Dejemos de andar errantes por una nada infinita

Publicado: 15 febrero, 2012 en Pensamiento

Por todas partes se habla del progreso entendiéndose como el avance hacia algo mejor y más elevado, pero esto no es más que una idea falsa. Bajo el progreso sociopolítico se esconde el nihilismo. La transmutación de todos los valores es la antítesis del progreso, porque en ella opera la fuerza más destructiva, la negación de toda verdad, de todo principio absoluto. La negación de la verdad es estéril pero inmensa su sevicia, ya que hiere en lo más radical del hombre, en su ontología y en su antropología, conduciéndole al abismo.

Hoy padecemos la terrible consecuencia del nihilismo. Vemos que se persigue la democracia concebida a modo de fin, pero no se comprende que ésta “es un ordenamiento, y, como tal, un instrumento y no un fin. Su carácter ‘moral’ depende de la conformidad con la ley moral a la que cualquier comportamiento humano debe someterse, esto es, depende de la moralidad de los fines que se persigue y de los medios que se sirve” (Juan Pablo II, Carta Encíclica Evangelium vitae). El bien común es el fin regulador de la vida política.

Podemos negar la verdad, pero no podemos ignorar las consecuencias de esta negación en cuanto socava los cimientos mismos de la naturaleza del hombre y nos amarra a las tinieblas de un mundo en el que reina el escepticismo, la inanidad y el sinsentido de una ciega voluntad sin rumbo. El reconocimiento del propio Nietzsche de que la negación de la verdad conduce a “andar errantes por una nada infinita” (“La gaya ciencia”) invita a pensar si los verdaderos valores se devalúan o si quien se devalúa es el hombre en cuanto se niega a dejarse renovar por la verdad, el bien y la belleza.

El siglo XXI necesita desprenderse del nihilismo y dejarse renovar por estas realidades trascendentes que permiten al hombre libre ser quien debe ser. Sólo así podremos reclamar justicia si el bien y la verdad imperan como absolutos en la vida moral de la persona. En cambio quien abandona las cosas sagradas se hunde en el imperio de la injusticia donde el hombre no es tratado como un fin sino como un medio, un instrumento al servicio de cualquier voluntad.  

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