La nada no existe

Publicado: 27 noviembre, 2010 en Ciencia, Pensamiento

La existencia es la realidad concreta de un ente, es decir, que ‘hay algo’ en lugar de nada. Nos percibimos formando parte de una realidad, en concreto de un universo sujeto a las leyes espacio-temporales que se caracteriza por una ristra de sucesos. Ante esta circunstancia observable y experimentable se formula una serie de preguntas de orden metafísico: ¿qué es esta realidad?, ¿de dónde procede? Tres son las posturas existentes: que la existencia procede de la nada; que el universo siempre ha existido, o que un ser que trasciende el universo mismo es el responsable de su creación así como de la existencia de todos los seres que en él se contienen.

 

Que la existencia procede de la nada es una posición difícil de sostener en cuanto que ella misma desafía la propia razón. Es evidente que el universo comenzó a existir en un momento específico, pero carece de toda lógica considerar que la materia surgió de la nada, que en sí es un concepto metafísico de carácter ontológico, ya que ésta no puede producir ‘algo’. Más bien, por las reglas de la misma lógica que sostienen que ninguna serie de acontecimientos es eterna, hay ‘algo’ que debe ser eterno y, al mismo tiempo, necesario. Tampoco es sostenible la consideración de Carl Sagan según el cual “todo lo que fue alguna vez, todo lo que es, todo lo que será alguna vez, es el cosmos” (Cosmos, New York, Random House, 1980). Esta idea es el eje central del naturalismo, de raíz atea, por el cual Dios no existe o más bien sólo existe la materia. La tercera postura indicada, teísta, defiende que un ser trascendente al mismo universo creó toda la realidad existente. Esta posición, al contrario que la segunda, no radica en una fe ciega como es creer que la materia es eterna y que se ha producido a sí misma, sino que se fundamenta en argumentos racionales de peso. En este sentido, el teísmo es la más razonable de las tres posturas ante la realidad del cosmos. Ciertamente no hay ninguna demostración empírica de la existencia de Dios, pero si existen pruebas lógicas para argumentar su existencia.    

 

Una explicación a favor de la existencia de Dios es el argumento cosmológico. La experiencia misma nos demuestra que todo suceso posee una causa, es decir, un principio: “una cantidad infinita de partes de tiempo reales, pasando sucesivamente y agotadas una tras otra, aparece como una contradicción evidente que ningún hombre, pensaría uno, cuyo juicio no esté corrompido en vez de mejorado por las ciencias, alguna vez podría admitir” (David Hume, Investigación sobre el entendimiento humano, 1748). En el mismo sentido Robert Jastrow (God and the Astronomers, New York, 1978), de acuerdo con los estudios de Allan Sandage, considera que el universo tuvo una causa que lo originó. A día de hoy no existe una explicación más razonable fuera de la gran explosión. Por tanto, se quiera poner o no el nombre de Dios, la realidad existente comenzó a partir de un acto creativo, por mucho que Hawking se empecine en vender lo contrario afirmando que el universo se explica a sí mismo.

 

Otra prueba de la existencia de Dios es el argumento teleológico según el cual una inteligencia eterna ha creado el universo. Sin duda hay quien puede discutir la existencia de la divinidad, pero la ciencia en su constante desarrollo, curiosamente, se empeña en llevar la contraria y situar a Dios como la causa y razón del cosmos. Desde la física cuántica, la neurofisiología – la mente trasciende el cerebro –, la biología molecular – la inteligencia en el código genético –, a la astrofísica – la gran explosión – se nos muestra que es imposible considerar que el universo sea producto de un azar ciego, sino que más bien Dios está detrás de su existencia.     

 

Ciertamente una de las mayores problemáticas que se presentan a los dogmáticos que sostienen la no existencia de Dios es que manifiestan una idea de la divinidad de corte panteísta (Paul Davies, Dios y la nueva física) en la que ésta es la naturaleza o debe estar en ella. Sin embargo, esta comprensión de la divinidad es diametralmente distinta del Dios personal y creador del cristianismo. Otro dilema, que ya hemos mencionado en muchas otras ocasiones, es que la ciencia no puede responder a todos los interrogantes ni tampoco se la puede utilizar para sostener lo que no puede alcanzar mediante su método. Sin embargo, las personas que niegan a Dios mediante la ciencia olvidan siempre que la misma existencia de la ciencia indica una racionalidad evidente en el cosmos y que podemos conocerla; realidad que no ocurriría en el caso de que el universo estuviese motivado por fuerzas ciegas. Si Dios no existe es un auténtico milagro que existan estas leyes científicas gracias a las cuales es posible la existencia y no otras. Por tanto, existen más argumentos para afirmar la existencia de Dios creador que al contrario. Parafraseando a Chesterton, la energía del sol es tal que no podemos mirarla directamente; no obstante podemos decir que posee una luz propia que irradia y mediante la cual podemos ver todo. Así, por analogía, Dios, que es todo misterio, resulta inteligible a su luz, en el cosmos y gracias a la revelación.         

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comentarios
  1. Sonrisas dice:

    El termino “existir” es, de hecho, un truco eclesiástico introducido para emborronar el hecho de que Dios no es.

  2. Xal dice:

    La nada, ya es algo. Existe, y es importante.

  3. Saludos Xal.

    La nada no existe – de la nada, no sale nada –. La nada, como te digo, es un concepto utilizado por la metafísica, pero carece de lugar en el campo de la física. Otra cosa distinta, por ejemplo, es el vacío cuántico.

  4. Beltenebros dice:

    Sonrisas:

    “Truco eclesiástico” es, de hecho, un término introducido para emborronar el hecho de que Dios es.

    Respeta un poco más tu propia inteligencia.

    ***

    Joan:

    Esto que dices: «…las personas que niegan a Dios mediante la ciencia olvidan siempre que la misma existencia de la ciencia indica una racionalidad evidente en el cosmos y que podemos conocerla…» es la clave de todo el embrollo. Nunca fue la ciencia más fecunda que cuando los investigadores buscaban los principios de acción eficiente detrás de los fenómenos sensibles, pero eso implica ir más allá de los postulados epistemológicos del mero materialismo, a saber: que sólo existe la materia, que la materia está sometida al imperio de la ley y que la inferencia -que comprobaría el segundo punto- es válida.

    Pero la ironía es muy fina. Si hay un orden en el universo, y si la única manera que tiene el ser humano de captar ese orden es a través de su mente -no de los sentidos por sí mismos, o los animales pensarían mejor que nosotros-, entonces hay una relación verificable entre ambos hechos: podemos “ver” lo invisible y usarlo para producir efectos deseados en la esfera visible o sensoria. Kepler y otros identificaron esto con la proximidad entre la mente humana y la mente divina.

    Por eso tal vez los ateos empedernidos empiezan a negar que haya cosmos, esto es, un orden objetivo en el universo. No habría cosmos ni leyes naturales ni nada parecido a un orden, pues de esa manera se cubre la brecha por la que podría colarse un Dios creador. Primero lo intentaron hablando de “máquinas” biológicas, luego introdujeron las “leyes” de la entropía (que el ascenso de la mente humana desmiente, pero la otra parte consiste en considerar al ser humano un animal un tanto especial, aunque no demasiado) y el dominio del azar. Ahora prueban con la refutación de las regularidades.

    ¿Qué harán mañana? ¿Negar que existimos? ¿Los caminos del ateísmo conducen a cierta clase de solipsismo?

    Saludos.

  5. Saludos Beltenebros.

    Coincido en el análisis. La ‘negación de’ mediante ejercicios de rocambolesca lingüística sólo es producto de no querer buscar la verdad. Si atendíeramos con honestidad descubrimos sin embrollos, como señalas en el tercer párrafo, que la verdad está tanto en la reflexión como en las mismas investigaciones. No obstante, ante tú última pregunta sólo hay que decir que en ocasiones la estulticia es imperante.

    Gracias por comentar.

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