una ley de rango superior: “Ninguna disposición del presente Pacto podrá ser interpretada en el sentido de conceder derecho alguno a un Estado, grupo o individuo para emprender actividades o realizar actos encaminados a la destrucción de cualquiera de los derechos y libertades reconocidos en el Pacto o a su limitación en mayor medida que la prevista en él” (Artículo 5 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de las Naciones Unidas). No obstante, más allá de cuestiones jurídicas, es un menoscabo ético negar la verdad científica, que dice que el cigoto, así como el embrión y el feto, es un ser humano.

 

El artículo 6 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de las Naciones Unidas establece que “el derecho a la vida es inherente a la persona humana” y que “nadie podrá ser privado de la vida arbitrariamente” (6.1). Además, añade que en los países en que no hayan abolido la pena capital “no se impondrá la pena de muerte por delitos cometidos por personas de menos de 18 años de edad, ni se les aplicará a las mujeres en estado de gravidez” (6.5). En este sentido, ya que el feto (cigoto y embrión si corresponde) es un ser humano – o individuo de la especie humana según el diccionario de la Real Academia – como queda reconocido en esta excepción de la pena capital de toda mujer embarazada, tampoco se le puede privar de su vida por otros intereses como el aborto, la reproducción artificial, etc. En España, en la actualidad, se priva del derecho a la vida así como de la objeción de conciencia reconocida y amparada por la Constitución (artículo 16). Ya es hora en este país que se de la voz de alarma de una manera más directa: el feto, como ser humano, merece ser tratado bajo los mismos criterios éticos y morales que cualquier otra persona humana (artículo 24), por lo que es un deber del Estado preservar su vida y potenciar su desarrollo hasta el fin de sus días. Por otro lado, los rocambolescos ejercicios pseudo lingüísticos para modificar o cambiar la realidad no deben supone una quiebra de la razón y de la verdad científica. Por mucho que nos inventemos el término preembrión, el embrión continúa siendo, como dice la ciencia, un ser de naturaleza humana: no existe ningún mortal que no haya sido antes un cigoto, un embrión y un feto.

 

El horizonte occidental es un ejemplo de frivolidad y ligereza respecto a las cuestiones últimas que afectan de modo intrínseco al ser humano. En este sentido hay hombres y mujeres vulgares que sobre ellos pesa la responsabilidad legal y ética de liderar el presente de la humanidad y que por esa vulgaridad actúan moralmente como los párvulos alumnos de aquella aula de primaria en la que el profesor se ha ido momentáneamente. Estos individuos, movidos por su necedad niegan el reconocimiento de instancias superiores. Su opinión se encuentra por encima, en el caso que nos ocupa, de la verdad de la ciencia. Su comprensión y conocimiento ontológico, antropológico y biológico del ser humano es tan incorrecto que es una cómica grosería oírles hablar de progreso y derechos humanos, cuando no establecer leyes tan perjudiciales como la de favorecer el asesinato de seres humanos. Tanto la nueva reforma de la ley del aborto en España como el reciente premio Nobel de Medicina son realidades insalubres que certifican que extrañas ideologías controlan el devenir del mundo que restringen no sólo los derechos del hombre, sino que establecen límites para definir qué es y qué no es ser humano y persona.

 

El hombre actual es que vive sin supeditarse a ninguna moral, por lo que sus acciones cometen constantemente actos de verdadera inmoralidad. Lo peor, sin embargo, es que alardea de ello. Ante esta coyuntura tan deprimente la vida se reduce a un océano de derechos sin la presencia de ninguna obligación para con el ser humano. Se ignora cualquier obligación al mismo tiempo que se experimenta el sentimiento infinito de poder obrar con total impunidad y, cuando recibe un estirón de orejas, halla falsos argumentos para justificarse fundamentados a la norma de negar toda moral. Desde luego, no se puede seguir ignorando aquellos principios e instancias superiores que no dependen del ser humano, pero de las que sí depende inexorablemente.

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comentarios
  1. Los artículos de Joan Figuerola, y éste en particular, son muy buenos. Estoy agradecido porque los puedo guardar, reenviar, imprimir, entregar. Buen contenido, buen estilo, llaneza en los argumentos y en la presentación, llaneza que en nada le quita erudición y sabiduría.

  2. Saludos Antonio, me alegra que te lo que hay en este blog te pueda interesar. Gracias por comentar.

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