La necesidad de recuperar una ética finalista

Publicado: 4 noviembre, 2010 en Ética y Moral

Hoy hablar de cuestiones morales es una tarea más que complicada en cuanto no todas las personas se sitúan en la misma perspectiva ética. Los clásicos consideraban que la ética se fundamenta en algo extrínseco al hombre; en cambio, ahora se considera que las ideas éticas hunden sus raíces en los sentimientos debido a la falta de un sentido último de la realidad. Así, cuando hablamos de cuestiones morales como el aborto, la homosexualidad o la pena capital, ya sea en la calle o en un debate televisivo encontramos un sin fin de opiniones las cuales todas tienen su verdad porque no hay ninguna manera de justificar racionalmente las creencias y quien lo hace es tildado de fanático.   

En Libro del desasosiego Fernando Pessoa nos dice: “Nuestros padres destruyeron alegremente porque vivían en una época que todavía tenía reflejos de la solidez del pasado. Era aquello mismo que destruían lo que prestaba fuerza a la sociedad para que pudiesen destruir sin sentir agrietarse al edificio. Nosotros heredamos la destrucción y sus resultados”. El hombre contemporáneo que refleja Pessoa es un sujeto entregado a sí mismo, en la desolación de sentirse vivir, porque no encuentra seguridad en el orden religioso ni apoyo en el orden moral.

El Estagirita considera que hay un propósito en el cosmos y que las cosas avanzan hacia fines específicos. Así, si el universo tiene un propósito el hombre también debe tenerlo, es decir, que nos movemos hacia un fin, telos. Este fin, para Aristóteles, es el bien, por lo que una vida lograda es una vida en la que se ejercita la virtud mediante el uso de la razón. El Aquinate completa esta consideración al añadir que la existencia del propósito se debe a la obra creadora de Dios, que es el bien hacia el que nos movemos pues en Él está la felicidad. De este modo, la ética está fundamentada en Dios: lo que hay que hacer se encuentra determinado por la realidad última.

Hoy no todos están de acuerdo en que la moral se fundamenta en la razón de Dios y en el orden del cosmos por Él creado. Para muchas personas los valores carecen de fundamento así como el propósito del universo y del hombre. Así, la ética ya no es aquella herramienta por la cual el hombre se guía para ser lo que debe ser en vistas al fin, sino una pauta para hacer las cosas lo mejor posible sin más, de manera subjetiva, muy a la manera nietzscheana.

Así, paradójicamente, aparece una ética repleta de reglas. Se suele criticar al cristianismo por su dogmatismo, pero una sociedad, sobre todo democrática, es una ristra espeluznante de normas, y, todo ello, porque no hay ninguna ley universal que fundamente y de seguridad en el orden moral, por lo que los hombres se ven necesitados de crear leyes y leyes y leyes. Vivimos en la ética de las normas en lugar de la ética del carácter, de la virtud. Y esto es así porque hemos perdido el referente del sentido último en el ser humano y en lo que tiene que ‘ser’ el hombre para alcanzar el fin hacia el cual está destinado como su bien máximo o felicidad.

Ciertamente, en muchos aspectos morales si existe consenso es por la ley natural que hemos recibido de Dios y porque aún quedan resortes de la moral cristiana en la sociedad y que hallan su fundamento y seguridad en el cristianismo. Pero cuando esta seguridad desaparece ya nada puede darse por sentado en el ámbito de la moral y aparecen las opciones morales particulares sujetas a los sentimientos individuales de cada persona. Así, cualquier sistema ético que se quiera establecer surge desde la propia subjetividad y, en consecuencia, aparecen las discrepancias y las agrias discusiones.    

Ante alguien que no tiene asentada una ética basada en la razón sino en el sentimiento una postura firme aparece generalmente como dogmática. Quien se guía éticamente por la emotividad tiende a afirmar aquello tan tópico e insignificante como que “la libertad de uno termina cuando empieza la del otro”, pero cuyas consecuencias son tan trágicas como negar la existencia de un fundamento último para las acciones morales. Así, a quienes defienden la vida del nonato se les descalifica afirmando que desprecian a la mujer; y a quienes defienden que el matrimonio sólo es entre un hombre y una mujer se les tilda de homófonos. Estas acusaciones, desde luego, se asientan en el terreno de los sentimientos y emociones y no en la racionalidad.  

Los problemas de fundamentar las ideas éticas en los sentimientos es que hay tantas morales como personas existan. Para esto, siempre recurro a un excelente ejemplo de Ludwig Wittgenstein. Supongamos que yo supiera jugar al tenis y uno de ustedes al verme dijera: “usted juega bastante mal”. Yo podría contestarles: “así es, pero es como quiero jugar”. Ustedes, podrían responderme: “el tenis tiene unas reglas”. No obstante, si usted es de los que considera que la vida carece de valor, la comunicación se hubiera acabado con mi primera respuesta y usted me hubiera dicho: “ah, pues me parece muy bien”. Si cambiamos el tenis por la conducta y ustedes me vieran actuando de un modo que no pudiera considerarse como bueno me dirían: “ésta obrando mal”. A lo que yo respondería: “no quiero comportarme mejor”. Insisto, si ustedes son de las personas que consideran que nada tiene sentido ni valor jamás podrían decirme “pero usted debería desear comportarse mejor”. No podrían en ningún caso si realmente fueran fieles a sus principios. Si alguien discute a otro es y sólo puede ser porque existe una ley moral objetiva. Ciertamente, hay más consenso cuando se trata de cuestiones que tienen consecuencias prácticas directas, pero aún así nuestra ética actual está basada en el subjetivismo y la arbitrariedad cuando no en el totalitarismo del sentimiento: “usted debe hacer esto, pero no les diga a ellos lo que deben hacer”.   

Es importante tener en cuenta la cuestión de orden y fin en el universo y en el ser humano. El hombre es lo que es y no una cuestión de gustos. Por ello una vida ética fundamentada en Dios tiene como consecuencia el desarrollo de una existencia bañada por la virtuosidad para la que hemos sido hechos y mediante la cual nos dirigimos a nuestro propósito.

comentarios
  1. Sonrisas dice:

    Se huele un pánico a la libertad en cada una de estas líneas. Pánico a un mundo sin un «fin último», a un mundo vivido desde las emociones.

    Hasta la moral cristiana se basa, en su origen, en el emotivismo moral. Lo demás son sólo justificaciones lógicas. «He aquí las conclusiones, ¿Cómo podemos encontrar los hechos para respaldarlos?»

  2. Saludos Sonrisas, gracias por comentar.

  3. Luis Noe Arellano Ortez dice:

    hemotivismo y sentimentalismo; dos fracciones que enumeran la «incapasidad» de renunciar al placer que lleva a considerar la vida, como eso «unico» por el cual vivir!!

    Narelloz,

  4. Saludos Luís, muchas gracias por comentar.

  5. Justy dice:

    ¡Excelente artículo!! Me quedo con la frase: «lo que hay que hacer se encuentra determinado por la realidad última»… así de fácil, así de sencillo.

    Saludos 😉

  6. Saludos Justy. Gracias por comentar.

  7. […] una especie de autorretrato que actúa a modo de parapeto de nuestra vileza moral. Pensamos que somos los señores del universo y que podemos controlar las leyes de la naturaleza hasta que un día esta nos despierta a la cruda […]

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