Respuesta al ateísmo (IV)

Publicado: 28 marzo, 2010 en Laicismo, Pensamiento, Religión

Hasta la edad moderna la pregunta por la realidad era de carácter finalista – para qué están ahí las cosas –, a partir de entonces la cuestión cobra un matiz causal – qué es una cosa, de qué consta –. Se pone en claro que el mundo es materia, y por materia se entiende algo autónomo e independiente; una concepción de la materia bien diferente del pensamiento aristotélico-escolástico y renacentista, donde esa se mezcla con ciertas formas inmateriales. Descartes elabora la primera teoría cosmológica y la que abre el camino al mecanicismo, donde la materia es pura sustancia extensa – res extensa –, opuesta a la conciencia y al pensamiento – res cogitans –. En este sentido el cuerpo y el alma son realidades absolutamente distintas sin una determinación en común. La distinción cartesiana permitió el desarrollo del pensamiento científico-técnico. Partiendo del concepto de verdad matemática se podía deducir y construir con cierta seguridad la ciencia de la naturaleza.

 

¿Se puede extraer de la verdad matemática la verdad general? Cuanto más abstracto es el acto de conocer, tanto más claro y distinto puede ser el conocimiento. Por eso el conocimiento matemático es, a priori, tan claro y distinto, porque su correspondiente grado de abstracción es muy alto. Una de las ventajas de la matemática es que todos los objetos de conocimiento son susceptibles de ser reducidos a figuras geométricas; el inconveniente es que el objeto vivo pierde toda su concreción y vitalidad. Kant dirá que el conocimiento concreto es más rico que el conocimiento matemático y Hegel advertirá sobre la problematicidad del estaticismo y la escisión de sujeto y objeto, exigiendo un conocimiento dialéctico de la verdad, pues lo que conocemos no es algo que pasa ante nosotros como montado sobre un vehículo, sino que se mueve en sí mismo y es completamente diverso del objeto geometrizado cartesiano (Hegel, Introducción a la historia de la filosofía). Nosotros mismos, que somos un yo cognoscente, no permanecemos estáticos como una cámara de fotografía sobre un trípode, sino que al conocer nos movemos a una con el objeto que se mueve. Desde luego, la crítica contra la claridad como ideal de la ciencia no quiere decir nada contra el esfuerzo de claridad. Hay varias clases de certeza, la certeza matemática es una certeza abstracta, limitada y relativa, pero no absoluta.

 

En el siglo XIX la matemática entra en una crisis profunda, a pesar de que los matemáticos siguen cosechando grandes éxitos, y se pierde a confianza de alcanzar realmente la verdad con la matemática. En su momento Leibniz, apelando a Ramon Llull – influido por los grandes matemáticos árabes –, trató de elaborar un lenguaje matemático unitario, postulando una característica de la razón en virtud de la cual las verdades de razón serían en alguna medida alcanzables mediante cálculo. La lógica matemática moderna intentó verificar la idea de Descartes y Leibniz, pero incurrió en dificultades cada vez mayores. La teoría de los conjuntos iniciada por Georg Cantor hizo temblar la incontestabilidad de la matemática y la no-contradicción, ya que su desarrollo desembocó en antinomias, paradojas y contradicciones pues ciertos asertos relacionados con el concepto de infinitud podían ser a un tiempo probados y refutados matemáticamente. En este aspecto, Hans Hermes manifiesta que “los matemáticos, con medios puramente matemáticos, han mostrado que existen problemas matemáticos que no pueden ser tratados con los recursos de la matemática de cálculo” (Para las dificultades del paso de lenguaje cotidiano al lenguaje formal de la matemática y la lógica). Por su parte M. Kline afirma: “La actual situación de la matemática llega a causar lástima. Su pretensión de verdad ha tenido que ser abandonada. Los esfuerzos hechos por eliminar las paradojas y asegurar la consistencia de las estructuras ha fracasado. La discrepancia es total en lo tocante a los axiomas que han de aplicarse. Hoy, a parte de la variedad de álgebras y geometrías, se da aún otro hecho innegable: se tiene la libertad de aceptar o rechazar el ‘axioma de elección’ y la ‘hipótesis de continuum’. De estas distintas posibilidades de elección pueden surgir asimismo matemáticas distintas. Hasta sobre los métodos de demostración se dan hoy concepciones diferentes. Hay que renunciar, pues, a la pretensión de una argumentación irrecusable” (Mathematical Thought from Ancient to Modern Times. New York, 1972).

 

Ya los mismos contemporáneos de Descartes objetaron que una prueba de la existencia de Dios que recurre al conocimiento claro y distinto no es, en el fondo, concluyente, sino que descansa, más bien, en un círculo vicioso. Así lo expresa Arnauld: Una sola duda me resta, a saber: si él no ha cometido una petición de principio cuando dice que para nosotros no es cierto el hecho de que lo que nosotros captamos clara y distintamente sea verdadero, sino porque Dios existe. Mas para nosotros no puede ser cierto el hecho de que Dios existe, sino porque lo concebimos clara y distintamente. Luego antes de sernos cierto que Dios existe, debe sernos cierto que todo lo que concebimos clara y distintamente es verdadero” (Objectiones quartae, en AT VII, 214, donde se encuentra una minuciosa fundamentación de las objeciones contra el argumento tanto causal como ontológico). En cuanto al argumento ontológico su procedimiento no puede convencer ya a nadie, aunque ya no lo hacía en tiempos de Tomás de Aquino, salvo en aquellos de tradición platónico-agustiniana, donde las ideas tienen realidad propia. No obstante, salvo esta excepción, ya en el siglo XII hay una revalorización de la razón frente a la fe, de la verdad natural frente a la verdad revelada y de la filosofía frente a la teología. Esto se debe, esencialmente, a la recepción del pensamiento del Estagirita y el surgimiento de las primeras universidades, especialmente las de París y Oxford. Ante esta realidad cada vez resulta menos viable en cuestiones de fe remitirse únicamente a la autoridad de la Sagrada Escritura, de los Padres de la Iglesia, de los Papas y de la Tradición. Hay que valerse de la razón y del análisis conceptual para alcanzar claridad y así probar la validez de la fe.  

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