Creer para entender

Publicado: 21 octubre, 2010 en Pensamiento

Antes de nada les exhorto a leer dos escritos anteriores: ¿La religión es tan irracional como dicen?, y Somos un yo gracias a la resurrección, porque es muy probable que el tema que se trate a continuación se comprenda mejor a partir de dichos textos. Hay quienes dicen, con toda respetabilidad, que “se puede vivir una existencia con significado y sentido sin Dios” al mismo tiempo que se sorprenden de la existencia de personas que construyen su filosofía de vida a partir de la fe, ya que no encuentran ninguna justificación racional en ésta.    

 

No discuto la dificultad de dar un salto de fe cuando el materialismo está muy bien cimentado en la sociedad actual. Para muchas personas el conocimiento científico ofrece todas las respuestas necesarias para dirigir la vida por lo que consideran que incluir en ella a Dios es algo tan innecesario como inútil. No obstante, como ya decía en ¿La religión es tan irracional como dicen? La fe no es irracional ni desprecia a la razón, es más, considera que la razón, orientada hacia una verdad que la trasciende, es capaz de descubrir las causas últimas y los primeros principios de la realidad. La fe y la razón viajan juntas en el camino hacia la comprensión de la verdad; lo que conocemos a través de la razón natural se escruta mejor a través del dato revelado. En este sentido la revelación es una guía útil para que la razón profundice y descubra el sentido último de las cosas que comprende a partir de su método. Por tanto ya no resulta del todo innecesario e inútil dar el salto a la fe, cuando ésta permite a la razón ir más allá de lo contingente y embarcarse en la natural búsqueda del sentido y de la verdad última en cuanto que nadie quiere permanecer en la incertidumbre.

 

Soy consciente que lo dicho hasta ahora resulta incomprensible para las personas que restringen la realidad al ámbito de lo fenoménico. Cuando se pretende conocer todo de la misma manera que la ciencia conoce la materia resulta comprensible que la realidad espiritual aparezca como una evidencia insuficiente. Estas personas consideran que lo que no es suficientemente evidente no es conocimiento sino creencia – o como también dicen, irracional –. El término creencia del que hacen uso los ateístas paradójicamente también afecta de manera directa a su cosmovisión en cuanto que el naturalismo o el positivismo no son el estado natural del hombre sino que son fruto de una interpretación del cosmos: así, los ateístas también tienen que dar evidencia de que el conocimiento científico es la única manera que dispone el hombre de conocer el cómo y el por qué de la realidad.

 

“Dios no existe”. Al menos no de la manera en que existe una ameba y un ser humano. Ciertamente, si el único conocimiento existente es la observación hay que decir que Dios no existe, o, para ser más rigurosos, que no existe como ente material dentro del mundo. Considerar que Dios no existe o que no está en medio del mundo como ente material es una aseveración producto de la acotación del método científico, que ofrece mucha información sobre el cómo, pero nada sobre el por qué; aunque mucho de lo que ofrece en el cómo constata un sentido del por qué revelado.    

 

Que el método científico tenga límites implica que o bien no se puede conocer lo que a la ciencia se le escapa o bien que debe existir otro u otros medios de conocimiento. Así, el conocimiento experimental no es el único modo de conocer la realidad; por tanto, no es necesario tener evidencia empírica para creer en Dios, aunque en el caso del cristianismo se cuenta con la evidencia objetiva y empírica de la encarnación del Hijo de Dios, constatada por la Tradición, por el Evangelio y por la Iglesia, al margen de la experiencia de Dios que tiene todo creyente en su vida cotidiana.  

 

La visión ateísta de la realidad, más que negar la existencia de Dios niega su necesidad. La innecesidad de Dios se postula tanto desde el campo científico – por científicos ateos o agnósticos – como desde la filosofía vital que pueda atesorar cualquier persona. En el primer caso. Quienes tienen conocimientos científicos, como es el caso de Hawking, consideran, como ya he dicho en distintos textos, a partir de la mecánica cuántica, que el universo se originó mediante fluctuaciones topológicas sin la intervención de causa alguna dando lugar a estructuras espacio-tiempo creadas a partir de la nada cuántica. De estas estructuras espacio-temporales aparecerían partículas de materia gracias a las fluctuaciones del vacío cuántico que serían las causantes del universo; no obstante esta es una explicación ateísta no científica pues afirma aspectos imposibles para la astrofísica como el concepto de autocreación del universo. El concepto de autocreación conlleva que el universo como ente ha pasado previamente por el estado de no-ente, términos estos que son propios de la metafísica. En cuanto a las personas que carecen de conocimientos científicos y que manifiestan la innecesidad de Dios suelen recurrir a su experiencia personal, donde encuentran la plenitud en sus relaciones interpersonales – pareja, familia, amigos, etc. –, y a la razón para asentar todos sus principios morales. Estas personas, ateístas, consideran que el sentido de la vida es exactamente eso porque con la muerte dejarán de existir.

 

El sentido de la vida se reduce a esta existencia, no hay ningún motivo para apuntar a la trascendencia. De nuevo nos topamos con que los límites del conocimiento científico son usados para amoldar las tesis ateístas. El cómo que demuestra la ciencia evidencia el orden del universo y la interconexión entre el macrocosmos y el microcosmos. Afirmar que todo el sentido es esta vida y que el único conocimiento es el de la naturaleza no es dar respuesta al por qué existe el mundo y el ser humano. Muchos dicen que la ciencia algún día dará explicación de todo, pero eso es tanto una tremenda muestra de fe como un reduccionismo cognoscitivo al considerar únicamente el método científico, aniquilando la filosofía y la teología. Pero como decía en el segundo párrafo la fe y la razón viajan juntas en busca de la verdad última, reconociendo cada una las capacidades y límites de la otra. En cierto sentido ateístas y teístas apuntan a una causa última, los primeros a la autocreación del universo; los segundos a Dios. En consecuencia un científico puede ser cristiano – muchos científicos de renombre son cristianos –, sólo falta creer para entender.

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