Respuesta al ateísmo (VII): el pensamiento científico-matemático(I)

Publicado: 7 abril, 2010 en Laicismo, Pensamiento, Religión

Durante la primera mitad del siglo XX destacados teóricos de la ciencia, armonizando el racionalismo de corte cartesiano y el empirismo inglés, sostuvieron que sólo los enunciados de las matemáticas, de la lógica y de las ciencias empíricas podían tener pleno sentido; los enunciados que se salían de estos campos del conocimiento, como los de la filosofía o los de la teología, debían ser conceptuados de antemano como absurdos, sin sentido. He hablado muchas veces de Wittgenstein y de su primera obra central, el Tractatus logico-philosophicus, que se sintetiza en dos proposiciones: (1) “Lo que se puede en general decir, se puede decir claramente” y (2) “de lo que no se puede hablar, se debe callar”. El primer Wittgenstein va mucho más allá que Descartes y anuncia que el verdadero método de la filosofía debería ser: “No decir más de lo que se puede decir, o sea, enunciados científico-naturales, y después, siempre que otro quiera decir algo metafísico, demostrarle que no ha dado en sus enunciados sentido alguno a ciertos signos” porque “la mayoría de las frases y preguntas que se han escrito sobre cosas filosóficas son no falsas, sino carentes de sentido”; de ahí la segunda preposición ya anunciada y muchas veces mal entendida, pues la verdadera intención de Wittgenstein es que “nosotros sentimos que incluso cuando todas las posibles preguntas científicas han sido contestadas, los problemas de nuestra vida no han sido tocados siquiera. Entonces, por supuesto, ya no quedan más preguntas; y justamente esa es la respuesta”. Lo que está fuera de los límites del lenguaje, lo que es impensable e indecible, puede, no obstante, existir, “se da, en efecto, lo indecible. Esto se muestra; es lo místico”.

 

Lo místico no nos dice cómo es el mundo, como hacen las ciencias naturales, sino que nos dice que el mundo es. Wittgenstein no rechaza lo metafísico, sino más bien la posibilidad de constatar lo metafísico; es decir, lo místico no puede entrar en discusión, porque es. Llegados a este punto, ¿la misión de la teología debe ser reducirse a una mística al estilo de las filosofías asiáticas de la religión y remitir exclusivamente a una experiencia muda mediante enunciados puramente negativos? ¿O debe más bien, como teología dialéctica distanciarse del pensamiento moderno y, siguiendo a Kierkegaard, recluirse en una fe paradójica no justificable racionalmente? No obstante, si se tuviera que exigir el mutismo a la filosofía y a la teología debería exigirse, al mismo tiempo, lo mismo a aquellos que quieren silenciar la filosofía. Para estos, ante los problemas de la vida no cabe más que el enmudecimiento. Sin embargo, estimulado por Tolstoi, Wittgenstein se empapa de los Evangelios y queda hondamente conmovido, por lo que decide llevar una vida sencilla y, durante años, observa un estilo de vida monacal, ejerce de maestro de escuela en un pueblo de la Baja Austria y, posteriormente, sin ingresar, trabaja como jardinero en un convento benedictino. En 1929 regresa a Cambridge, donde no modifica ese estilo de vida pero sí su modo de pensar, aunque lo místico en Wittgenstein ha pasado bastante desapercibido, sobre todo donde ha tenido mayor influencia, como en el Círculo de Viena, cuyos miembros – filósofos, matemáticos y científicos – muestran una aversión a la metafísica, pero sobre todo hacia el idealismo alemán. Se produce un giro de la filosofía hacia el lenguaje, la matemática y las ciencias naturales, se impone la claridad absoluta y la racionalidad alcanza su plenitud. El objeto es el análisis objetivo de la realidad con ayuda de signos y símbolos nuevos, neutrales, unívocos, sin lastres históricos porque es el único análisis que hace posible un sí o un no y la consiguiente resolución definitiva de muchos problemas pendientes. La metafísica parece superada y la teología es declarada absurda, sin sentido.

 

Rudolf Carnap, destacado miembro del Círculo de Viena y alumno de Gottlob Frege, se embarcó en el ambicioso trabajo de la estructuración lógica del mundo. Movido por una auténtica actitud científica se tiene a sí mismo por ejecutor de las ideas de Leibniz: las ideas de una matemática universal, de un arte combinatoria, de una ciencia universal y de un lenguaje simbólico universal. Whitehead y Russell, en sus Principia matemática, elaboran uno de los más completos sistemas de lógica simbólica de orientación matemática; el fin de Carnap es combinar esa lógica matemática con la reducción de toda la realidad a lo dado en la experiencia, es decir, se persigue un análisis de la realidad total con ayuda de la teoría de la relación lógico-matemática sobre bases empíricas. Las unidades indivisibles de mi propio caudal de experiencias – las vivencias psicológicas elementales propias – se toman como elementos básicos. Después, como en un árbol genealógico, de determinados conceptos base o conceptos raíz se deben deducir racionalmente todos los conceptos de contenido empírico – conocidos primero por intuición – de las ciencias de la naturaleza y del espíritu, es decir, todos esos conceptos deben ser constituidos mediante fórmulas lógico-matemáticas. A la larga, el fin es reconstruir racionalmente todos los posibles enunciados de la ciencia sobre la realidad empírica dentro de una ciencia unitaria, universal y lógicamente trabada. No obstante, Carnap, a diferencia de Leibniz que supo conciliar su actitud científica con la fe cristiana, declara que el rigor científico exige proscribir de la filosofía la metafísica entera, porque sus tesis no se pueden justificar racionalmente; y considera que la fe, como la lírica y el erotismo, pertenece a las regiones irracionales por lo que no puede denominarse conocimiento.

 

El desarrollo de la matemática llevó muy pronto a unas antinomias, paradojas y contradicciones que han conmovido los fundamentos mismos de la matemática y de la lógica, sometiendo a una duda radical las pretensiones universales del pensamiento científico-matemático. El primer gran golpe lo asestó Karl Popper y su Lógica de la investigación, donde pone de manifiesto que el positivismo lógico lleva de suyo ad absurdum. El principio de verificación, tan central para el positivismo, su radical exigencia de verificabilidad en la experiencia, no eliminaría sólo las afirmaciones metafísicas, también las hipótesis empíricas y con ello todo el conocimiento científico  natural porque la mayoría de los enunciados científicos no son verificables empíricamente y, en consecuencia, deberían ser rechazados como pseudoafirmaciones, como metafísica (La lógica de la investigación científica). Las leyes de la naturaleza no se pueden reducir lógicamente a enunciados elementales de experiencia, por esta razón Popper responde a Wittgenstein diciéndole que también esas leyes, aplicando el criterio wittgensteiniano del sentido, cuya búsqueda es el máximo quehacer del físico (Einstein), resultan sin sentido. Si, por ejemplo, un enunciado como “el cobre conduce la electricidad” hubiera de ser verificado experimentalmente, habría que comprobar esta cualidad en todo el cobre de todo el universo, lo cual, evidentemente, es imposible. Por ello, las leyes de la naturaleza, que pretenden posibilitar pronósticos con validez para el futuro, no son verificables. Hume ya lo había expresado cuando dijo que un enunciado general jamás puede ser verificado mediante la observación, y ni siquiera el tan socorrido concepto de probabilidad sirve para dictaminar sobre la verdad de las hipótesis.

 

Popper afirma que quienes han luchado contra la autoridad y la tradición para fundamentar la ciencia en la inmediata certeza del propio hombre, bien en el ‘cogito’ y sus inmediatas consecuencias racionales – como Descartes –, o bien en las impresiones de los sentidos – como los empiristas –, tienen sus verdades fundamentales por evidentes, por inmediatamente ciertas, pero unos y otros están profundamente arraigados en el modelo de revelación religiosa, pues únicamente han sustituido una autoridad, la Biblia y Aristóteles, por otra, la de la razón o la de los sentidos. De ahí que para ellos no se trate más que de inferir de sus respectivas certezas últimas unos conocimientos seguros, bien por deducción, bien por inducción. Pero tales certezas han sido puestas en duda una y otra vez por la parte contraria. Así, al comienzo de nuestro saber no tenemos más que conjeturas, modelos, hipótesis, siempre sometidos a revisión. Que los enunciados de la ciencia tengan una fundamentación última exenta de toda ulterior crítica es una fe, una creencia que desemboca en un trilema sin salida: o bien en un dogmatismo aseverativo, o en una regresión sin término eternamente condenada a nuevas fundamentaciones, o en un psicologismo generalizador de las experiencias particulares, que eleva a general lo particular        

comentarios
  1. Dante Bobadilla dice:

    Estas ideas son ya demasiado antiguas. A la velocidad que tiene el avance de la ciencia en estos días, las ideas de la primera mitad del siglo XX son equivalentes a las ideas pre colombinas. El conocimiento que hemos adquirido de las estructuras cerebrales y la dinámica del funcionamiento de la mente, el proceso de construcción de la realidad humana, la fabricación de nuestra realidad social, etc… han cambiado de manera dramática todas estas ideas acerca de lo que es el conocimiento, la ciencia y la religión. Sería mejor no hacer ninguna referencia a autores de la primera mitad del siglo XX.

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