Los libros de viaje y un corazón griego de Sussana Rafart

Publicado: 30 septiembre, 2010 en Cultura, Literatura, Recomendación

                                                                   

Estas dos últimas semanas he estado en Barcelona junto a la familia y he tenido la oportunidad de releer algunos libros de mi estantería, entre ellos Un cor grec: memoria i notes d’un viatge de Sussana Rafart. En 1933 se realiza un crucero Universitario por el Mediterráneo promovido por la Universidad de Madrid. El viaje es entendido como un curso de humanidades en un barco, donde se encuentran catedráticos, profesores y excelentes estudiantes universitarios. El viaje genera escritura: conferencias, diarios de estudiantes y un documental rodado por Arturo Ruiz Castillo y Gonzalo Menéndez Pidal. Entre los estudiantes catalanes destaca Salvador Espriu. El viaje acontece durante la Segunda República. La  futura llegada de la guerra civil afectó, en distinto modo, a todos los intelectuales que participaron en esta novedosa iniciativa universitaria. Muchos de ellos tuvieron que cambiar el rumbo de sus existencias. En la primera parte habla de teoría poética, de autores y artistas europeos ligados al mito griego (Delacroix, Víctor Hugo, Fréd Boissonnas); de autores clásicos y contemporáneos vinculados a determinados parajes, de educación y educación para el viaje. En la segunda parte se hace referencia a la travesía particular de la autora: la experiencia que supone el encuentro con la tierra antigua.

 

 

Somos lo que leemos. Tenemos lo que vivimos”. Así empieza el libro que recoge la aventura de estos profesores y estudiantes universitarios y el de la autora. El motivo del viaje es el reencuentro con la cultura, la historia y la experiencia de quienes han vivido antes que nosotros, y viajamos (o se viaja) porque no nos conformamos con la narración, sino que queremos vivirla. Pero en el viaje acontece algo sorprendente: no experimentamos lo ya vivido por otros, sino que el reencuentro con el lugar nos abre a una experiencia diferente e intransferible, propia de cada uno de nosotros (de todos los que una vez hemos viajado).

 

Unas de las muchas maneras que hay de conocer el mundo son el viaje y la contemplación del arte, que en ocasiones se unen con absoluta simbiosis y favorecen que la experiencia quede retenida en la argumentación. “London from Greenwich Park” (1809), es la tela de óleo que pintó Turner para retratar el Londres de aquella época. La capital inglesa en la actualidad es bien distinta, sin embargo con la contemplación del cuadro la obra nos permite realizar un viaje haciéndonos capaces de borrar de nuestra mente la visión actual de la urbe inglesa.

 

Delacroix escribe sus diarios entre 1822 y 1863 y los empieza con el deseo de buscar la verdad del género (del libro de viaje). La finalidad de los diarios es que él sea el último destinatario, otorgándoles por tanto la categoría de análisis de su personalidad y de jueces de todo cambio. De todos modos, la sinceridad de los diarios no es estricta, sino que responde a la sinceridad del momento en que se escribe. Como romántico, Delacroix se inspira en la naturaleza, en la que ve el orden cósmico del universo. Remarca la idea de la soledad y la imposibilidad del otro por conocer su alma y reconoce la ruptura que se produce entre lo que él escribe y lo que ve. Detrás de cada diario de viaje está la motivación de un hombre que está en el exilio y contempla la magnitud del océano. Esta es la imagen que da de sí mismo Víctor Hugo cuando se encuentra en la isla de Jersey.

 

 

Viaje y literatura se relacionan, al menos para los artistas e intelectuales del XVIII. La literatura es vista como el espejo mismo de la vida y el viaje como la experimentación de esta. Antoni Vidal Ferrando, poeta, apela a la formación artística para desenfocar el yo del sentimiento de nostalgia para aproximar la experiencia del artista a la del otro. Otro poeta, Ricard Creus explica de sus “36 poemes a partir del 36” que la poesía es vivida, que el arte por el arte no existe, que siempre es testimonio de la vida, un viaje que contempla el devenir del ser humano hasta la muerte. Montaigne decía que “cada hombre lleva consigo la forma entera de la humana condición”; así, todo lo que escriba es un eco de su condición de persona y de poeta.

 

 

Delacroix confiesa que vive con pocas lecturas, entre ellas Dante y Goethe. Tanto él como Hugo reconocen, no obstante, que la biblioteca personal no debe ser un modelo cerrado, pues cada lugar en el mundo responde a un momento concreto y a una época con su propia literatura: así, si viajamos a Roma, por poner un ejemplo, nunca está de menos el dejarse guiar por Lucio Anneo Séneca. También Fréderic Boissonnas, extraordinario fotógrafo de principios de siglo XX, penetra con rigor en la visión de la Grecia pretérita ya perdida. Sus libros son referentes de este mundo para todos aquellos que emprenden el viaje por el Mediterráneo: “In Greece, over the Mountains and Racines”, “Following the Wind from the Cyclades to Crete”, “Thessaloniki and it Basílicas” y “Dans le Sillage d’Ulysse” publicado en 1933 cuando los poetas españoles realizaban su viaje de juventud. En todos estos libros, Boissonnas cumple el sueño de Víctor Bérard de registrar todos los lugares por los que pasa Ulises de retorno al hogar y devuelve el mito mediante el texto y la fotografía.

 

 

Para muchos autores la escritura supone el reencuentro con los lugares vividos, descubriéndose en cada palabra, en la construcción de toda frase, la imagen de una nueva experiencia que no había sido leía o vista en la vivencia de los años pretéritos, cuando se hizo el viaje (o el primer viaje a ese lugar). Pero del mismo modo que la literatura nos permite viajar de nuevo y rescatar experiencias del olvido o redescubrir antiguos mitos, también puede producir el efecto contrario: la incapacidad por decir algo nuevo lleva a la renuncia de la literatura. Esta renuncia no tiene texto mejor que la Carta de Lord Chandos a Francis Bacon, de Hugo von Hofmannsthal. “He perdido completamente la capacidad de pensar o de hablar con coherencia sobre algo”. Hofmannsthal también recoge, como Víctor Hugo y Delacroix, una particular biblioteca para su maleta de viaje: D’Alembert, Delacroix, Goethe, Blake, Buckhardt, Confucio, Mahoma, Novalis, Pascal, La Bruyère y Schopenhauer. Todo autor tiene su biblioteca, que son los “amigos” con los que parte hacia los lugares que desea volver a visitar.

 

 

Centrémonos de nuevo en la particular simbiosis entre el arte y el viaje y, de modo especial, entre éste y la literatura. Montaigne revela que en la escritura y por la escritura (la poesía) retiene las vivencias que olvida por la falta de memoria. Considera que sin la posibilidad de inmortalizar en palabras la experiencia, todo sería silencio. Sin embargo, afirma que sin el miedo al olvido no existiría tampoco el texto. Tal vez por esto escribió Journal de voyage en Italie. Si no se temiera el olvido, ¡cuántos Ulises y cuántos Marlow se habrían perdido para nuestra evocación!

 

 

En la actualidad se tiende a concebir el viaje como turismo, de modo que las calles de la ciudad de la luz poco se diferencian de las de la ciudad eterna. Rousseau avisa que no se debe viajar si antes no se ha formado el alma. Séneca decía que viajando no huimos de nosotros mismos desatendiendo la cotidiana rutina, sino que nos conocemos mejor. Kafka reclama la individualidad en la formación de la persona; el hombre no podrá aprender si no escapa de la multitud, no podrá percibir el mundo abierto si no busca su “yo” en la poesía. Si no se siguen estas orientaciones puede que nunca dejemos de ser infantiles viajeros de catálogo: la Italia de la pasta, el Coliseo y el Vaticano; la Francia de la Torre Eiffel, el Louvre, y Montmatre, y así con cualquier otro lugar. Toda persona debe estar formada para oír, en cada lugar donde se posan los pies, el eco de las voces lejanas que nos llaman. Como turistas podemos contemplar las ruinas, pero no el esplendor de la Grecia clásica, para eso se necesita otra clase de ojos que otorga la formación humana.

 

 

El motivo del viaje de Rafart por Grecia se origina a raíz de una pregunta: “¿Has estado en Lesbos?”. Evidentemente nunca había estado ahí y todo cuanto sabe de la isla es por las novelas de María Àngels Anglada. De este modo se prepara para el viaje. Confiesa que durante la preparación de éste la casa se torna región fronteriza que clama ser abandonada y que incluso los libros abiertos sobre la mesa de estudio, que siguen el rastro de los jóvenes universitarios de 1933, demandan ser cerrados en el silencio con el fin de que la casa se clausure por un largo tiempo y empiece la odisea. Antes de partir surgen las preguntas: ¿Qué Grecia me espera? Y, ¿de dónde vengo que voy a buscarla? “Hoy ya no encontramos las orillas de Zante o de Esquimandro; ya no se ven páramos como los de la Hespéride o de la Arcadia. ¿Dónde están hoy las islas de Lemnos y de Creta? ¿Dónde está el famoso Laberinto? ¿Dónde está el roquedal que la desvalida Ariadna roció de lágrimas? Ya no se ven Teseos ni Hércules; los hombres e incluso los héroes actuales no son más que pigmeos” reflexionaba Xavier De Maistre. Lo que vemos es el peso de la nostalgia de quienes nos han precedido, sólo resta el ubi sunt. Las vistas de Grecia permanecen en las incontables palabras escritas que aún las retienen. Es por la palabra encerrada en los libros que viajamos, porque abastecemos los almacenes mentales de la representación del mundo que procede de los libros, que no son otra cosa que traiciones de la memoria.

 

 

El encuentro con la nueva tierra se produce en Atenas. Nada más plantar los pies en tierra firme surge la conciencia de ser extranjero. El pasado griego se superpone sobre el presente mostrando dos mundos incompletos; el pasado que persiste en la memoria y el presente que no se desarrolla a causa del peso del pasado. La Atenas antigua le produce una sensación desagradable que sólo desaparece después de paladear algún café en una terraza y al contemplar los movimientos y los gestos de cualquier conversación entre dos hombres. El viaje no es nunca el camino absoluto hacia la belleza, no es la fotografía ni el monumento ideal, sino que más bien es el conjunto de las jornadas displicentes, el enfado con uno mismo por la incapacidad de sobreponerse a los inconvenientes para acabar descubriendo la imagen neutra, donde la reflexión y la realidad coinciden. El viajero más habitual de hoy no es más que un pasajero guiado por circuitos turísticos estandarizados. Otra execrable clase de viajero es el historicista, para el que no hay nada más desagradable que encontrar las obras y las huellas que busca en plena restauración. Las guerras del siglo XX y la reconstrucción del XXI, donde no importa la semejanza, sino la perfectibilidad de la reproducción recuerdan las palabras de Walter Benjamin, cuando dice que en la desazón misma de recolocar el pasado perdemos el aura de todo. Hugo von Hofmannsthal paseaba en soledad por el Partenón y se preguntó si la idea que tenía de Grecia era el cúmulo de piedras que veía por el suelo. Él sabía que el mundo antiguo le era negado para siempre, que no había revelación posible hasta que no viera pasear a Platón. El mayor desanimo que persigue al viajero es la incapacidad por infundir vida al legado recibido. Para Hofmannsthal, los pilares y columnas que permanecen en pie no representan más que la incitación al sueño inútil. Pero en el siglo XXI la incitación desaparece. La facilidad que otorga la técnica por reproducir el arte convierten a este en un féretro encerrado en museos, que son nichos sin vida donde los humanos de hoy van sólo a observar. 

 

En Egina, la isla de los pistachos, de las pequeñas tabernas donde los bodegueros cuelgan los pulpos a secar y de la gastronomía, donde se puede comer desde berenjenas hasta tomates rellenos de arroz y menta, a espinacas y aceitunas, pronto empieza a descubrir la idiosincrasia de los griegos, que con un leve gesto son capaces de decir muchas cosas. La esencia de la vida griega es tránsito, se concentra en un pasar de islas que son el viaje, el retorno, la nostalgia de lo estéril sobre el mar. Desde el barco, la vista va siempre acompañada por una franja de tierra, la aventura nunca es secreta, no puede serlo, y se confronta con la dimensión humana. Al caer la noche empuña la pluma y garabatea sobre el albino papel del diario de viaje, es el momento de transportar lo visto al espacio confuso de la memoria. Todo escritor reconoce que cada línea de su dietario exige el mismo esfuerzo que se requiere para edificar un templo, y cuanto mayor se es se acepta mejor la imposibilidad de llegar a la parte más oscura de la interioridad. No obstante, descubre que la memoria es tan intensa en los recuerdos como la experiencia. Tiene espejos que amarran al viajero, y son semejantes a la tortura, que tiene febriles manera de poseer el recuerdo.

 

El barco pasa por Paros, Naxos e Ios, hasta llegar a Santorini. Aunque las islas griegas confunden y nunca sabes bien cual es, porque en verdad el viajero nunca sabe donde está. Aprovecha la ocasión para escribir cartas y mandar correos electrónicos mientras certifica la sensación de sentirse Ulises ante la costa de Ios, donde Herodoto explica, en la vida apócrifa de Homero, que en el norte de la isla el poeta se sintió enfermo, murió y fue enterrado. Santorini despierta de nuevo el recuerdo de la Atlántida y un sentimiento de trascendencia. Las llegadas a los puertos siempre son iguales. Son el reencuentro con la condición humana en medio del hormigueo de personas que esperan a alguien del barco. La presencia de Santorini es impactante. El poema sobre la isla de Iorgos Seferis, traducido por Carles Miralles (presente en el viaje de 1933) empieza así:

 

Asómate si puedes encima la mar oscura olvidando

El sonido de una flauta encima de los pies desnudos

Que pisaron tu sonido en la otra vida, la sumergida”.

 

La isla se vende a los turistas occidentales como destino romántico; sin embargo, no queda escritura, no resta vida, sólo habitantes silenciosos que muestran el cadáver geológico de su tierra a los viajeros, y es que toda geografía es geografía de la muerte. Seferis reflexiona sobre la descocada necesidad de cambio. ¿Qué buscamos en cada isla de Grecia?

 

Lo sabíamos, como eran de bellas las islas

en algún lugar aquí alrededor, donde buscamos a ciegas

un poco más abajo y un poco más arriba

a una pequeñísima distancia”.

 

Rafart siente la incapacidad por hablar de Grecia salvo desde la particularidad de los hechos vividos. Exhuma “Les Rêveries du promeneur solitaire” de Rosseau. El ilustrado estudia mediante el paseo y la escritura su personalidad con el propósito de describir el estado del alma en la situación de mayor extrañeza que confiere el hecho de estar en tierra desconocida. Pero Rafart se pregunta cuál es la materia de la escritura que pretende hablar del viaje. ¿Es tal vez el signo de la experiencia que pretende tornarse memoria? Es consciente de que el viaje supone el encuentro con el vacío, pues sólo cuenta con la pista que le otorgan los manuscritos de los que viajaron en 1933 y la leyenda literaria de la tradición ancestral. El misterio del viaje, podríamos llamarlo así, es saber que al llegar al destino habremos de construir el lugar anhelado con la memoria de las palabras. El descubrimiento de cada rincón de Grecia no es más que la compilación de lo visto y experimentado. La Grecia clásica, más allá de lo que se puede ver, no es más que un intenso recuerdo para el explorador. Con todo, el mito sigue vivo, en el recorrer del camino y el seguir la palabra escrita de Bartomeu Rosselló-Pòrcel, Salvador Espriu y Jaume Vicens Vives, que describen las tertulias sobre Grecia impartidas por Lluís Pericot y Valle-Inclán, antes de que la guerra produzca sus monstruos. 1933 a pesar del ascenso de Hitler al poder, es el año de Bodas de Sangre y La voz a ti debida y, sobre todo, Viaje a Armenia de Osip Mandelstam donde narra los periplos del autor por Grecia y el Mediterráneo.

 

 

Si fuésemos viajeros antiguos suscribiríamos el aforismo de Guillem Díaz-Plaja en sus reflexiones sobre Grecia: “la cantidad de exotismo de un país se mide por la cantidad de cosas que nos interesan”. Hoy, en palabras de Susanna Rafart, nos sobra información sobre el exotismo; hay que abandonar el modo de ver el mundo de las guías comerciales para poder encontrar parajes donde la calma no admite ni dos líneas de hechizadora provocación invasora. Esto es lo que acontece en Galaxidi, donde llega sólo por el rastro de quienes se aventuraron en el crucero de 1933. Galaxidi fue uno de los puertos comerciales más importantes del Mediterráneo, hoy sólo es un lugar tranquilo que apenas destaca por los excelentes restaurantes de pescado. Sin embargo hay otros lugares que permanecen para siempre en la memoria colectiva como símbolos de la historia, este es el caso de Mesolóngion, siguiente punto en el itinerario. A esta población vinieron Víctor Hugo, Eugène Delacroix, David d’Angers y Lord Byron (que moriría) para alistarse en el bando griego que luchaba contra los otomanos. De nuevo surge la visión de que el paisaje ya sólo es el paisaje de los museos y que lo demás es simple tránsito. Rafart testifica lo que ve en los corazones de sus contemporáneos: Mesolóngion (lo mismo que con Delfos) o lo que queda de ella se resume en los versos de Byron o en la imagen del fallecimiento de la joven griega en manos de la barbarie turca en “La Grèce expirant sur les ruines de Missolonghi” de Delacroix. Los ojos del turista son ciegos, no comprenden que Grecia es un espacio vivo y se limitan a invernar en estancias la historia más esplendorosa como si nada más importara. Y es que al viajero, que de continuo cruza puertas temporales, le aguarda la duda de saber ante que parte de la bisagra resta el descubrimiento vivido. ¿Qué vale más, la aroma antigua, el ruido presente o la oscuridad futura? ¿En qué memoria queda la juventud errante de Rafart y la de aquellos que descubrieron Grecia en 1933?  

 

            De nuevo recapitula y se interroga. ¿Qué busco? Inició el largo viaje por Grecia con el fin de experimentar las palabras retenidas en las piedras, celebradas en los textos y recordadas en la actualidad. Y buscándolas Rafart se encuentra con el joven Pausanias de Lidia y su sed por cifrar todos los vestigios del mundo griego, pero también a Espriu, Rosselló y muchos otros. Viajeros todos muy distintos que venían a encontrarla (Grecia) con el mismo deseo de ordenar para la memoria propia y ajena todo lo visible con el entusiasmo y la generosidad de la vida que empieza. Todos ellos y otros como Gustave Flaubert, Lord Byron y especialmente Arthur Rimbaud reflejan la simbiosis perenne que hay entre el viaje y la vida entendida como iniciación, como ese estado de viadores que bien describe Santo Tomás en la Suma Teológica, en referencia a la naturaleza pecadora del hombre que tiende a buscar la salvación a lo largo de la vida. Rimbaud, de modo más evidente, siempre quiere estar en movimiento y concibe el viaje como la vida que siempre está naciendo y que no se detiene hasta el final. El viaje iniciático nunca se explica como evasión, sino como el desplazamiento que busca encontrar algo: lo ajeno. Esta búsqueda de lo otro implica el ser mismo de la persona de tal modo que lleva al más grande de los poetas a recorrer a pie cien mil kilómetros por la sombría África, que tan bien describe Ryszard Kapuscinski. Pero Rafart es consciente que atrás queda esa cultura del viaje que murió en el XIX: el viaje de peregrinación que busca la recompensa emocional. Hoy ya nadie viaja con la mentalidad de Flaubert o Rimbaud, hoy los viajes se hacen sentados y se eligen parajes conocidos, nada remotos la mayor de las veces, para acomodarse en la cámara del hotel.

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comentarios
  1. Raúl dice:

    Muchas gracias por esta entrada tan interesante. Desde siempre he sentido atracción por los libros de viaje.

  2. Saludos Raúl, muchas gracias por comentar.

  3. […] como hombre. El concepto de libertad quizá se entiende mejor cuando se relaciona con el viaje. Uno, por lo general, viaja por vacaciones, para descansar, para desconectar de su hacer cotidiano, […]

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