Los postreros escritos de Nietzsche son toda una exposición de la hermenéutica de la sospecha en los que se muestra virulento con el cristianismo. En ellos, el filósofo contradice la temática centrada en el eterno retorno. Los libros en cuestión son: El anticristo (1885), La genealogía de la moral (1887), El ocaso de los dioses (1889), Ecce Homo (1889), Dionisos contra el crucificado (1889) y los Fragmentos reunidos por su hermana en La voluntad de poder (1901).
En Ecce Homo Nietzsche indica que la crítica hace perder fuerzas y transforma el espíritu en un erizo. La acidez crítica y el encarnizado apasionamiento hermenéutico indican que la última etapa intelectual del filósofo está caracterizada por la falta de inspiración, sobre todo en comparación con la exhuberancia de la etapa del eterno retorno. Él mismo confiesa que experimento frecuentes vacíos en el ocaso de su existencia. De este modo el aumento progresivo de la hermenéutica del no es un modo, legítimo, de tapar esa fata de ideas renovadas. La genealogía de la moral, toda una crítica al cristianismo, es un texto escrito básicamente desde el odio y el rencor. Una actitud o un sentimiento que Kierkegaard describiría como propio de la desesperación. Lo que sí está claro es que toda crítica intencionadamente cáustica y ofensiva se torna contra sí misma.
En estos libros nombrados Nietzsche presta una renovada atención a la vida, a la voluntad de poder y al superhombre. En los Ditirambos dionisíacos, aparece la idea del dios sufriente en la que se produce la vinculación de Dionisos con el aspecto destructivo del mundo, muy propio de la filosofía de Schopenhauer. Aquí se plantea la distinción entre lo que llama “sentido pragmático” y “sentido ontológico” del eterno retorno. La pasión por el eterno retorno exige cumplir los propios actos de tal modo que se quieran volver a cumplir infinitas veces, así como la exigencia de que si se aprueba un hecho hay que aprobarlos todos indistintamente. Sin lugar a dudas el eterno retorno es una doctrina que exige todo un acto de fe. El propio Nietzsche dirá del eterno retorno que es la religión por antonomasia. No obstante es una religión pragmática, desprovista de trascendencia, de sentido ontológico. Al respecto en el segundo libro de La voluntad de poder Nietzsche expresa la duda sobre cualquier filosofía, incluida la suya, y considera que es preferible una vida de felicidad animal. En esta perspectiva el eterno retorno sería una manera pragmática de cubrir la carencia eterna de sentido. Y es que Nietzsche es un pensador profundamente religioso que a lo largo de su existencia quiso asomarse a lo trascendente.

