Cioran y cuando el hombre siente envidia de Dios

Publicado: 8 septiembre, 2010 en Pensamiento

Cioran es un autor interesante de leer, aunque no tanto por lo que dice sí por lo que deja intuir. La caída en el tiempo es una sana medicina y todos haríamos bien en aceptarla como receta aunque, repito, se comparta o no lo que nos dice o propone. Hay un pasaje, en concreto en El árbol de la vida, que habla de la envidia que experimenta el hombre hacia Dios a lo largo de la historia de la humanidad una vez se ha perdido la ciudadanía del Edén por comer de la manzana del árbol de la ciencia. Cioran ofrece un apunte muy importante y que está ligado con el don de la libertad que Dios ungió en el hombre: si el hombre no estuviera bañado por el don de la inteligencia y fuera como cualquier otro animal carente de conciencia y voluntad de bien seguro que añoraría a Dios de tal manera que sólo quisiera estar con Él. Pero el hombre, gracias a ese preciado don, es capaz de elegir su propio camino, un camino que en muchas ocasiones le conduce a comportarse igual que Dios, o dicho de otro modo, a reemplazarse por Dios.

Hay una parte de la humanidad que constantemente intenta generar una especie de fractura de orden ontológico entre el mundo de los hombres y Dios. Pero a pesar de esta fractura persiste esa envidia, una envidia que lleva al hombre a querer recuperar ese antiguo estatuto paradisíaco pero sin Dios, siendo él mismo su hacedor: “Tanta soberbia sólo podía nacer en el espíritu de un degenerado provisto de una carga de existencia limitada, obligado por sus deficiencias a aumentar artificialmente sus medios de acción y a trocar sus deteriorados instintos por instrumentos propios que lo convierten en un peligro…”. Esta es una excelente radiografía del hombre ateo, pero lo mejor llega cuando afirma del ser humano que “no puede dejar de sentir que tiene más destino que el Creador”; y viniendo de Cioran es un baño de humildad muy a tener en cuenta.

El orgullo de querer apartarse de Dios conduce a muchas personas a alejarse de ellas mismas, de evitar su mundo interior repleto de conciencia, y perderse en el mero actuar sin sentido. Y aquí Cioran vuelve a acertar en su reflexión, si Dios es “Aquel que es” el hombre fatuo, el de Feuerbach, es aquel que se empeña en “no-ser” lo que es. Al desertar de su origen el hombre canjea la creación por el devenir azaroso que no es más que el proyecto de su iracunda envidia y de su enferma pretensión metafísica de ser lo que no es y jamás podrá ser: Dios. Este hombre, de espíritu nietzscheano, no logra reconocer en su caída en la oscuridad que recorre un camino falso que sólo le lleva hacia la decadencia en el orden del ser.

El ateo, que hermosa descripción, es “una sombra luchando contra simulacros, un sonámbulo que se mira caminar, que contempla sus movimientos sin discernir ni su dirección ni su razón”. Éste hombre tan bien descrito muere en su deseo por destruir la creación, pero más por bravata y pasión que por clarividente racionalidad. La receta, la única receta que puede sanar al hombre procede, y aquí todo un Cioran lo reconoce, del Ser. El Absoluto Creador es el “principio de salud”. “La trascendencia posee virtudes curativas” y cuando el hombre más se separa de ella más aumenta su “desequilibrio”. Liberarse de la obsesión de no-ser-Dios es el imperativo más urgente.        

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