Leibniz (IV)

Publicado: 17 noviembre, 2009 en Leibniz

En los días de Leibniz la física de Aristóteles era despreciada porque se consideraba que la forma sustancial no servía para explicar los fenómenos físicos particulares y que era necesario echar mano de la extensión y el movimiento local, conceptos fundamentales del mecanicismo. Leibniz se dejó arrastrar por este influjo reformador, aunque muy pronto lo abandonó, ya que descubrió que detrás de la extensión y el movimiento hay algo que no se reduce a ellos: la unidad y la actividad. Estas funciones son propias de la forma sustancial.

 

Así, Leibniz regresa a la filosofía escolástica aunque aportando un enfoque nuevo: la explicación próxima de los fenómenos físicos concretos está en la extensión y el movimiento, pero la explicación última de los mismos hay que buscarla en la simplicidad y la actividad. De este modo comprendió – mucho mejor que Descartes incluso (recordemos la comparación de la filosofía con un árbol) – que la física, realmente, tiene su fundamento en la metafísica. En Descartes la metafísica tiene por objeto los entes espirituales (el alma y Dios), y la física los entes materiales. En Leibniz un mismo objeto puede ser considerado por dos saberes distintos: uno que se ocupa de la extensión y del movimiento, y otro que se ocupa de lo que está detrás de ellos: la simplicidad y la actividad o entelecheia y mónada.  

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