Humildad intelectual para contemplar la verdad

Publicado: 18 octubre, 2010 en Pensamiento

Es importante atender al segundo capítulo de la primera epístola de San Pablo a los Corintios, pues en ella descubrimos la radical importancia de la humildad intelectual. Quien con sinceridad aspira al conocimiento es consciente de que necesita para ello toda la ayuda de Dios, pues sin Él muchas verdades quedan ocultas a la razón humana. En muchas ocasiones cuando hablamos de conversión hacemos referencia a la necesidad de solucionar los defectos morales que puedan tenerse, pero se descuida que entre ellos también está la inteligencia. Todo cristiano que se precie de serlo obra según Cristo, por eso es importante recordar que la razón humana no es autónoma ni independiente de la razón divina pues la única verdad que salva se encuentra en el Evangelio.

 

La verdad se encuentra en el Evangelio, es decir, en Dios. Nuestra inteligencia busca la verdad, contemplarla y poseerla, en sí misma. Cuántas veces pensamos que el hombre es autosuficiente, pero no es así. Cuando un físico, por ejemplo, presenta una nueva ley hay que decir que él no la crea, sino que la descubre, pues ya existía en la naturaleza. Del mismo modo acontece con la filosofía, las matemáticas… El conocimiento no es obra del hombre, ni siquiera la misma inteligencia que nos permite conocer: todo es don y obra de Dios. Podemos, por orgullo, pensar que es obra nuestra, pero así nos quedaremos sin descubrir muchos cómo y muchos por qué.

 

Quien ama el conocimiento y desea contemplar la verdad debería tener más fe en Dios, pues la inteligencia humana, en este sentido, nunca alcanzará más que atar superficiales cabos de una esfera sin llegar jamás a penetrar en lo más profundo. Esto es lo que quiso manifestar, con sencillez, San Pablo a los Corintios, pueblo de sabios: para alcanzar la verdad se requiere un sincero encuentro de tú a tú con Dios: “aunque no me crean a mí, crean a mis obras, para que sepan y entiendan” (Jn 10, 38). Hace unos días tuvimos una gran demostración en Chile, y no me refiero solo al hecho concreto del rescate, sino también, y con mayor fuerza, al cambio interior de los mineros que descubrieron que la vida es un don de Dios.   

 

Descubrir la sabiduría de Dios y la dependencia de la razón humana no es sencillo, prueba de ello es la crucifixión de Cristo. Pero para comprender al mundo y al hombre mismo, obra de Dios, es necesario conocerlos mediante la inteligencia de Dios y esto sólo puede ser mediante el don de la gracia que Dios dispone a aquel que se lo pide de todo corazón en esa relación personal de tú a tú. Seamos, por tanto, también humildes intelectualmente si queremos ver más allá de nuestra limitada inteligencia.  

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