Ser hombre y ser mujer

Publicado: 10 marzo, 2010 en Antropología, Modos de vida, Mujer, Periodismo, Política, Sexualidad

La Agencia ICI informa que un numeroso grupo de mujeres, que son madres y trabajadoras remuneradas, han llenado de pañales la entrada principal del Ministerio de Igualdad para denunciar la “prostitución” y la tergiversación del concepto de feminismo. Estas mujeres, que han constituido un sindicato – Sindicato de Madres –, reclaman no ser tratadas como hombres, “sino que siendo plenamente mujeres, seamos tratadas igual, con las mismas oportunidades”. También manifiestan que “la figura de la madre está desprotegida. En ocasiones porque somos las propias mujeres las que cegadas con un desarrollo profesional igual al masculino pensamos que el hecho de ser madres frena nuestro crecimiento”. Como sindicato estas madres tienen el objetivo de producir “un cambio en la estructura empresarial y social, de tal forma que la maternidad sea considerada como un bien social con las consiguientes ayudas por parte del Estado y de las empresas”. Durante su reivindicación ante el Ministerio de Igualdad, han lanzado una exhortación: “es el momento de que nosotras, las mujeres, las únicas capaces de dar vida a otro ser, nos unamos y al igual que nuestras antecesoras en la lucha feminista, pongamos la carne en el asador y digamos al Estado, a las empresas y a la sociedad, que estamos muy orgullosas de ser mujeres, de ser madres y de aportar un relevo generacional a la historia”.    

 

Esta cuestión, que se entronca directamente con el asunto que ayer trataba sobre los materiales pedagógicos de EpC promulgados por el Gobierno de Cantabria, muestra la importancia de una auténtica reflexión sobre qué es el ser humano en su irrepetible singularidad, es decir, qué es ser hombre y qué es ser mujer. Si saliéramos a la calle y realizáramos esta pregunta de bien seguro que la respuesta mayoritaria atendería a la cuestión sexual y definiría al hombre por las diferencias con la mujer y viceversa. Si bien la filosofía moderna recuperó la cuestión del hombre, no fue más allá de un estudio general y abstracto. En este sentido el siglo XXI demanda una filosofía del cuerpo y del sexo, y esto no es una simple elucubración filosófico-teórica, sino que procede de la misma realidad, pues hay infinidad de cuestiones en el seno de la sociedad que requieren un certero estudio del cuerpo y la sexualidad humana: la familia, la homosexualidad, y, de modo muy especial, el papel del hombre y de la mujer en las distintas actividades que se pueden desarrollar dentro de la sociedad.  

 

Como he hablado de EpC muchos dirán que ésta ya se ocupa de tal cuestión. Pero tristemente se trata de una pedagogía de la sexualidad si no reduccionista si altamente orientada en exclusiva a la actividad sexual. Y, como es preciso recordar la condición sexuada de la persona no se limita ni se reduce a dicha actividad. La sexualidad de la persona humana no empieza ni termina en la gozosa actividad de unos órganos diferenciados en el hombre y en la mujer, sino que va más allá y engloba un modo de ser de toda persona humana. Ser hombre o mujer no es algo accesorio o separable de la persona – como piensan filósofos como Beatriz Preciado, de la que ya he hablado distintas veces en este blog – ya que comporta un modo de estar y abrirse al mundo y a los demás. La condición sexuada de la persona no se reduce tampoco al ámbito biológico, sino que también atañe a la dimensión espiritual de la persona. Ludwig Feuerbach en La esencia del cristianismo apunta que la diferencia sexual no es ninguna diferencia superficial, sino que es esencial. La esencia del hombre es la masculinidad y la esencia de la mujer es la feminidad y aquello que denominamos “personalidad” no es nada sin la diferencia de sexo, es decir, la personalidad se diferencia, por esencia, en personalidad masculina y personalidad femenina. Sin embargo, en la actualidad persiste, al menos de un modo mayoritario, una visión sesgada de la comprensión sexuada de la persona en la que, por lo general – puede verse, a modo de ejemplo, las entradas en este blog dedicadas a Beatriz Preciado – que entiende la sexualidad de la persona exclusivamente por su componente biológica o  bien la entiende, en pos de un feminismo muy particular, como una construcción socio-cultural propia de las sociedades patriarcales.

 

Es importante, para una profunda comprensión de la importancia de la sexualidad en el modo de ser de la persona humana, distinguir netamente la sexualidad humana de la sexualidad animal pues, en muchas ocasiones, al reducir la sexualidad del hombre al ámbito estrictamente biológico se tiende a comparar y a encontrar analogías con la sexualidad animal. Si la sexualidad del ser humano fuera estrictamente biológica y su personalidad no tuviera nada que ver con el hecho de ser hombre o de ser mujer sí podríamos decir que, como la sexualidad animal, la sexualidad humana no es más que una función destinada a la reproducción y al mantenimiento de la especie. Ciertamente, la sexualidad humana comparte este fin con los animales, pero no se reduce a estos, sino que estos fines se abren a otras dimensiones en las que intervienen facultades como la inteligencia, la voluntad, la libertad y el amor. La cuestión del amor, recordando la entrada del otro día que mencionaba al inicio de este texto, recuerda la realidad de la complementariedad entre el hombre y la mujer. El concepto de complementariedad no es tan banal como puede parecer – al menos así le parece al Gobierno de Cantabria –. Lo complementario es aquello que sirve para completar o perfeccionar alguna cosa. Así, entendemos que la complementariedad entre el hombre y la mujer nos descubre que ni el hombre es superior a la mujer ni la mujer es superior al hombre, sino que ambos se necesitan en todos los aspectos (cultural, social, político, biológico, etc.). El hombre y la mujer tienen por igual la capacidad de desarrollar todas las aptitudes propias del ser humano, pero como estas se concretan de un modo distinto en el hombre y en la mujer y hay un modo masculino y un modo femenino de ser y obrar, de aquí surge la verdadera complementariedad.

 

Y qué nos dice la complementariedad. Básicamente que no podemos hablar de ningún modo de un mundo masculino y de otro mundo femenino, sino que el mundo es un espacio común donde interviene esa complementariedad. Situando la cuestión en el ámbito práctico y recuperando la noticia que ha dado pie a este escrito, para que el mundo sea realmente un espacio común se requiere un profundo cambio social (y no sólo intelectual y cultural) que va mucho más allá de los objetivos, buenos o malos, discutibles o no discutibles, del Ministerio de Igualdad y del Gobierno de España. A causa de la reforma de la Ley del Aborto hemos estado hablando de si abortar es un derecho o un asesinato, pero hemos obviado una realidad no menos importante que afecta a muchas más mujeres: la maternidad. Y digo que afecta a muchas más mujeres – y familias – porque son muchas más las mujeres que son madres que las mujeres que abortan – gracias a Dios –. ¿España, y ya no hablo sólo del Gobierno actual, hace algo para facilitar la maternidad como ocurre en muchos países del norte de Europa donde se prestan verdaderas ayudas no puntuales? Es innegable que la maternidad es la mayor de las prestaciones sociales que puede recibir un Estado, en consecuencia no es lícito ni moral que la maternidad sea una realidad que concierna en exclusiva a la mujer, sino que el hombre y la sociedad tienen que hacer algo al respecto, y no sólo ayudar, sino colaborar en la maternidad del mismo modo que la mujer. El hombre debe colaborar en la maternidad recordando la paternidad, y el Estado siendo subsidiario. También debe intervenir el mundo empresarial, pues cuántas veces – para no decir la inmensa mayoría – el trabajo de la mujer se encuentra condicionado por su posible maternidad.        

comentarios
  1. Maricruz dice:

    Esto que dices solo se puede decir siendo católico. Para mi la doctrina de la Iglesia es la única estructura de pensamiento que permite al hombre y la mujer reconocerse en su diversidad y complementariedad. Ninguna otra.

  2. Laia dice:

    Hola, a razón de lo que dices es vergonzoso que en la ciudad de Barcelona, por ejemplo ( ya no hablo de pequeñas poblaciones), sólo existan 18 plazas de alojamientos de acojida para jóvenes embarazadas que viven en condiciones de precariedad. La Administración pública hace “0” para apoyar a las mujeres embarazadas que están en riesgo de exclusión social. Está muy bien que se ayude a la inmigración, a los drogodependientes y a las mujeres que libremente deciden abortar. ¿Pero, por qué no se ayuda, como denuncia la Fundación Lema, a las mujeres que deciden tirar hacia adelante su embarazo?

    En este país ante la cuestión del embarazo parece ser que todas las ayudas van encaminadas al aborto. Una mujer, sobre todo si no tiene una vida económica más o menos resuelta, está totalmente desprotegida por el Estado, que no le ofrece ni información, ni apoyo legal ni psicológico ni médico. Pero no todo se resuelve con el aborto. Al margen de que el 42% de las menores de 25 años que abortan padecen depresiones (crónicas en muchos casos) antes de los cuatro años de haber abortado, en Cataluña cada año unas 12 mil familias piden una adopción y sólo lo logran la mitad.

    Coincido contigo en que es necesaria una profunda reflexión.

  3. […] de sexo. La persona humana es varón o es mujer (de este asunto ya he hablado numerosas veces: 1, 2, 3, 4, 5, etc.) y esta realidad, la de ser hombre y la de ser mujer, circunscribe todas las […]

  4. […] principios de marzo se creó un sindicato de madres trabajadoras que reclamaban no ser tratadas como hombres, sino ser tratadas igual sin dejar de ser mujeres, y […]

  5. […] convirtiendo a la persona en un sujeto asexuado, indefinido, en el progenitor A y el progenitor B. Necesitamos recuperar nuestra condición de hombre o de mujer, pues la sexualidad es un modo de ser de toda la persona. Así, creados a imagen y semejanza de […]

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