No sorprende la autorización a un hombre y dos mujeres a casarse. Cuando se abre la puerta a lo moralmente inconcebible, el reconocimiento de las uniones entre personas del mismo sexo, sus posibilidades reales carecen de límite por el simple y funesto hecho de que deja de considerarse inmoral. El tiempo presente muestra que en muchas personas no sólo no hay un concepto correcto, sino ni siquiera un concepto claro y definido de cualquier cosa; la infecunda y vacía palabrería difunde y disuelve la capacidad mental para reflexionar y considerar las realidades más profundas, fundamentales y trascendentes del ser de la persona humana.
Hoy, la grotescamente confusa y superlativamente vaga opinión fundamentada mediante una ética del sentimiento logra cambiar las cuestiones más radicales de la antropología humana. Antes de lanzarnos con apasionante audacia a opinar sobre temas tan concretos y relativos a la ontológica naturaleza del hombre es necesario un tratamiento riguroso y una detenida consideración de la sexualidad humana. Dicho esto, el primer argumento es taxativo: El matrimonio es una institución esencialmente heterosexual, monógama y la única que debería ser válida y reconocida por el Estado. La misión del derecho es la protección de la realidad natural. El matrimonio es el sexo institucionalizado y el sexo, es una evidencia empírica, exige, para que exista consumación, la relación por oposición. El matrimonio es el proyecto de vida en común, con carácter de exclusividad y perpetuidad, entre un varón y una mujer que merece protección jurídica porque su relación supone el desarrollo natural de la sexualidad y porque dicho ejercicio conduce a la generación de vida, a la continuidad familiar y al mantenimiento de la sociedad. Por esta última razón, porque la relación va más allá de los muros del hogar, la unión entre el hombre y la mujer merece ser institucionalizada con exclusividad cerrándose la puerta a todo otro tipo de uniones. (more…)






