29-S: del relativismo a una vuelta a la trascendencia

Publicado: 1 octubre, 2010 en Pensamiento, Política, Religión

Es suficiente con ojear los titulares que dedican los principales rotativos nacionales a la reciente huelga general para corroborar la crisis social en la que nos encontramos. Más allá de si la huelga del 29-S fue un fracaso o un éxito según el periódico que se ojee, se confirma que la sociedad está descontenta, no obstante la indiferencia, aunque quizá no generalizada, o la falta de implicación para revertir la situación es síntoma de que las personas – pues la ciudadanía no es más que un concepto político – padecemos una peligrosa enfermedad: la automutilación.  

 

Nos automutilamos. Ciertamente es así, pues el descontento generalizado que se precia en cualquier conversación de café no se traduce en una reacción determinada. Desde luego es un error generalizar, pero es mal de mayoría la falta de confianza, una desconfianza que por sorprendente que pueda resultar está sumamente relacionada con la pérdida de fe religiosa y de una visión trascendente de la realidad cotidiana: cuando no hay un fin, cuando el futuro no tiene un por qué el sobrevivir es la única meta. Por eso, a pesar del ruido generalizado en todas las tertulias de bar  no hay nueces para virar el rumbo fatídico por el que vagabundeamos. De este limitarse a sobrevivir es fruto la sociedad del bienestar – aunque la comodidad económica no es tal – que se traduce en el hastío espiritual, en la relajación metafísica que padece un ser humano que se conforma en una apática inacción.  

 

La indiferencia para solucionar los problemas capitales es consecuencia directa del relativismo. Llegados a este punto hablamos tanto de carestía espiritual como material. Somos tan displicentes que en el naufragio cualquiera se conforma en aferrarse a un torpe madero. Sobrevivir es el máximo horizonte que dibuja nuestra escéptica dicha. De ahí  la satisfacción al comprobar que el vecino de enfrente está peor. Que la supervivencia existencial sea colofón es consecuencia directa de la miopía trascendental, de la descreencia en la existencia de un Absoluto, de la verdad última a la cual está ligado nuestro ser y nuestro destino. Sin Dios no hay sentido por muchos sentidos que se intenten encontrar porque las personas, tu y yo, hemos dejado de ser eslabones de una tradición que viaja peregrina en un mundo antaño dotado de un sentido revelado. Ahora, sujetos anónimos y desligados de la historia de la salvación, la existencia zozobra aferrada a un sobrevivir que elude el futuro y que se conforma con abrigarse de la intemperie a la que somos arrojados.  

 

Quizá no se vea ni se presienta, pero el 29-S tiene que ser una piedra, la primera piedra para edificar una sociedad de personas vueltas hacia la trascendencia. Ningún político, ningún sindicato nos salvará. Basta de vernos como obreros – otro término ideológico – porque no lo somos; hemos de vernos como personas, como hijos de Dios, una verdad que ilumina y da sentido a nuestra vida en frente de una cosmología ideológica y totalitaria que no ha hecho más que hundirnos en la miseria y complacernos por sobrevivir. Sólo el cristianismo dignifica al hombre y reconoce plenamente sus derechos al margen de intereses ideológicos.

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