La inquietud espiritual y Dostoievski

Publicado: 16 abril, 2009 en Dostoievski, Pensamiento, Religión

La inquietud espiritual es una cuestión inevitable en el ser humano. Por regla general el hombre o se sitúa contra Dios o se decide por Dios. Dostoievski, a diferencia de los realistas de su época – Tolstoi, Turgueniev, Dickens, Balzac o Flaubert –, es el único que trata las relaciones del hombre con Dios. En toda su obra, de una densa profundidad psicológica, se recoge la problemática religiosa de cada uno de sus personajes. Sin ir más lejos Freud hurga en los personajes de Dostoievski para explicar la teoría de los complejos reprimidos – así como otras de su psicoanálisis –, aunque no alcanza a comprender la real dimensión de los personajes pues no se trata sólo de perturbaciones psicológicas, sino de trastornos integrales de la vida unitaria de la persona.

 

 

Ciertamente la complejidad de la vida espiritual radica en que no se basa en evidencias empíricas. La fe es algo terrible en cuanto que es enigmática a ojos de la razón y de la lógica humana, aunque no por ello antinatural pues si lo fuera en el hombre jamás se hallaría la inquietud espiritual. Vagabundear por la narrativa de Dostoievski es una gran oportunidad – mucho más que con Shakespeare – de penetrar en los verdaderos altibajos del alma humana, de manera muy especial en Crimen y castigo. Nadie como él desvela la profundidad del espíritu del ser humano. A diferencia de Nietzsche, por ejemplo, no lo abandona ante las puertas del nihilismo ni lo deja desamparado, sino que ofrece una posibilidad real vivenciada por él mismo: la relación Dios-hombre tras la crisis de la divinización del ser humano.

 

 

Una investigación seria y rigurosa de la obra de Dostoievski lleva a descubrir que la vida del autor moscovita se encuentra determinada por la fe y la desconfianza en la autonomía existencialista del hombre. De ahí que su obra sea, de modo especial en los últimos tiempos, un referente espiritual y metafísico para teólogos de contrasta reputación como Guardini. La quiebra del ser, de la vida espiritual y moral del hombre contemporáneo encuentra su medicina en Dostoievski. Pocos como él abordan con tanta profundidad la cuestión del ateismo – nihilismo –. Gran parte de sus personajes – Raskolnikov, Chatov o Ivan Karamazov – son individuos que exaltan el argumento nietzscheano de la transvalorización de los valores y el más allá del bien y del mal. Dostoievski nos previene de los efectos del nihilismo y para evitarlo nos libera de él mediante la autopurificación – un ejemplo claro es Raskolnikov – y la eliminación del hombre-Dios, de trágicas consecuencias en el siglo XX.  

 

Desde luego la existencia humana es una verdadera tragedia, la tragedia de descubrir el sentido de la vida que gira en torno a tremendas dualidades, la más profunda y misteriosa la relación Dios-hombre. Dostoievski encarna también esta particular idiosincrasia del ser humano, la de vivir en una constante lucha interna en un inacabable océano de dudas donde se configura el ser. La luz hacia la que todos los hombres y mujeres nos encaminamos sólo se alcanza, por lo general, después del terrible ascenso del averno. Ciertamente, Dostoievski encarna la problemática del hombre moderno – que es totalmente distinta a partir del Renacimiento –: los valores espirituales, éticos, morales, pero sobre todo la crisis del yo y el sentido de la existencia del hombre.

 

 

El primer paso para la remisión del hombre pasa por ofrecer una justa visión de la ciencia experimental, rebajándola del trono absolutista en la que se encontraba: “Dos por dos es igual a cuatro, lo cual es ciertamente bello […] pero la magnitud más irracional, inaprensible y poderosa, es Dios”. No es fácil, pero es necesario rechazar la soberbia pseudointelectual para refugiarse en la sabia humildad, en la consciencia de ser criatura – ser participado – para poder entonar su sí a la vida que perseguimos todos, pero que nos empeñamos en negar a causa de nuestra trágica libertad.    

comentarios
  1. Alvaro dice:

    Benedicto XVI conoce bien a Nietsche, y lo desentraña y lo encara, dejándole en evidencia. Quizá Dostoievsky, no lo sé, entraña una valiente salida del nihilismo, pero el Papa nos ilustra como ninguno de la posibilidad de superarlo, pues encarna una vuelta a la normalidad amable y luminosa como ninguno hasta ahora he podido comprobar.

    Quizá vienen bien a los efectos de esta crisis de aceptción de la libertad creadora de Dios, las palabras de San Agustin, «Tú nos creaste, Dios mío, y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Ti».

    La búsqueda de Dios, quaerere Dominum, se hace una necesidad imperiosa en estos tiempos. La vuelta a la Universidad, a la investigación filosófica, a las tranquilas aguas de la razón ilustrada por la fe. Al verdadero esfuerzo intelectual, moral y cotidiano, por la unificación con Dios en nuestra sociedad, en nuestros corazones, en nuestras metas, en nuestra metodología. Lo demás es un esfuerzo vano por construir en el aire, cuando precisamente la evidencia dermatológica, epidemiológica y experimental nos provoca la vuelta a la espiritual pero palpitable realidad de Dios.

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