El don de la comunión (II)

Publicado: 1 marzo, 2010 en Religión

Del mismo modo que la comunión del amor existe desde el inicio y existirá hasta el final, también existe y existirá la división: “Salieron de entre nosotros, pero no eran de los nuestros, pues si hubieran sido de los nuestros habrían seguido con nosotros; pero eso ocurre para que se vea claro que ninguno es de los nosotros” (1 Jn 2, 19). Sin duda existe la real posibilidad de perder la fe, el amor y la fraternidad (2 Jn 9-11). La fraternidad cristiana nace del hecho de haber sido considerados hijos del mismo Padre por el Espíritu: “los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios” (Ro 8, 14). Pero para vivir esa fraternidad es menester que alguien la proteja en la verdad y la guíe con clarividencia: los apóstoles.

 

La Iglesia es del Espíritu Santo, pero tiene una estructura apostólica. A los apóstoles les corresponde garantizar el mantenimiento de la Iglesia en la verdad ofrecida por Jesucristo. La comunión nace de la fe derivada de la predicación apostólica, se alimenta del pan eucarístico y de la oración, y se expresa mediante la caridad fraterna y la entrega. Los apóstoles y quienes les suceden son custodios y testigos del depósito de verdad entregado a la Iglesia y son los ministros de la caridad. El Espíritu es el garante de la presencia activa de misterio en la historia. Gracias al Paráclito del Señor, el conocimiento de Cristo Resucitado que experimentó la comunidad apostólica en los orígenes de la Iglesia podrá ser siempre vivido por las futuras generaciones, por cuando es transmitido y actualizado en la fe, en el culto y en la comunión del Pueblo de Dios, peregrino del tiempo.

 

Nosotros, los cristianos, vivimos el encuentro con Cristo Resucitado, no como un hecho del pasado, sino en la comunión presente de la fe, de la liturgia, de la vida de la Iglesia. En esta transmisión de los bienes de la salvación que actualiza permanentemente la comunidad cristiana, en la fuerza del Espíritu, de la comunión originaria, se asienta la Tradición apostólica de la Iglesia, confiada bajo la guía del Espíritu a través de los escritos del Nuevo Testamento y de la vida sacramental, a través de la fe. Cristo Resucitado confía a los apóstoles la misión de convertir en discípulos a todos los hombres, garantizando su ayuda hasta el final de los tiempos (Mt 28, 19).

 

El universalismo de la salvación exige que el memorial de la Pascua se celebre sin interrupción en el tiempo hasta el retorno glorioso de Cristo (1 Cor 11, 26). Gracias a la acción del Espíritu, los Apóstoles y sus sucesores realizan en la historia la misión encomendada por Jesús: “Vosotros sois testigos de estas cosas. Y mirad, yo envío sobre vosotros la Promesa de mi Padre” (Lc 24, 48). “Recibiréis poder del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, hasta lo último de la tierra” (Hech 1, 8). Es el Paráclito del Señor quien, a través de la imposición de las manos y la oración de los apóstoles, consagra y envía a los nuevos misioneros del Evangelio (Hech 13, 3; 1 Tim 4, 14).

 

En el instante de las decisiones solemnes para la vida de la Iglesia, el Espíritu está presente para guiarla. La actualización permanente de la presencia activa de Cristo en su pueblo, llevada a cabo por el Espíritu y expresada en la Iglesia mediante el ministerio apostólico y la comunión fraterna, es lo que entendemos por Tradición: la presencia activa de Jesucristo, crucificado y resucitado, que acompaña y guía en el Paráclito a la comunidad reunida en la Iglesia por Él. La Tradición es la comunión de los fieles, es la continuidad orgánica de la Iglesia, templo santo de Dios Padre, erigido sobre el cimiento de los apóstoles y sostenido por Cristo, la piedra angular, mediante la acción del Espíritu.

 

La Tradición es la presencia permanente de Cristo Salvador que viene a estar con nosotros, a redimirnos y santificarnos en el Espíritu a través del ministerio de su Iglesia, para gloria de Dios. Así, la Tradición no es transmisión de cosas o palabras, sino que es el río vivo que nos une con los orígenes, en el que cobra vida renovada la palabra de Jesucristo, y nos conduce a la eternidad: “yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).

comentarios
  1. Alba dice:

    Hola. Qué gran don de Dios. La Tradición apostólica de la Iglesia consiste en esta transmisión de los bienes de la salvación, que hace de la comunidad cristiana la actualización permanente, con la fuerza del Espíritu, de la comunión originaria.

  2. Maria Teresa dice:

    Jesús, muriendo en la Cruz, nos daba el Espíritu de Verdad y de Vida. Cristo permanece en su Iglesia: en sus sacramentos, en su liturgia, en su predicación, en toda su actividad.

  3. Alonso dice:

    Hola. Hermosa entrada Joan. Cuánto amor de Dios por los hombres, sus criaturas predilectas.

    Cristo ha resucitado de entre los muertos y ha venido a ser
    como las primicias de los difuntos; porque así como por un hombre vino la muerte, por un hombre debe venir la resurrección de los muertos. Que así como en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivificados (1 Cor 15, 20-22)

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