La contemplación del rostro de Cristo, el sentido de nuestra existencia

Publicado: 5 noviembre, 2010 en Pensamiento

La reflexión se detiene siempre en último lugar en la contemplación de la profundidad del misterio de Jesucristo. Ante la cuestión del sentido, de nuestro sentido, no hallo mayor respuesta que la actitud sincera de Fiódor Dostoievski, que doblega las rodillas ante el Nazareno con un confiado: ¡Abba! La razón de la existencia está en la certeza de que Cristo está con nosotros hasta el fin de los tiempos (Mt 28, 20). Él, que es Palabra eterna e Hijo del Padre, verdadero Dios y verdadero hombre, es el auténtico y único modelo de hombre.  

 

No hay nada en el mundo que, al fin y al cabo, suscite tanta necesidad intrínseca como el reconocimiento de Jesucristo. Quien ha deambulado por todos los caminos posibles de la existencia y se ha detenido ha experimentar por todos los callejones de todos los laberintos reconocerá que la única salida a la que uno se dirige por apetito es a los pies del Cristo Resucitado. Uno, yo, que se ha dejado cegar y sigue dejándose cegar por la luz artificial de los fenómenos afirma sin equívoco que la única luz que alumbra es la del Señor y de tal manera que, habiéndose sentido desterrado, decide regresar al camino exclamando aquellas mismas palabras que pronunció el evangelista Juan: ¡Señor mío y Dios mío! (Jn 20,28).

 

Ciertamente, Cristo revela al hombre quién es el hombre. Con Él la gloria de Dios asume forma humana, con todas las características a excepción del pecado, con el fin de que nosotros, viadores, participemos de su vida divina. Dostoievski, exquisito lector de la Escritura y de una profunda espiritualidad, debió descubrir el sentido de todo en la contemplación del rostro de Cristo como el príncipe Mischkin (El idiota), que se estremece ante la imagen de Jesucristo crucificado. Se sabe que el propio Dostoievski padeció un ataque de epilepsia ante la visión del Cristo de Hans Holbein. No es de extrañar que esto sucediera pues sólo por Cristo, verdaderamente hombre, el hombre puede ser verdadero hijo de Dios.

 

La contemplación del rostro de Cristo es el verdadero y único espejo del sentido de la vida del ser humano. Por eso toda razón y todo corazón contritos ante la presencia del rostro de Cristo experimentan la mayor conmoción: pues Cristo nos sitúa, en la hora de la cruz, ante el Padre. Somos nosotros mismos en el solitario diálogo de nuestra alma quienes nos hallamos en la misma agonía del Huerto de los Olivos y en el mismo grito del Gólgota. “Padre, en tus manos pongo mi espíritu” (Lc 23, 46). Esta es nuestra verdadera vida porque Cristo es el verdadero modelo de hombre, ¡el resucitado!, que está con nosotros hasta el fin de los tiempos. Este es el signo de esperanza para los hombres de todos los tiempos: la promesa de Dios permanece inquebrantable. Quien cree en Dios también cree, consecuentemente, en la vida eterna de Dios.  

comentarios
  1. Sonrisas dice:

    “La contemplación del rostro de Cristo es el verdadero y único espejo del sentido de la vida del ser humano.”

    Falso. Puede ser el sentido de la vida del cristiano, pero desde luego no insultes a toda la raza humana.

  2. Saludos Sonrisas, gracias por comentar.

  3. […] salvará al mundo”. Dostoievski identifica la Belleza en mayúsculas con Dios, en concreto en la contemplación de Cristo crucificado, que interpreta como el gesto del amor inconmensurable del Creador por su criatura, capaz de […]

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