El error de introducir planteamientos ecofeministas en el cristianismo

Publicado: 20 febrero, 2012 en Pensamiento, Religión

El ecofeminismo es una ramificación más del feminismo que traza una muy particular identidad antropológica del ser humano con el fin de establecer una igualdad entre los seres que conforman la naturaleza. Esta corriente, emparentada directamente con la ideología de género, es consciente de que el ser humano no se da el ser a sí mismo, sino que su ser procede de una realidad extrínseca que le da la vida. Así, para explicar el ser humano y la igualdad entre todas las realidades, animadas e inanimadas, señala que todos gozan de la misma importancia en cuanto que están interconectados e interrelacionados por el Universo, que es una especie de macroestructura creativa y autoorganizadora que da el ser a las realidades vivientes y la existencia a las realidades inanimadas, y por la cual comparten un mismo fin, carente de trascendencia, el desarrollo y la conservación, funciones que están reguladas por el Universo y su capacidad autogenerativa. Es evidente que el cuidado de la naturaleza merece una atención importante por parte del ser humano. También es evidente que igualdad entre hombres y mujeres, que arranca del cristianismo, no puede discutirse. Dicho esto las ideas de estas señoras, si bien guardan elegancia y sutilidad, no rebosan precisamente de sentido común, mucho menos de sabiduría. No perderé el tiempo en analizar estas teorías sino que presentaré una simple pero correcta visión del ser humano y del universo, pues si bien el ecofeminismo cae por sí mismo no acontece lo mismo con sus seguidores.

El ser humano no es un viviente más de cuantos existen en el mundo. El hombre, la mujer y la relación del hombre con la mujer son imagen de Dios. Juan Pablo II explica muy bien en su teología del cuerpo como Dios tiene en sí la totalidad de la masculinidad y de la feminidad. Sin embargo se hace llamar Padre a diferencia de las religiones panteístas – de las que se impregna el ecofeminismo – en la que la diosa con frecuencia es la madre tierra – el cosmos – y en la que el hombre es una emanación de ella, es decir, el hombre es parte de esa madre tierra. Sin embargo, Dios se hace llamar Padre para mostrar la distancia entre Él y los hombres, para señalar que si bien somos imagen suya no somos lo mismo como pretende el ecofeminismo – panteísta – con la relación humanidad-Universo (la divinidad). La distancia entre Dios y el hombre es infinita aunque el la encoge en el momento en el que el Verbo se hace carne. Así, aunque en Dios hay la totalidad de la masculidad y de la feminidad nunca permite que se le llame Madre para mostrar que Él es el totalmente otro.

Para el ecofeminismo el hombre es una emanación del cosmos, tiene una relación de igual – de criaturas – con la naturaleza. No obstante, el hombre no es una emanación del universo sino que es imagen de Dios (Gn 1, 26), Quien se mira a sí mismo – “hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra” –, y al mirarse a sí mismo hace el varón, la mujer y la relación del hombre y la mujer a imagen suya. Si el ecofeminismo refleja una igualdad entre las realidades animadas e inanimadas, Dios establece una separación radical entre el hombre y las demás realidades creadas. En el Génesis vemos como Dios se complace de su obra, “y vio Dios que estaba bien”. Pero cuando crea el hombre su satisfacción es mayor, pues ya no dice que estaba bien sino que “estaba muy bien”, y lo dice porque al mirar el hombre se contempla a sí mismo No es el primate, ni el mar ni la tierra sino el hombre, la mujer y la relación del hombre y la mujer quienes reflejan el modelo, que es Dios.

De este modo la realidad antropológica del ser humano no es ser una emanación del universo, sino ser reflejo de Dios. De este modo el ser humano sólo será plenamente él mismo en la medida en que refleje Aquel de quien es imagen. No es el Universo quien regula la existencia del hombre, sino que es Dios creador quien infunde un cometido en el hombre insertándolo en su naturaleza ontológica. El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios es copartícipe de la Creación (Gn 1, 28). Aquí vemos que el hombre no es, como dice el ecofeminismo, un ser más del universo sino que Dios ha creado el cosmos en función del ser humano – el hombre es síntesis y culmen de la Creación –. Dios crea el universo en función del ser humano; al contrario, el ecofeminismo afirma que el hombre – y las demás realidades vivientes y inanimadas – existe en función del universo. Es evidente que el hombre debe cuidar la naturaleza, sin embargo esto no debe ser ocasión para establecer una transvaloración de la realidad (como señala también la teóloga Lucía Ramón). El cosmos no es cosmos por sí mismo ni es una realidad que mantiene una relación de igual con el hombre con quien comparte el mismo fin, sino que el cosmos ha sido creado en función del ser humano: del varón, de la mujer y de la relación del hombre y la mujer.  

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