Los auténticos pensadores a lo largo de la historia de la humanidad se esfuerzan en el conocimiento y, además, por amor a él; porque anhelan hacer comprensible el mundo que habitan. Por eso en ellos se encuentra una comprensión fundamental, sólida y coherente que les permite llegar a las verdades especiales, esas que el resto de los humanos ignoran o desprecian. Estos últimos sólo viven del parloteo y les interesa, abrumadoramente, que se valore lo trivial y superficial con el objeto de esconder su imperante nulidad. Estos seres infecundos se agrupan como hacen todos los débiles, forman camarillas y facciones, hablan con profundo respeto y gesto serio de sus obras, con lo que arrastran consigo a un público corto de vista.
El pensamiento subyugado a ideologías en detrimento de la verdad – como el materialismo marxista tan extendido en la piel de toro – se esfuerza de modo heroico por disimular lo que posee importancia como si fuera insignificante y lo ocultan al público menos avisado con impresionantes tretas. Este pensamiento que se extiende cual cáncer por todas las manifestaciones del conocimiento en beneficio de un régimen ideológico domina prácticamente los medios de más fácil acceso para la gente, e incuba en ella la inopia presentada como conocimiento de altas cumbres. Pero el hombre acostumbrado a elevadas ascensiones se percata enseguida de que se halla frente a un saber exiguo cuyo vuelo es similar al de las aves de corral, porque al leerlo no se atrapa un solo pensamiento, pues el escritor, que tampoco contemplaba nada claro, acumula palabra tras palabra, frase tras frase, sin decir nada, puesto que no tiene nada que decir, no sabe nada, no piensa nada, pero, no obstante, quiere hablar y por eso elige sus palabras, no para expresar sus pensamientos e ideas con mayor precisión, sino para ocultar con mayor precisión su carencia de ellos. Este mezquino y ahogado pensamiento abunda hoy en nuestras librerías, en nuestras salas de cine, en los medios de comunicación, etc.
Casi se puede decir que una parte de la juventud contemporánea se ha infectado del relativismo que corrompe toda capacidad intelectual; de aquí que algunos de ellos no son capaces de un solo pensamiento sano y de una expresión natural. En sus quijoteras no sólo no hay un solo concepto correcto, sino ni siquiera un concepto claro y definido de cualquier cosa; la desoladora y vacía palabrería ha disuelto su capacidad mental. Por esto el mal ocasionado por el positivismo, el utilitarismo y el racionalismo moderno utilizado por el socialismo es difícil de erradicar. El deber del auténtico intelectual es transmitir la idea de que podemos alcanzar conocimientos verdaderos, y es que nada es más fundamental que conocer la verdad misma y proclamarla. El porvenir de la cultura depende del sentido de la verdad, valor fundamental sin el cual perecen la libertad, la justicia y la dignidad del hombre – hoy lo vemos con el aborto –. Desde luego el problema de la verdad no es sólo algo de nuestros días. Siempre se han planteado dificultades acerca de la objetividad de la verdad, tomando ocasión, por ejemplo, de la disparidad de modos de ver las cosas que existen en las diferentes sociedades e incluso dentro de cada sociedad, y de los cambios que se dan, a veces, en las opiniones y creencias en las diferentes épocas. Pero también existen factores propios de cada época. En la actualidad, entre los factores más influyentes se cuentan los relacionados con las ciencias naturales. El gran avance que estas ciencias han experimentado en la época moderna ha suscitado no pocos problemas, porque no existe un acuerdo generalizado sobre el valor de los conocimientos que proporcionan.
Algunos escritorzuelos piensan que las ciencias no pueden llegar nunca a conclusiones verdaderas. A la vez, la ciencia experimental suele considerarse como el conocimiento más fiable que poseemos, porque sus modelos pueden someterse a control experimental y a demostraciones intersubjetivas que son independientes de las creencias personales. Al combinar estas ideas, se concluye que, si no podemos alcanzar verdades definitivas en las ciencias, que son consideradas como el mejor conocimiento de que disponemos, mucho menos se alcanzarán en otros ámbitos, como la filosofía y la religión, en los que influyen notablemente los factores personales y sociales. Ante esta situación, algunos reaccionan también equivocadamente criticando las pretensiones de la ciencia, para dejar terreno libre a la fe; subrayan, por ejemplo, que el conocimiento científico siempre es conjetural, y que sólo en la fe encontramos certezas. Sin embargo, este camino excesivamente fideista tampoco es el más apropiado. En realidad la fe se apoya en la razón, y si se minusvalora la razón, es fácil que la fe quede también dañada. Sin duda, las ciencias no pueden resolver todos los problemas y es importante mostrar sus límites, pero esto nada tiene que ver con rebajar los verdaderos logros científicos y la capacidad racional que los hace posibles.
Se dice que un conocimiento es verdadero cuando expresa las cosas tal como son en la realidad. De este modo, la verdad no puede ser objeto de manipulación, no depende de los gustos o intereses: las cosas son como son, y nuestro conocimiento sólo es verdadero si se ajusta a la realidad. Puede decirse, en consecuencia, que la verdad tiene sus derechos propios. No obstante las objeciones contra la verdad no suelen provenir de la ciencia misma, sino de interpretaciones poco acertadas de sus métodos y resultados. Así, con frecuencia, se intenta explicar la ciencia prescindiendo de la verdad, como si el principal o el único valor de la ciencia fuese el éxito de sus aplicaciones técnicas. La perspectiva funcionalista, que prescinde de la verdad, se encuentra relacionada con el pragmatismo, que, a veces, se denomina instrumentalismo: el conocimiento en general, y la ciencia en particular, tendrían únicamente un valor práctico, que consistiría en hacer posible la previsión y el dominio de las acciones. Sin duda, nuestras acciones se basan sobre el conocimiento y, en este sentido, todos somos pragmatistas e instrumentalistas: buscamos el conocimiento como base de nuestras acciones. Los equívocos surgen cuando se niega la posibilidad de alcanzar la verdad o simplemente se prescinde de ella, reduciendo el valor del conocimiento a su utilidad práctica en función de intereses que no pueden justificarse apelando a la verdad.
Hoy se considera, mediante un revoltijo de pensamientos incoherentes adornados con la más grosera ignorancia, que no existe una verdad objetiva, o al menos que no podemos alcanzarla: sólo existirían verdades relativas a los sujetos o grupos, dependientes de las condiciones particulares de su existencia. En sus versiones más radicales, el relativismo prescinde también de la noción misma de verdad. Ciertamente, nuestro acceso a la verdad está condicionado por circunstancias personales y sociales. Además, la realidad es, en muchos casos, compleja, y es preciso tener en cuenta diferentes perspectivas para poder representarla de modo fidedigno. Sin embargo, tenemos la capacidad de advertir esos condicionamientos y, por tanto, de matizar nuestras afirmaciones teniendo en cuenta nuestros límites. Si no se reconoce la posibilidad de alcanzar conocimientos verdaderos, no sería posible discusión alguna: ni siquiera tendría sentido enunciar las tesis del relativismo.
Para sostener el relativismo, con frecuencia se recurre a una pretendida base científica, que vendría proporcionada por dos teorías físicas: la teoría de la relatividad, y la mecánica cuántica. La teoría de la relatividad significaría supuestamente el abandono, por parte de la ciencia física fundamental, de la pretensión de alcanzar conocimientos absolutos: todo dependería de los puntos de vista subjetivos. Y el principio de indeterminación de la física cuántica significaría la imposibilidad de alcanzar conocimientos precisos y ciertos. Sin embargo, ambas pretensiones se basan en equívocos. La teoría de la relatividad subraya la necesidad de tener en cuenta el marco de referencia en el que se observan y miden los fenómenos físicos; pero, una vez fijado ese marco, los cálculos y mediciones tienen valores precisos. Además, la teoría contiene expresiones que son invariantes para cualquier sistema de referencia. Por su parte, el principio de indeterminación afirma que existen unos límites en la precisión de las mediciones, cuando se intenta medir a la vez determinadas magnitudes; pero cada una de ellas puede medirse por separado con gran precisión, y, en cualquier caso, la existencia de límites en nuestro conocimiento no significa, en modo alguno, que no podamos alcanzar la verdad: sólo significa que la verdad de nuestro conocimiento es contextual y parcial, pero al mismo tiempo puede ser auténtica.
La reflexión filosófica surge necesaria para una correcta síntesis de los distintos saberes, superando la fragmentación de la cultura, tan propia de nuestra época, ya que existe el peligro de quedarse con una gran cantidad de conocimientos especializados, pero sin una síntesis que permita encontrar su sentido. La perspectiva filosófica contempla los problemas en sus raíces, y se encuentra en condiciones de proponer una síntesis integradora de las diferentes perspectivas parciales. En esa tarea integradora y de descubrir el sentido, la filosofía recibe una gran ayuda de la fe cristiana, que posee las respuestas a los principales interrogantes de la vida humana. La teología reflexiona sobre la fe y, ayudada por la filosofía, considera todos los problemas a la luz de los planes de Dios.
No tiene nada que ver con el post, pero, por si no lo sabes:
http://infocatolica.com/blog/espadadedoblefilo.php?blog=10&title=0911080917-i-concurso-de-blogs-catolicos&disp=single&more=1&c=1&tb=1&pb=1#c99244
Apareces por ahí, jejeje…
Todos estos ismos también son utilizados por el capitalismo.
Resulta que cuando el filósofo le da demasiadas vueltas al lenguaje y a la compresión hermenéutica de las cosas y de las palabras acaba por confundir las cosas y considerar, como se ha dado en distintas corrientes del pensamiento, que no hay Verdad (absoluta).