Por qué algunos políticos faltan al respeto en Twitter

Publicado: 7 septiembre, 2010 en Política

Porque el hombre tiene ideas propias es lógico que se encuentre ante personas con las que discrepar. Debatir sobre las diferencias que separan es positivo, ahora bien, siempre es necesario buscar determinados principios por los cuales la divergencia no derive en fricción. El arte de convencer, que es muy humano, debe evitar todo carácter irascible, pues de lo contrario no se logra el objetivo deseado. Cuando llegan las campañas electorales los políticos son los mayores maestros en amoldarse a los pensamientos y deseos de toda la ciudadanía, pero si analizamos todas sus soflamas descubrimos que esa actitud les lleva a elaborar un discurso repleto de contradicciones, porque no dicen lo que piensan.

En todo discurso la máxima es la responsabilidad para con la verdad; ella es prioritaria sobre el acuerdo con la idea de cualquier persona. Si alguien no está en la verdad no hay obligación de estar de acuerdo con sus planteamientos, sin embargo nunca se debe perder el respeto por el simple hecho de que nos hallamos ante otra persona que merece toda la dignidad del mundo. Gracias a las redes sociales los políticos están en campaña continua; no obstante, el hecho de estar en contacto diario con los ciudadanos lleva a algunos políticos a perder el disfraz de cordero y a exhibir su auténtica imagen, que no siempre es positiva. A eso hay que añadir que en política, al menos en la política actual, la máxima raramente es la verdad, sino la ideología que se defiende. Esto último lleva a determinados políticos a abalanzarse irasciblemente sobre aquellos ciudadanos que discrepan de su programa (es suficiente con entrar en el Twitter de políticos o jefes de gabinete para leer atronadores descalificativos hacia los que mantienen puntos de vista contrarios).

A pesar de que la política se basa en la palabra y el diálogo, las descalificaciones están presentes en los políticos y no sólo entre ellos. Quién no recuerda al presidente de la República Francesa, Nicolas Sarkozy, llamando “pobre imbécil” a un ciudadano que se negó a darle la mano. Desde luego ésta es una excepción pues los políticos, por simple lógica, no suelen insultar o menospreciar en la vía pública a sus posibles votantes por lo mucho que se juegan. Sin embargo, y esta es una enfermedad que no tiene fronteras, las redes sociales son un espacio donde los políticos, nuestros políticos, no tienen censura para expresarse y a veces de manera ofensiva. Tras la reciente victoria de la selección española en el mundial de fútbol el presidente de C’s, Albert Rivera, replicó en su cuenta de Twitter a un usuario por ir a favor de la selección holandesa con un “toma ya” cercano al “jódete”. Huelga decir que Rivera es de una extremada educación, sin embargo en Twitter no escatima el escarnio, pero no es el único aunque le cite a él. Si observamos a los pocos políticos que usan Twitter veremos que hay una cierta discriminación o diálogo ofensivo hacia personas con otra ideología; sin salir de nuestra geografía el PNB de Vitoria-Gasteiz llamó de “hijo de puta” a otro usuario que debía mantener algún tipo de pensamiento opuesto. Sin duda, la descortesía cobra tintes más dramáticos cuando los firmantes se esconden bajo las siglas de los partidos. Ante toda esta práctica del desdén quienes resultan unos “pobres imbéciles” son los políticos que se atreven a desconsiderar, aunque muchas veces sea de manera sutil, a los ciudadanos quienes, con un brote de ligera autoestima deberían decir “ahora no te voto”.  

Desde luego hay quienes pretenderán justificar este comportamiento definiéndolo como una forma del juego político. No discuto que la grosería, la ofensa y la burla pueden deberse a un lapsus freudiano y que el vilipendio en política no pasa de ser una forma de expresión, pero ya va siendo hora de que esta particular forma de comunicar las ideas deje de salir gratis a sus ejecutores, aunque el error se cometa creyendo que los micros estaban bajados. Y aunque se tenga razón y uno esté tremendamente convencido de ello nunca debe olvidar la cortesía y la cordialidad, porque hoy se puede estar frente a un opositor, pero ante un posible votante de mañana.     

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comentarios
  1. Fidel dice:

    La ley del más fuerte llevada a la política, los argumentos ya no son necesarios,ni razonamiento alguno, en el clima general de corrupción en el que vivimos, esto son nimiedades, pero muestran a las claras el pensamiento general de quién gobierna, y lo más triste es que es culpa nuestra, si cada vez que oímos hablar de corrupción, tráfico de influencias y demás exigiéramos cárcel para los autores las cosas no llegarian a estos extremos,pero cárcel de verdad, no cinco años que se quedan en seis meses y se condonan por una multa que no llega al diez por ciento de lo robado, lo que no se devuelve aunque sea recuperado o pueda serlo. Más aún en estos tiempos, en los que tantos “doctores de la ética” nos recuerdan a diario lo que se puede decir y lo que no, lo que es correcto y lo que no.
    En el gran teatro del mundo, la policía religiosa da paso a la policía socio-política inaugurando una caza de brujas contra cualquiera que ose levantar la voz más alla de lo permisible en pro de una justicia social inalcanzable utilizada para colarnos lo que sea y que encima estemos callados, no sea que nos llamen fachas, fundamentalistas o ignorantes, en un claro ejemplo de tolerancia parcelada, preludio de esa aberración americana de lo “políticamente correcto”, ancho saco en el que cualquier cosa cabe porque sólo usa el filtro del poder, que sólo busca la permanencia en el mismo a toda costa.
    También tendrá que ver esa creencia estúpida de asimilar el Messenger y similares a las redes sociales, desconociendo el alcance público de uno y otro sistema, aunque esto se acabará el dia que alguno meta la pata de verdad, o cuando las promesas electorales sean exigibles en un juzgado, y empiecen a pensar que, tarde o temprano, tendrán que irse si no las cumplen, o entrarán en prisión si han hecho porqué.

  2. Gloria dice:

    También me lo pregunto yo, Joan.

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