La necesidad de un debate sobre la educación en España

Publicado: 8 noviembre, 2010 en Educación

España atraviesa una galopante crisis económica, sin embargo padece otra clase de crisis mucho más profunda y extendida en el tiempo. Respecto a la economía, con o sin acierto, se debate y se establecen medidas para resolver la situación. Sin embargo, la educación en España, al margen del impulso de colectivos y padres, la política parece indiferente ante una realidad que puede sentenciar el futuro próximo ya no de la nación sino de la sociedad en sí.

 

Por regla general siempre se considera al ministerio de educación uno de los ministerios menores. Puede que no goce del prestigio de una vicepresidencia o de los ministerios de Economía e Interior, pero se ocupa de una realidad que es mucho más trascendente, que no es otra que la construcción y formación de la persona, de la sociedad. El diagnóstico sitúa a nuestra educación cercana a la muerte clínica y sin embargo sólo ocupa el centro del debate cuando aparece algún informe – PISA por ejemplo – o se debate una cuestión menor e irrelevante como la lengua – en el caso de Cataluña, País Basco o Galicia –, la presencia de los crucifijos en los centros públicos o la sexta hora.  

 

La educación no es un tema baladí y merece ser sino la principal sí una de las principales ocupaciones del Gobierno y no precisamente en el sentido en el que lo hace: la ideologización del alumnado. La crisis de resultados académicos no es afrontada con la sinceridad que exige. La mediocridad de un alto número de estudiantes no se soluciona con rebajar el nivel de exigencia, sino que exige una reflexión mucho más detenida. Puede, y así parece ser, que el problema no esté tanto en los imberbes alumnos sino en los adultos. Sí, los estudiantes son los que aprueban o suspenden, los que, en definitiva, construyen su personalidad y su devenir en el seno de la sociedad. No obstante, quienes debemos ayudarles en su crecimiento y formación les ofrecemos un flaco favor. Muchos son los padres y los formadores que reconocen no saber cómo educar a las nuevas generaciones, quizá por haberles presentado un modo de vida sin esperanza, sin sentido.

 

Es duro sostenerlo, pero la crisis en la educación tiene como causa principal el escepticismo y el nihilismo reinante. En este sentido El libro del desasosiego de Pessoa es una radiografía de la situación actual. La generación que ahora levanta el país, quiera admitirlo o no, tiene arraigada en su consciente la antropología y la moral cristiana, sin embargo, las nuevas generaciones sólo han heredado el desencanto y la destrucción existencial. La indolencia de los niños y jóvenes no tiene parangón alguno con las precedentes, ninguna otra como la de ahora ha tenido ausencia real de horizontes, de metas a conquistar, por la sencilla razón de que la vida misma es presentada como una desdicha o una imposible resolución.

 

En este sentido vamos hacia atrás. La técnica es importante, pero ésta no puede existir en detrimento del humanismo. De nada sirve tener a grandes físicos, a grandes químicos o a grandes médicos y abogados si no saben como enfocar y guiar su existencia. Cuántos jóvenes universitarios no se plantean las grandes cuestiones de su existencia, sino que vagabundean en el terreno del nihilismo y el caos. La ausencia de sentido marca la erosión de la verdad y el bien último. Así, ante este anarquismo la inmadurez y la ligereza son los pilares de una existencia, fracasada por supuesto. Es necesario redescubrir el sentido, la verdad y el bien y con ello el valor de la virtud moral; de lo contrario el nihilismo conduce a la entronización de una voluntad desnaturalizada, que bien adoctrinada, se convierte en una voluntad manipulada y alienada.

 

Es necesario que descubramos a los niños quién es el hombre sin ningún límite ideológico y sin la barrera de ninguna cosmología reduccionista. Los niños deben aprender, paulatinamente, a conocerse a sí mismos, y no sólo a conocerse sexualmente. Deben tener en el horizonte la presencia de la Verdad y del Bien y comprender que esa es su meta. Es menester, por tanto, enseñarles la virtud, acompañarles y motivarles mediante la autoridad y excelencia de quienes les preceden en su crecimiento y formación personal e intelectual. El peso de esta autoridad o dignidad es indispensable para formar hombres y mujeres ordenados en el pensamiento, en los sentimientos y el juicio hacia el fin, su finalidad.   

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