La misión evangelizadora de la Iglesia (III)

Publicado: 15 marzo, 2010 en Conversión, Religión

El fin de la evangelización es el mensaje de Jesucristo: “convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1, 15). El eje central del cristianismo es la conversión a Jesús: el cristiano piensa, juzga y vive como Cristo. El 5 de noviembre de 1982, Juan Pablo II se dirigía a los educadores cristianos con estas palabras: “esa misión que es un deber eclesial: “ay de mí si no predicara el Evangelio” (1 Cor 9, 16), sigue teniendo en nuestros días una importancia trascendental […]. Tal misión no es privativa de los ministros sagrados o del mundo religioso, sino que debe abarcar los ámbitos de los seglares, de la familia, de la escuela. Todo cristiano ha de participar en la tarea de la formación cristiana. Ha de sentir la urgencia de evangelizar: “predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria: es más bien un deber que me incumbe” (1 Cor 9, 16).

 

El cristiano tiene el deber y el derecho fundamental de la evangelización. Evangelizar no es un acto individual, sino una tarea eclesiástica que debe realizarse en comunión con la Iglesia y sus pastores. Ningún evangelizador es dueño de su acción, sino que, animado por la acción del Espíritu, asume el papel de testigo auténtico que vive y practica lo que transmite. Las últimas palabras del Señor antes de la Ascensión se dirigen a todos los hombres: “id al mundo entero y predicad el evangelio a toda criatura” (Mc 16, 15). La Iglesia, iniciada con los apóstoles, ha cumplido con esta misión, a pesar de todas las dificultades padecidas: anunciar a Cristo y su Evangelio a todos aquellos que no le conocen, a los que practican religiones no cristianas, pero también a los que tienen fe en Dios, para que su conversión se haga cada día más madura.

 

El Santo Padre Juan Pablo II abrió nuevos horizontes de evangelización dirigidos a aquellos que viven en el secularismo ateo, los que no practican ni viven su fe: los aerópagos. Los espacios de la evangelización son aquellos donde no se conoce a Cristo ni su mensaje de salvación, donde no hay comunidades cristianas suficientemente maduras para encarnar la fe en el propio ambiente y anunciarla a los demás, en las comunidades donde se requiere una intensa acción pastoral y allí donde la fe se ha entibiado o abandonado. En cada una de estas situaciones “la catequesis, situada en el interior de la misión evangelizadora de la Iglesia como “momento” esencial de la misma, recibe de la evangelización un dinamismo misionero que la fecunda interiormente y la configura en su identidad. El ministerio de la catequesis aparece, así, como un servicio eclesial fundamental en la realización del mandato misionero de Jesús” (Directorio General para la Catequesis).

 

La Iglesia educa la fe no sólo por su predicación y catequesis, sino también por sus celebraciones litúrgicas, por la acción caritativa y el testimonio de sus fieles. Entre las distintas formas de la educación en la fe se encuentran la educación cristiana familiar; la catequesis parroquial; la enseñanza religiosa escolar; la formación cristiana dentro de las asociaciones y los movimientos apostólicos; la predicación, y de modo especial la homilía; el anuncio del mensaje cristiano a través de los medios de comunicación social; la enseñanza de la teología; los ejercicios espirituales, retiros, cursillos, jornadas de reflexión, etc. De todas estas modalidades se pueden considerar ámbitos privilegiados para la educación en la fe la familia, la parroquia y la escuela; que son los ámbitos donde el cristiano recibe la fundamentación básica de su fe, de modo análogo a como el hombre recibe en la familia y en la escuela la educación humana básica.   

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