En defensa de lo privado y de la dignidad humana

Publicado: 30 octubre, 2010 en Pensamiento, Recomendación

La garantía del derecho a la privacidad es una necesidad y una exigencia para el correcto funcionamiento de la democracia. No obstante, la experiencia cotidiana nos demuestra que el crecimiento del Estado, muchas veces, fluye en detrimento de lo privado, hasta el extremo de que el hombre individual se convierte en un ser meramente público, como acontece y no exclusivamente en estados totalitarios. Pero no sólo el peso del Estado erosiona lo privado, también las empresas mediante las nuevas tecnologías, en progresivo crecimiento, almacenan información útil de personas particulares en su base de datos.

 

Probablemente no percibimos intromisión alguna a lo largo de nuestra jornada. Pero si prestamos mayor atención a cada uno de los pasos que cometemos durante el día, apreciaremos determinadas injerencias y no todas ellas comprensibles. Si antes hablábamos de la usurpación de datos, la videovigilancia, realidad cada vez más visible en las grandes ciudades, en pos de la seguridad también es una intrusión. Nos encontramos vigilados en el servicio de transporte público, en los espacios multitudinarios y en nuestras mismas calles y plazas; probablemente, al final del día, una cámara nos haya ‘visto’ más que nuestra pareja. La vigilancia no puede ser un valor absoluto en detrimento de la libertad personal, porque en tal caso esa debería prolongarse en nuestras casas, pues si somos delincuentes o terroristas potenciales en la vía pública continuamos siéndolo en el hogar, donde albergamos el laboratorio químico donde preparamos los artefactos.

 

Defensa de lo privado, del profesor en sociología Wolfgang Sofsky, nos sitúa en esta disyuntiva donde lo privado se mezcla con lo público hasta diluirse. La invasión del Estado y de las grandes organizaciones no es ya la ficción que nos narraba George Orwell en 1984 sino una realidad, pues muchas de nuestras acciones restan registradas. Como bien dice Sofsky, la mentalidad socialista, que no distingue entre lo privado y lo público, está más presente en nuestra realidad de lo que puede parecer: posesión de información personal, vigilancia y prohibiciones. ¿Es esto propio de un estado democrático?

 

Sin embargo, hay algo peor. Cuando el ser humano se convierte en un sujeto de dominio público la vida misma termina por ser ‘propiedad’ del Estado. Así, es él quien dictamina que ser humano es digno de vivir y cual no: aborto, eutanasia, pena capital. Ningún poder público, democrático, puede tener la potestad de decidir sobre las personas y menos sobre su dignidad. Las personas no son propiedad del Estado, es el Estado quien está al servicio de las personas.  

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