Leibniz (VIII)

Publicado: 8 abril, 2010 en Leibniz

Leibniz sostiene que la sustancia individual es activa, pero que esa actividad no debe concebirse como la actividad de los cuerpos, que es la capacidad que tienen para poner en movimiento a otro cuerpo, sino como la actividad de los espíritus, que es la capacidad que un espíritu tiene para conocer y apetecer. Así, cuando habla de los tipos de actividad de las sustancias individuales, dice que esa actividad es perceptiva y apetitiva: todas las sustancias individuales perciben y apetecen – aquí, el ‘cogito’ cartesiano le sirve de apoyo para aclarar la noción de actividad propia de la sustancia individual –. Dado que cada sustancia individual refleja el universo entero desde su propio punto de vista, toda sustancia individual goza de percepción, si por ella entendemos aquella actividad interna de la sustancia individual “que representa las cosas externas” (Principios de la naturaleza y de la gracia), es decir, que las hace presentes.

 

Para representar las cosas externas, las sustancias individuales han de cambiar sucesivamente de percepciones, pues sólo así pueden corresponder a los cambios que sucesivamente se van produciendo en las cosas externas. Ese cambio sucesivo de percepciones, dada la falta de interacción, no puede deberse a una actividad externa, sino a una interna, que recibe el nombre de apetición. La apetición es la tendencia de una sustancia individual a cambiar de una percepción a otra para ir recogiendo interiormente los cambios que se van produciendo en las cosas externas. De acuerdo con los diversos tipos de percepción Leibniz distingue diversas clases de sustancias individuales, jerarquizadas desde las desprovistas de toda conciencia hasta las provistas de ella. Así, en el grado más inferior hallamos las percepciones oscuras o pequeñas percepciones, que son las que tienen las sustancias individuales sin darse cuenta de que las tienen. Estas percepciones son comunes a todas las sustancias individuales; de manera que muchas de ellas, aunque propiamente no sean las que nos definen, se dan también en nosotros. Es lo que sucede, por ejemplo, a quienes viven cerca de una estación de tren, que después de cierto tiempo ya no son conscientes del ruido del tren.

 

Por encima de estas percepciones se encuentran las percepciones claras pero confusas, que son las que van acompañadas de memoria, de capacidad de recordar. Por ejemplo, esperamos que por la mañana salga el sol, porque siempre lo hemos experimentado de esa manera. Estas percepciones tampoco son las que nos caracterizan. Las sustancias individuales que se definen por esas percepciones son las almas sensitivas: las almas de los animales. Por eso un perro huye del bastón con el que lo golpearon, porque recuerda el dolor que le causó en otro momento. Después de estas percepciones vienen las percepciones claras y distintas, que van acompañadas de conciencia, de modo que el que percibe se da cuenta de ello. Estas percepciones se llaman también apercepciones, y son las que constituyen las almas racionales o espíritus, que se caracterizan por ir acompañadas de conciencia y, por tanto, son capaces de reflexionar sobre el propio yo, entre otras facultades. Los distintos tipos de sustancias individuales se distinguen por diferencias de grado de claridad y distinción, de manera que se pasa, progresivamente, de una representación a otra, desde la más oscura y confusa a la más clara y distinta. Es la llamada Ley de la continuidad, según la cual en la naturaleza “nada sucede de manera discontinua… la naturaleza no da saltos” (Nuevos ensayos sobre el entendimiento). Esta ley se aplica en distintos campos, en la aritmética, en la geometría, en la física, pero también se aplica a la doctrina de las sustancias individuales: de modo general, entre una sustancia individual y otra existen diferencias infinitesimales, que llevan desde una a otra, formando un continuo de sustancias individuales infinitesimalmente graduadas; de manera particular, cada sustancia individual pasa progresivamente de una representación a otra, desde la más oscura y confusa hasta la más clara y distinta. De este modo, desaparece la distinción cartesiana entre res extensa y res cogitans, así como la identificación entre hecho psicológico y conciencia, pues, frente a Descartes, para quien un hecho psíquico totalmente inconsciente es imposible, Leibniz mantiene su doctrina de los grados de conciencia.

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