‘Iceberg a la vista’: un modo divertido de aprender a tomar decisiones

Publicado: 9 octubre, 2010 en Antropología, Ética y Moral, Recomendación

Al hombre le importa tomar decisiones acertadas porque en el ejercicio de su acción libre descubre que no se trata sólo de una elección sobre los medios en vistas a un fin, sino que en la misma decisión pone en juego su ser. El hombre cuando elige una u otra cosa también decide sobre sí mismo, de ahí una vida dichosa o fracasada. La experiencia ética del hombre está estrechamente vinculada con la libertad; mientras el animal realiza con suma perfección lo que hace por instinto, aunque no sabe qué hace ni cómo lo hace porque no tiene que elegir ni los medios ni el fin que la naturaleza le impone de manera automática, el hombre puede proponerse fines con independencia de los instintos, es decir, el hombre elige el modo de satisfacer sus necesidades y su necesidad última es la felicidad.

 

La felicidad es aquello que deseamos todos los hombres, aunque la buscamos por caminos distintos, de ahí que algunos la alcancen y otros fracasen en su intento. No obstante, casi todos coincidiremos en que se trata del bien en sentido último, querido en sí mismo. Por tanto el hombre es un ser abierto al bien – así como a la verdad y a la belleza – de manera natural. La voluntad, podemos decir, es la tendencia hacia el bien presentado previamente por la inteligencia; no obstante, dada la imperfección de nuestro conocimiento puede que lo que captemos como bueno no guarde correspondencia con la bondad real. Por otro lado, si la inclinación al bien en general es una tendencia universal en el hombre no modificable en cuanto que nadie puede elegir no-ser-feliz, si podemos elegir, en cambio, los medios que deben llevarnos a la felicidad.

 

La toma de decisiones es una actividad intelectual y volitiva de suma importancia y responsabilidad porque de ello dependerá la ejecución de nuestras acciones, por tanto no hay nada peor que dejar las decisiones al azar como hacen los capitanes de fútbol para saber en que parte del terreno de juego debe disponerse su equipo. La vida es mucho más importante y en cada una de nuestras decisiones está la construcción o destrucción de nuestro propio ser. Al respecto los señores Ariño y Maella nos presentan en Iceberg a la vista la importancia de aprender a tomar decisiones de una manera entretenida: a través del Titanic, el célebre trasatlántico que se hundió en 1912 a causa de una serie de decisiones mal tomadas.

 

 

La vida del hombre, como ya hemos dicho, sólo está predeterminada hacia el fin último pero no en los medios para alcanzarlo. Es importante, en consecuencia, aprender a tomar las decisiones más acertadas para llevar el barco de nuestra existencia hacia buen puerto. Posiblemente, y como se nos dice en Iceberg a la vista, si las decisiones que se tomaron desde la construcción del Titánic hubieran sido otras quizás la noche del 15 de abril de 1912 no estaría inscrita en la amplia lista de tragedias marítimas.  

 

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