Para los hombres buenos las cosas son un apéndice de los amigos

Publicado: 2 octubre, 2010 en Ética y Moral, Video

La felicidad es el fin último. Si cualquiera de nosotros decide cumplir el propio deber es porque considera que dicho comportamiento le hará dichoso a él y a los demás. Por el contrario, si el deber fuese causa de algún tipo de conflicto carecería de atracción. Si atendemos a la experiencia cotidiana en la variedad de proyectos vitales se observa que las personas consideran distintos medios para alcanzar la plenitud existencial, aunque esas distintas elecciones en algunos casos conducen a perseguir una falsa felicidad. Por otro lado también se manifiesta que todos deseamos y perseguimos una felicidad infinita; es decir, buscamos la posesión del bien para siempre. No obstante se aprecia aquí la incapacidad para alcanzar este anhelo en aquellas personas incapaces de dotar a su existencia de un sentido último, por lo que su felicidad será siempre limitada y por tanto marcada por una determinada duración en el tiempo, por lo que en todo momento se moverá en la elección de distintos medios: resultas de ello será el hastío.

 

La mayor felicidad es aquella que perdura en el tiempo y que configura la existencia dotada de sentido. En el hombre hay un tipo de conocimiento intrínseco y espontáneo, que la ética clásica denomina ley natural, por la cual se concuerda un principio personalista: la persona es un fin en sí misma y debe ser respetada promoviendo su finalidad propia. Esto configura una especie de deber-ser del comportamiento por el cual aunque nuestra voluntad persiguiera la realización de acciones contrarias a esa felicidad o bien último se respeta como absoluto el precepto personalista que también se traslada no sólo al trato hacia los hombres sino también hacia las cosas: “para los hombres buenos las cosas son un apéndice de los amigos” (Aristóteles, Ética Eudemia VII, 2).

 

Cicerón apunta algo interesante: “¿Quién, en nombre de los dioses y de los hombres, puede querer nadar en riquezas y vivir con abundancia de toda clase de bienes si – a la vez – no ama a nadie y no es amado por ninguno?” (Laelius de amicitia XV, 52). Desde luego el orden de los deberes humanos y la virtuosidad son proporcionales a la inclinación de la voluntad a la verdadera felicidad que se allá en los bienes superiores. El hombre consciente de que la felicidad no reside en él debe buscarla fuera de sí mismo y el objeto del amor humano no podrá ser más que Dios que es el Único que puede colmar ese anhelo tan humano de una felicidad o beatitud verdadera. También los demás, en consecuencia, deberá-ser objeto del amor – del bien – pues como bien afirma San Agustín: “ningún paso es tan seguro hacia el amor de Dios, como el amor del hombre hacia el hombre” (De moribus I, 26, 48).

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comentarios
  1. Precioso artículo. Es justo lo que apuntas en él lo que las ideologías se quieren cargar y llevar por delante o, en todo caso, empañar lo que es el auténtico deseo de felicidad humano. Queda clara, como idea subyacente del artículo, la noción no impositiva de la feleicidad humana como elemento teleológico que, a la vez, se va cumpliendo en el cotidiano ‘statu viatorum’ en el que nos encontramos. Respecto a su vinculación con la idea y realidad de lo divino, estoy de acuerdo en lo que dices, que a la vez me recuerda las enseñanzas de mi querido maestro don Alfonso Pérez de Laborda, quien me enseñó que lo que él denominaba “la prueba por el deseo”, es hoy en día (como sucedió con Agustín), la prueba más fuerte de ‘demostrar’ a Dios. Por ella ha de pasar, como bien apuntas al final de tus líneas, el contacto con lo humano y su verdad: qué es el hombre. He aquí la clave. Nunca como hoy en día se pretenden dar definiciones de lo que es ser hombre, al mismo tiempo que se admite en los parámetros de tanta diversidad de ‘definiciones’ la imposición totalizadora de un relativismo moral que admite a la vez una cosa y su contraria.
    Muchas gracias por el artículo.

  2. Saludos Álvaro, primeramente gracias por comentar. Sin duda el “hombre” es la cuestión fundamental o una de las principales para el presente siglo en especial por esta infinidad de “antropologías” que se nos presentan y la mayor de las veces desde parámetros reduccionistas y relativistas. Por otro lado, cada vez estoy más convencido de que la cuestión de la trascendencia y del sentido dependen en gran medida del tipo de antropología que se presente. Si logramos descubrir al hombre qué es el hombre podemos tener muchas esperanzas puestas en él.

  3. Es verdad: “El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado…
    En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado” (Gaudium et Spes, 22)”.
    Hoy en día pasa como en ese cuentecillo del pescador malévolo, que pescaba gran cantidad de peces, paseándose delante de los demás ostentando su éxito. Hasta que otro paciente pescador le preguntó: – “Oye, ¿pero cómo es que pescas tanto? ¿A qué se debe? ¿Pones un cebo especial cada vez que nosotros desconozcamos?” – “No, hombre, no; no seas ingenuo… ¿Ir de uno en uno? ¿Por qué gastar energía y tiempo innecesarios para pescar cada pez? Yo lo que hago es envenenar todo el agua del estanque y punto”.
    Si los peces son los hombres de hoy, y si el estanque el conjunto de la sociedad y de la cultura, el veneno de la ideología del relativismo y su imposición dictatorial, entonces nos será fácil desenmascarar a tantos ‘pescadores malévolos’.

  4. Saludos Álvaro, sin duda es Cristo quien enseña al hombre quién es el hombre. Gracias por comentar.

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