Encuentra a Cristo, descubre tu humanidad

Publicado: 29 noviembre, 2010 en Pensamiento

“El fin de”, “adiós a”, cuántas son las veces que se anuncia que hemos llegado al término, que todo se torna terrible, que hemos perdido el sentido. Es innegable que vivimos en un período donde la verdad se discute como las opiniones, sin embargo no nos encontramos ante ningún ocaso o caída del tiempo, ni en ninguna etapa aciaga de la humanidad. Sólo permanecemos esclavos de las apariencias y de las palabras sin la necesidad de plantearnos las grandes cuestiones. Cualquiera puede disertar sobre Dios y la existencia con un matiz metafísico, para ello sólo hace falta alimentarse de la ociosidad; y es que el tedio no es más que una forma de ansia contra el miedo mediante el cual el ser humano no se preocupa de nada, salvo del aburrimiento mismo al que se encadena para no tener que decidir, para no tener que arriesgar a autodestinarse.  

 

Posmodernidad, Poshistoria, Pos… sólo son pseudo conceptos sin referencia ni sentido. La historia de la humanidad no ha llegado a su culmen ni es producto de la modernidad como algunos pretenden considerar. No hemos alcanzado la meta ni el proyecto resta concluso y sin sentido. Sólo hemos intentado identificar el ser del ente con el yo mental y el mundo de la técnica y adaptar la verdad a lo empírico y experimentable. La verdad es objeto de reflexión de la metafísica y ésta se pregunta por el ser del ente real; no obstante, la metafísica en la modernidad no es más que el conocimiento del ser del ente que posee la mente humana, con lo que el ser ahora no es más que un producto de nuestro conocimiento y depende de cualquier disertación o perorata. De este modo, el sujeto, los millones y millones de ‘yo’ existentes se tornan los señores del cosmos: una ristra de dioses en minúscula.

 

Ante esta divinización del ser humano la verdad se torna subjetiva y el ser se difumina en una mera idea mental hasta desaparecer y con ello llega ese sinsentido que se proclama a viva voz por determinados foros. Con el ser convertido en un fenómeno del conocimiento humano la realidad resta resuelta, ya no hay verdad – identificada ahora con la técnica – que resolver, “del ser ya no queda nada” (Nietzsche), sólo nihilismo. Sin embargo, como decía, nada está acabado ni resuelto, y el nihilismo sólo es una telaraña sinsentido que atrapa en su cueva oscura. El hombre, como ayer, necesita escuchar los interrogantes fundamentales sobre el sentido de la existencia que resuenan en su foro interno: “El hombre es un misterio. Un misterio que es necesario esclarecer, y si pasas toda la vida tratando de esclarecerlo, no digas que has perdido el tiempo; yo estudio este misterio porque quiero ser hombre” (Dostoievski, Cartas a su hermano Mijail, 16 de agosto de 1839). En efecto, el ser humano se encuentra inmerso en una etapa, que en ningún modo es una posthistoria, todo lo contrario, es la historia de la salvación del hombre, revelada por Cristo, quien es el camino, verdad y vida (Jn 14, 6). El hombre permanece o debe permanecer en su camino dispuesto a su plenitud en total adhesión a Jesucristo y en la confesión de la perenne verdad.   

 

Un hombre culto, un europeo de nuestros días, ¿puede creer, realmente creer, en la divinidad del Hijo de Dios, Jesucristo?”. Dostoievski nos exhorta a no renunciar a nada, sino a ejercer toda la capacidad de nuestra razón para comprender la propia naturaleza humana sin renunciar a ella. Sólo cuando el hombre descubre qué es el hombre se encuentra en disposición de alcanzar una plena comprensión de Jesucristo y de su mensaje salvífico. Y esta es una exigencia del ser humano, porque en su naturaleza misma está el anhelo de infinito: “Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto, hasta que no repose en ti” (San Agustín, Confesiones). El hombre, como decía en el párrafo introductorio, no ha nacido para el aburrimiento existencial ni para ser un conjunto de intrahistorias inconexas. El estatismo nihilista y escéptico no es una compresión lúcida de la realidad, más bien es la destrucción de la propia naturaleza del hombre. El ser humano ha nacido para conocer la verdad, para encontrar en ella la libertad y el cumplimiento de sus más trascendentes aspiraciones. Ser humano, como bien dice Dostoievski, es responder a las exigencias de su naturaleza, a esas cuestiones que revolotean en el ser, ese ser que necesita completarse.

 

El ocaso de la existencia no ha llegado, sólo necesitamos despertar nuestros corazones y poner en movimiento las alas de la fe y la razón en busca de esa verdad, revelada, que da respuesta a nuestras preguntas, esas preguntas cuyo fin único es la plenitud. Por fortuna no estamos solos, no es cierto que no hay verdad y que la nada es todo. Cristo ha entrado en la historia del hombre porque está no es otra que la historia de la salvación cuyo centro y culmen es el mismo Hijo de Dios. Cristo está con nosotros, nos acompaña poniéndose Él mismo como modelo de hombre para el hombre y como bien nos dice el Evangelio, quien le siga, quien cargue su cruz no perderá la vida sino que la ganará (Mt 19, 29). Insisto, la historia del hombre no está en ninguna conclusión, al contrario es vigente, está actualizada en la misma figura de Cristo, que da carne y sangre a los conceptos. Por eso ser cristiano no es la consecución de una mera disertación, sino el encuentro con una realidad viva, con un Ser personal que da una nueva perspectiva a la vida del hombre y la sitúa en su dimensión original y definitiva orientada a su plenitud (Benedicto XVI, Carta Encíclica Deus caritas est). Esta vida nueva es el anhelo que sacude nuestro foro en forma de cuestiones fundamentales. Quién soy o adónde voy alcanzan su resolución en la contemplación del rostro vivo de Cristo, la humanidad cumplida en su Pasión, muerte y resurrección.

 

¿Podemos creer? Encontremos la humanidad que hay en nosotros, descubramos ese anhelo inagotable de infinito y veremos el camino.

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comentarios
  1. Pedro dice:

    Me ha gustado esta entrada, quizás un poco larga para mi gusto :). En mi opinión al final todo es cuestión de humildad. Sin humildad me parece difícil encontrar la fe y más aún profundizar en ella… Parece que los europeos, como sociedad, con el desarrollo de la tecnología junto con el aumento del estado de bienestar nos hemos envanecido hasta auto-proclamarnos pequeños “dioses”. Eso sí, el batacazo que pienso yo que nos vamos a dar (¿nos estamos dando?) va a ser gordo.

  2. Saludos Pedro. Muchas gracias por tu comentario.

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